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Sobre-vivir en un mundo sombrío
En México reina el desconcierto. Miseria, marginación, delincuencia (organizada o no), corrupción y violencia
Por Germán Iván Martínez

Nuestro espacio doliente. Reiteraciones para pensar

en el México contemporáneo,

Arturo Aguirre,

Afínita Editorial,

México, 2016.

En México reina el desconcierto. Miseria, marginación, delincuencia (organizada o no), corrupción y violencia, son sólo aristas de una sociedad que, en su poligonía, da muestras de la desorientación y descomposición que padece. Ésta, refiere Arturo Aguirre en Nuestro espacio doliente, su más reciente libro, tiene que ver con las formas en las que se perpetra y multiplica el sufrimiento.

Particularmente, nuestro autor describe la sensación de vértigo en un mundo que toma cada vez más conciencia de sus miedos, de la inseguridad que sufre y la diversificación e intensificación de la violencia que soporta. Este estado de desequilibrio hace evidente, por una parte, la fragilidad humana; y por otra, dice Aguirre, “la muerte, la desaparición o huida de los intelectuales”, incapaces hasta el momento de pensar nuestro tiempo y transformar nuestro mundo.

La turbación que sufrimos no sólo tiene que ver con la violencia que se aplica y la atrocidad que le acompaña, sino con el reconocimiento inaudito de un hecho: la posibilidad de sabernos violentados. Esta vulnerabilidad que hoy reconocemos, este ultraje del que tantos han sido objeto: indígenas, profesores, campesinos, líderes sociales, migrantes, estudiantes… lleva al autor a pensar en el a-terrado, una categoría a la que recurre para referir que el hombre contemporáneo vive sin tierra y sin paz, pues se mantiene en “permanente huida de sí”.

Arturo Aguirre refiere que la filosofía no puede ser “la reflexión sonámbula de una generalización hueca sobre la violencia”. Piensa que es necesario y urgente comprender este fenómeno y asumir responsabilidades ante él. El filósofo tiene que vérselas con la realidad y, hoy, ésta da muestras de violencias inéditas. Sugiere entonces “pensar no sólo la física de la violencia sino también la fenomenología de su acontecer”. Desde su perspectiva, la denuncia, la crítica, el compromiso con la verdad y con la sociedad, son aspectos fundamentales para recuperar el papel de los intelectuales y reinventar el poder. Esto implica, sugiere, teorizar desde la fenomenología de la violencia, que atiende a “sus elementos constituyentes y sus estructuras constantes”. La violencia, añade, como hecho y fenómeno específicamente humano, se instituye y diversifica; y con su sanguinaria, descarnada e intensa escalada, constituye un acontecimiento que ha venido a dislocar nuestra existencia. Por ello, además de la emergencia y exhibición del dolor que genera y hace patente, irrumpe en la realidad e interrumpe la continuidad de la vida, dejándonos a la intemperie. Hoy, “todo puede pasarnos”, y puede pasarnos en cualquier lugar y a cualquier hora. Esta condición hace brotar una evidencia: “todos somos mortales” y, por ende, “devenimos matables”, de ahí que nuestra condena radique en vivir aterrorizados.

Arturo Aguirre piensa que si bien toda teoría crítica de la violencia se aproxima a ella desde dos perspectivas (la que atiende al ejecutante y la que analiza a quien recibe la ejecución), existe una tercera forma de pensar el problema y hacerlo, además, en su integridad: se refiere al espacio doliente, un término pensado para aludir no sólo a víctimas y victimarios, sino también a deudos y espacios de dolor y terror que la violencia (contagiosa y contundente, sistemática, reiterada y mediatizada) ha traído consigo.

Aguirre sostiene que la exhibición de la violencia y nuestra exposición constante a ella, han atrofiado nuestro dispositivo atencional. Pensamos, equivocadamente, que es “normal” habitar un mundo donde privan la muerte homicida y masiva, las fosas comunes; donde se ocultan, apilan y despersonalizan cuerpos, además de criminalizarlos; la saña y envilecimiento de la que éstos son objeto, constituyen una realidad inevitable que debemos asimilar sin más. Asimismo afirma que si bien las ciencias humanas parecen estar discapacitadas para entender y atender este fenómeno, se precisa un colectivo social que cuestione nuestras formas de ser y hacer comunidad. Esto requiere, como él mismo reconoce, “operar una crítica a la filosofía sobre la filosofía misma”, con el ánimo de que ésta recupere su misión: echar luz sobre la vida del hombre, y hacerlo justo hoy, cuando más necesitamos aprender a sobrevivir en un mundo cada vez más sombrío.

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