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Monólogos Compartidos
Por Francisco Torres Córdova

Plegaria del refugiado

 

Aquí tiemblan las esquinas. El tiempo se encaja en la conciencia y sus huesos insomnes se dispersan en el fondo de la noche. No hay más allá a dónde ir y tampoco hay más acá para quedarse. Arriba el cielo se me echa encima; abajo el suelo me trepa a la garganta. Frente a los ojos tengo el círculo perfecto del destierro y el sólido vacío que levanta el decreto de ser nadie en los resquicios del planeta, en los huecos que dejan sus orillas. Ando entre tiendas de lonas desgarradas y cocinas en el suelo, trastes rotos de plásticos eternos, letrinas de cal y ceniza, calles de arena y charcos de grava y orines, ardiendo las fiebres del invierno, sudando los fríos de mis muertos. De día me sitia la sombra que de noche me deslumbra. Ya breve y solamente mi cuerpo es mi provincia, mi tierra natal asida a los talones de mi alma. Me quitaron de lo mío, me sacaron de mi plaza. No me halló la muerte que mandaron a buscarme, es cierto, pero sí me ataron a la exacta espiral de su amenaza. Por días, horas o minutos poco más o poco menos, fue cosa de salir de ahí y dejar el nombre huérfano en el aire, aún tibios los surcos del sueño en las mejillas y el contorno de los hombros en el lecho, el armario cerrado y con su llave colgando de la chapa, la ropa limpia sin doblar, las ventanas entreabiertas y el agua corriendo en la pileta, impares los zapatos de la huida, los perros sueltos a su asombro y su ladrido. Fue asunto de no estar apenas un momento antes del estruendo de la puerta de la casa desquiciada contra el suelo, de hallarse por recóndita ventura en el punto ciego del hachazo o del relumbre del cuchillo, una brizna por debajo del zumbido de plomo por la espalda, en el lado sordo o distraído del gendarme coludido, el actuario sobornado, el ubicuo mercenario o el múltiple sicario, a un suspiro hediondo de su aliento. A fuerza me salí y a tiempo, me digo, y me descubro sin cesar en este enclave de cerros y cañadas, en este llano arrinconado en su horizonte polvoso y erizado, litoral de mar ajeno que no cesa y se monta en el cielo y se extravía, franja que me ciñe la sienes a punto siempre de romperse y derramarme, a un lado de todo y todo afuera, en el limbo de una espera que socava lentamente mi esperanza. No hay regreso a salvo, ni casa a salvo a mi regreso si así fuera, y cada vez más temo esa violencia, la rutina que alarga y me pospone y disminuye. Soy una multitud varada, una nación sin geografía. Entonces, al borde de mi quiebra, en las duras madrugadas de esta encrucijada de fronteras, invoco el alfabeto sagrado de las cosas que me eran cotidianas, digo su nombre de madres iniciales, de diosas distantes y cercanas, y en voz muy baja desgrano devoto una plegaria: que ya no tiemblen de zozobra las esquinas y rompa el tiempo las agujas que me punza; que fallezca de su hambre la violencia y mi tierra sobreviva no sólo en la memoria; que por fin alisen los mapas sus arrugas y se abran y me sigan hasta aquí las rutas del retorno. Que tenga pies para pisar sus piedras.

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