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Las Rayas de la Cebra
Por Verónica Murguía

Mientras más te agachas…

 

Una de las cosas que más me ha conmovido en las últimas semanas fue la declaración de Michael Moore, el documentalista, quien en la mañana de la Marcha de las Mujeres –al día siguiente de la toma de protesta de Trump–, dijo que había más de treinta mil ciudadanos estadunidenses, sólo en la zona de Nueva York, dispuestos a defender a los migrantes mexicanos a quienes Trump amenaza con deportar.

Naturalmente, me pregunté con amargura por qué no podíamos juntar aquí, la mera mata, treinta mil mexicanos dispuestos a defender a los migrantes que atraviesan este país sembrado de narcos, maras y personal migratorio, este último tan peligroso como los delincuentes, amparado, además, por el uniforme.

Esa pregunta me ha atormentado. Yo no sé cuánto ha cambiado México, para bien y para mal, desde que Vicente Fox asumió la presidencia, pero sospecho que no es el mismo país que supo recibir a los exiliados españoles y, más tarde, a los argentinos, chilenos y uruguayos que se vieron obligados a dejar sus países. Ahora, y seamos honestos, tanto el gobierno como la sociedad se hacen de la vista gorda ante los crímenes de lesa humanidad que se cometen en contra de los migrantes. El solo recuerdo de San Fernando, en Tamaulipas, debería obligarnos a la reflexión, impulsarnos a actuar, a exigir del gobierno, porque es su responsabilidad, la protección de los migrantes. Pero los que trabajan por ellos, el padre Alejandro Solalinde, Las Patronas, los albergues administrados por monjas y sacerdotes en Chiapas y Oaxaca, tienen muchas veces como enemigo principal al Instituto Nacional de Migración.

Cuando nos hacemos cruces ante los prejuicios de los gringos, no sé cómo le hacemos para vernos a la cara, por eso de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio. Y deberíamos estar más movidos, pues en esto de tener un presidente (se me enchuecan los dedos de coraje al escribir esta palabra y he tecleado persidiente, predisiente, prepotente) “del empleo”, tenemos más experiencia que nuestros vecinos.

Aguas, me dan ganas de advertirles (¿cómo?) cuando un hombre torpe y rencoroso sube al poder después de una votación dudosa. Ay, 2006. Y más si promete empleo para todos, pero no ofrece planes viables para lograrlo. Tengan cuidado si cada vez que lo cuestionan (Felipe Calderón fue abucheado muchísimas veces, tanto en México como en el extranjero por mexicanos inconformes con el grito de “¡Espurio!”) hace un berrinche.

No sé si el lector lo tenga presente, pero bastaron dos administraciones panistas para dar al traste con la tradición diplomática de México. Entre Fox y Calderón lograron enemistarnos agriamente con Cuba y con casi toda Latinoamérica, además del zipizape francés. Trump ha metido una cantidad semejante de patas en un tiempo récord.

Tengan cuidado, quisiera decirles. El odio por los otros es un distractor para mezquinos ignorantes. No tienen la culpa los sirios, los mexicanos, los haitianos, los cubanos que llegan a sus fronteras. Ellos no son el problema. Son los gobiernos que mienten, las trasnacionales insaciables, la corrupción, la impotencia.

Acerca de la impotencia, es hora de vernos en el espejo, con todo y las vigas que nos empañan la mirada: ¿por qué demonios el gobierno de Enrique Peña Nieto no ofrece asilo a los migrantes que son rechazados, además de ver por los mexicanos que Trump quiere deportar?

Me pregunto, con la ingenuidad de quien no tiene intereses económicos en los negocios del gobierno y los más poderosos capitales de este país: ¿qué no México está situado de forma privilegiada en este planeta? ¿No tiene una diversidad biológica excepcional? ¿No tiene recursos naturales de todo tipo? ¿Mano de obra? ¿No es urgente que dejemos de inclinar la cabeza ante los caprichos de un hombre cuya arrogancia es limítrofe con la locura?

No me refiero a la unidad sin crítica que pide el gobierno. Eso me recuerda el grito de “México, México” en los conciertos de rock: un nacionalismo amorfo, visceral, pueril. Lo que creo que urge es conciencia; organizarnos y exigirle al gobierno que cumpla con sus obligaciones, que es lo que puede y debe hacer. Son tantas y hacen tan poco…

Hay un dicho yucateco brusco pero preciso: “Mientras más te agachas, más se te asoma.” Apenas puedo imaginar hasta qué punto mejorarían las cosas si la corrupción del gobierno se acabara. Podríamos encogernos de hombros ante los berrinches de aquél.

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