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Cabezalcubo
Por Jorge Moch

De marchitas fresitas y otras criaturas mediáticas

 

Empiezo a escribir este texto a unas horas de concluida la marcha que algunos de sus convocantes, el empresario papelero y personero de Televisa, Claudio X. González, la señora Isabel Miranda de Wallace, de turbio pasado pero reconocida filiación con el poder político de derechas, y algunas otras organizaciones no de derechas y ciertamente más críticas con el régimen, tuvieron el desatino, para la malicia lúbrica de sus detractores, de bautizar Vibra México. Las redes sociales son un campo de guerra civil y no se hicieron esperar las reacciones de quienes consideramos que en buena parte esta convocatoria, a pesar de la presencia de personajes y organizaciones muy respetables, era al final una maniobra gobiernista de las cúpulas afines al régimen y sus intelectuales orgánicos, de las televisoras y de los grupúsculos protoempresariales vinculados al poder político. El machaconeo promotor de la marcha en Televisa, por ejemplo, resultaba harto sospechoso por decir lo menos.

Es cierto que, como al día siguiente de la marcha afirmó la politóloga Denisse Dresser en la mesa de discusión que organizó Carmen Aristegui el lunes 13, en la que debatió con Julio Hernández López, Témoris Grecko y Fabrizio Mejía Madrid, es necesario presentar un frente común ante la amenaza que supone Donald Trump para nuestro país. El problema fue que la convocatoria de sesenta y cinco organizaciones estuvo dominada desde un principio por aquellas que, como la que preside Claudio X. González, se han caracterizado desde hace años por declararse enemigas de movimientos populares y la disidencia política. Baste revisar opiniones del señor González sobre el derecho mismo a la protesta social cuando ésta afecta, según dice, sus intereses “y libertades”. Y otra de las principales convocantes fue Isabel Miranda de Wallace, criatura salida de los escándalos mediáticos y de los falsos noticieros de Televisa y quien durante algún tiempo fue considerada vocera de víctimas de secuestro en México, pero quien terminó siendo feliz alfil (o peón) del régimen para golpear a voces disidentes o críticas al gobierno; y prueba irrefutable de esa al menos sospechosa cercanía son sus constantes apariciones en actos públicos con Enrique Peña y otros ejemplares de la fauna de la represión y la corrupción que son ya clase social en este país. Para más inri, la señora Miranda afirmó en entrevista antes de la marcha que ésta era, sí, para arropar a la figura presidencial.

Podría decirse también que esta marcha naufragó, sobre todo si se compara en términos de cantidad de participantes (diecisiete mil, se dice, pero solamente en Xalapa un mitin de Morena hace una semana metió 3 mil más) con otras convocadas por algunos de esos mismos organismos, y ni qué decir si se compara con las multitudinarias concentraciones que han concitado, por ejemplo, la inseguridad pública, las tropelías cometidas por el gobierno de los vendepatrias a la riqueza y la soberanía nacional o aquellas en las que hemos participado cientos de miles, sino millones de mexicanos, para exigir justicia y el esclarecimiento de viejas causas judiciales que siguen impunes.

Pero creo que reviste otro aspecto muy importante: el triunfo de las redes sociales sobre el que fuera otrora el unívoco vaso comunicante de la sociedad mexicana: la televisión ha tenido que conceder buena parte de su añejo poder de penetración a Twitter, Facebook, Pinterest, Instagram y similares. Y se trata de un proceso gradual pero indetenible. Y definitivamente con desenlace poco feliz para la televisión tradicional en México. No es casualidad que por estos mismos días se han replicado los informes de pérdidas accionarias en Televisa y tv Azteca, ni que se repiten constantemente versiones de que Azcárraga Jean ya no sabe qué hacer para incentivar a una teleaudiencia francamente harta de las sobadas fórmulas televisivas –falsarias, oficialistas, impermeables a la crítica social– que le funcionaron muy bien hasta hace poco en el fino arte de la manipulación de la opinión pública.

La marcha de la gente bonita – había vallas para discriminar la calidad social de algunos manifestantes– fracasó porque permitió que una parte de su convocatoria se salpicara de un servilismo que muchos mexicanos rechazamos ya. Curioso que en parte fuera convocada por la televisión para tratar de manera distinta a dos creaciones televisivas: Donald Trump y Enrique Peña Nieto. Al primero para señalarlo como nuestro enemigo y al otro para apapacharlo.

Aunque sea el que más nos ha perjudicado.

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