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Luis Alberto Spinetta cinco años después: la música como revelación

 

 

 

A Ramiro

 

La música puede llevar luz a sitios

a los que nada más llega.

James Rhodes

 

“Sólo la razón nos propone autodestruirnos, sólo la razón, viejo rostro de fin de siglo”: no es una cita de Kant ni de Foucault ni de ningún otro filósofo, sino del argentino Luis Alberto Spinetta, un cantautor que logró establecer una comunión entre fuerza discursiva y lirismo.

Nacido en 1950 y muerto en 2012, el repertorio de Spinetta contrasta con las canciones tan difundidas en la actualidad, carentes de cierta poética o de calidad lírica. El ansia comercializadora de la música que se “compone” con tontas letras repetitivas, vacuas y desprovistas de cualquier rasgo de creatividad, parece ser la principal característica de la canción comercial que se produce hoy en día, sin que logre despertar sentimientos, ni reflexión, del público que la escucha; éste simplemente la desecha como un producto prontamente perecedero.

En este sentido, conviene recordar al músico argentino que defendió la fuerza creativa de las canciones y estuvo en contra de que la música produjera “bobadas”. A lo largo de su camino creativo, Spinetta estuvo siempre atento al contexto sociocultural que lo rodeaba, el cual se reflejó en sus letras en más de una ocasión.

Conocido también como el Flaco, Spinetta fue compositor, guitarrista, cantante y poeta (aunque él no se haya asumido como tal), y es considerado uno de los artistas más influyentes del rock argentino. Es tal la importancia de Spinetta, que su fecha de nacimiento (23 de enero) se convirtió en el día nacional del músico en Argentina. La música estuvo presente en él desde pequeño: su padre fue un cantante de tangos aficionado y, desde los cuatro años de edad, Luis Alberto ya cantaba en reuniones familiares.

 

La búsqueda poética

 

Spinetta fue un músico prácticamente autodidacta, nunca tuvo formación académica propiamente dicha. Es probable que dicho acto de “autoinstruirse” fuera lo que lo llevó a desarrollar un deseo insaciable de aprender-aprehender constantemente que lo condujo a una búsqueda poética, o como él lo define: “Se trata de que si a uno no le alcanza lo que piensa, lo busca en otro lado y esa nueva información, al reflejarse en uno, provoca una tercera visión: un producto propio.” Esto manifiesta su rechazo al conformismo, un no quedarse satisfecho con lo que uno cree: cuestionar.

 

La búsqueda principal de Spinetta fue en los libros. Es sabido que el Flaco fue un ávido lector tanto de poesía como de filosofía y de prosa en general. A la par de su producción musical (más de treinta álbumes) escribió ensayos, que en ocasiones le sirvieron de base para algunas composiciones musicales como su disco Téster de violencia (1988) y poemas; algunos formaron parte de su libro de poesía Guitarra negra (1978). Su interés por el cine estuvo reflejado, por ejemplo, en la presentación del disco Artaud (1973), durante la cual se proyectaron fragmentos de dos clásicos del cine mudo: El gabinete del doctor Caligari y Un perro Andaluz.

Se ha tratado de establecer una conexión directa entre las letras de Spinetta y los textos de Foucault, Castaneda, Artaud, Jung o Deleuze, entre otros, y si bien la conexión existe, no es directa, como ya lo advertía Spinetta. La inspiración –ese misterio indescifrable– en su caso no consiste en un simple reflejo de lo leído: pasa por el prisma de la asimilación que genera transformación y arroja ese “producto propio”. Spinetta se apropia de las lecturas y con ello emprende un viaje que inicia con las imágenes poéticas surgidas a raíz de la visión de otros autores, hasta aquellas producidas por el propio músico-poeta, y que a su vez suscitarán otras inspiraciones o reacciones en el auditorio. Un ejemplo es la canción “Por”, una clara prueba de interiorización del proceso de la “escritura automática” del surrealismo francés. Spinetta se presenta como consumidor de arte en general que no se limitó a las fronteras del ámbito musical. Su bagaje cultural se enriqueció con el arte aprehendido, el cual se tradujo en música, y ésta es a su vez el resultado de su experiencia con el arte.

Existe una línea temática que recorre las letras del compositor a lo largo de su creación, ya sea en las distintas agrupaciones que formó o en sus proyectos como solista. Una suerte de leitmotiv literario recorre su obra, compuesto del viaje, del cuerpo, los sueños, la naturaleza, la ciudad y, sobre todo, el amor y las relaciones humanas. Estos son conceptos que atañen a todo mundo indiscriminadamente y con los cuales todos nos identificamos; quizás ese fue uno de los motivos que lo convirtieron en músico popular. Spinetta creó un espacio de comunión más allá de fronteras sociales, económicas, etcétera, para arribar a un tiempo suspendido en el cual, por un instante, hay igualdad.

El músico se sitúa en la línea de artistas tal vez no contestatarios, pero sí comprometidos. Compuso canciones que evidenciaron problemas (consciente o inconscientemente) que aquejan a la sociedad aun hoy en día. La canción “Fermín” es un claro ejemplo. El cantante no tenía ni veinte años cuando ya demostraba una sensibilidad hacia la otra gente, la que es ignorada, los locos: “En el hospicio le darán/ agua, sol y pan/ y un ave que guarde su nombre/ En el hospicio le dirán/ pronto haz de morir/ La noche izará su final de gotera/ Y el ave aquel lo llevará/ Fermín se fue a la vida/ No sé cuándo vendrá.” El cantante hizo que Fermín, el protagonista de su canción, le diera presencia a quienes pierden su lugar en la sociedad “normal”.

 

En busca del espectador-intérprete

 

Si algo tenía Spinetta es que no deseaba que su público permaneciera indiferente. El compositor aseguraba que a raíz de las canciones alusivas a Castaneda, la gente comenzó a leer sus libros, y satisfecho, decía que el objetivo estaba cumplido. Buscaba dejar o despertar algo en su público, que no fuera un auditorio pasivo. Al contrario, que fuese a la manera de Rancière, un “espectador emancipado”, un espectador capaz de traducir lo que el narrador/artista (Spinetta) le cuenta. Es decir, que el público haga su propio trabajo de aprehensión y transformación: espectadores-intérpretes de lo que el músico propone. Esto puede provocar que algunos se refieran a la música de Spinetta como rara o incluso “hermética”, porque en definitiva no es comercialmente “sencilla”; su infatigable búsqueda poética intentará estremecer a quien la escucha.

 

Luis Alberto Spinetta logró conmover a por lo menos tres generaciones, pues quienes eran adolescentes cuando se iniciaba hoy son abuelos. Los jóvenes actuales en Argentina lo siguen escuchando, convirtiéndolo así en un artista atemporal que genera lazos de convivencia –un espacio simbólico– entre generaciones. Él afirmaba que las canciones ya no le pertenecían, mas seguían siendo suyas de otra manera: en la medida en que eran de todos y en tanto él era “uno de ellos”. Sus canciones son entonces una suerte de patrimonio nacional y, en un sentido más amplio, el compositor se revela como un icono imprescindible de la cultura popular argentina. ¿Y qué es la cultura si no aquello que prevalece más allá de coyunturas políticas, económicas, etcétera?

En un presente en el cual parecería que cada vez es mayor el auditorio que disfruta de letras baladíes, Spinetta es un artista que merece ser rescatado, (re)escuchado. Debería recuperarse la capacidad que tuvo de impulsar a su público al descubrimiento de escritores (en su caso) o artistas. Es decir, una música que conduzca a la revelación de otras expresiones artísticas y que conmueva, que afecte y combata la pasividad

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