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La Otra Escena
Por Miguel Ángel Quemain

Divino Pastor Góngora, historia y repetición

Divino Pastor Góngora, de Jaime Chabaud, dirigida por Mauricio García Lozano con la actuación de José Sefami, enfrenta al espectador a consideraciones sobre la libertad, la creación, la censura y el autoritarismo que aluden a nuestra circunstancia presente.

El texto posee una calidad poética que permite varios niveles de comprensión, lectura e interpretación literaria, actoral y un juego muy amplio de posibilidades en la dirección y puesta en escena. Es un trabajo que sin dificultad podría conservar su impacto en una lectura en voz alta, pero también concretarse en el mayor realismo con la convergencia de todos sus fantasmas.

Esta puesta es significativa por su actualidad y los acentos que ha colocado Mauricio García Lozano en la interpretación de José Sefami, para que no queden dudas sobre las preocupaciones políticas, estéticas y éticas que la orientan. Tanto García Lozano como Sefami son dos maestros que saben dónde borda cada uno sus contribuciones al personaje y al tema. García Lozano está mas cerca de Shakespeare que de lo cervantino; por eso, sin alejarse de la comedia, amargura y melancolía también forman parte del espíritu festivo de Divino Pastor.

Si algo caracteriza a García Lozano es su devoción y respeto a los actores (¿amor, diría? Claro que no hablo ni de los términos ni de los asuntos personales que se dirimen en los procesos artísticos, sino del resultado escénico), y si algo distingue a Sefami es su profunda humildad y su entrega inteligente y experta en un monólogo que le exige algo más que su propio cuerpo, y es la condición hamletiana de ser atravesado por una idea del mundo que habitará a los divinos Pastor Góngora por montarse en el porvenir.

Sefami muestra lo judío y lo español que sin dificultad podrían hacerlo pasar como un hombre de esos años, de ese siglo tan determinante para nuestras concepciones iluminadas de la modernidad (una cómica anticipación de Hidalgo y Morelos), el cruce y elaboración del mundo romántico con toda la mitología que ha llegado hasta nosotros y permanece anclada como uno de los poderosos motores de la subjetividad del hombre de hoy (el que se cuestiona, al que le angustia su condición de orfandad; no me refiero a los proliferantes zombis que serán, sin duda y sin pesimismo, el rasgo finisecular del siglo XXI).

Todo esto que aseguro sobre la obra se ha sometido ya a las pruebas que, a lo largo de más de una década, ha tenido un texto que ha conocido varias puestas en escena desde 2003 y distintos públicos, traducciones y ese termómetro de las antologías internacionales que son los festivales de teatro; y cómo no, si Divino Pastor Góngora es un cómico de la legua, “actor favorito de la Corte y que, por causas diversas, de un golpe perdió la gracia de los poderosos” y ha sido colocado en fuga de los espacios donde se le veneró un día con el aplauso.

No es gratuito que para muchos comentaristas y críticos de la obra de Chabaud este texto sea uno de sus trabajos más representativos. Coincido: esta obra posee el suficiente aliento de delirio poético como para reorganizarse periódicamente bajo las miradas de directores y actores muy distintos entre sí. Su virtud consiste en su capacidad de imaginar cómo un oficio puede atravesar una historia de persecuciones y censuras que no cesan, cómo se elabora un personaje a partir de sí mismo, del buceo en la interioridad más fecunda, y cómo la historia tiene determinaciones que no terminan por lanzar al mar sus amarras y nos conserva como rehenes de una atadura religiosa y espiritual a un mundo que se trenza con lo indígena, por más ignoto que continúe entre nosotros, y lo español, con todas sus taras.

¿Teatro de aliento novohispano? ¿Teatro histórico? De ninguna manera, no hay nada de museístico en este arrojo. De entrada, en su “nota”, Chabaud precisa que “esta obra no pretende en absoluto un verismo lingüístico-literario de época (aunque se juguetee con él). Apasionado del documento, Chabaud incluye versos sueltos que cantaban los presos de la Inquisición, como consta en un fondo del Archivo General de la Nación.

La obra incluye dos textos dramáticos y tres de naturaleza muy diversa a la dramática: el sainete novohispano El alcalde Chamorro, de José Macedonio Espinosa; de Calderón de la Barca, De los guisados, y hay un soneto del poeta del XVII, Luis Sandoval y Zapata, conocido como “Ante el cadáver de una actriz”; además, versos de Ginés en Lo fingido verdadero, de Lope de Vega. Concluye el 19 de febrero en el Teatro El Galeón.

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