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Cinexcusas
Por Luis Tovar

De redenciones y otras imposibilidades

 

Me han encontrado mis fantasmas.

Igual que mi pasado,

creen que les pertenezco.

Tracy Chapman

 

 

En realidad no eres viejo, pero es un hecho que a tu edad –y sobre todo con tus antecedentes– sería más bien difícil que alguien te diera trabajo, aunque tus necesidades económicas no son muchas ni demasiado altas y para satisfacerlas bastaría con unos cuantos soles, que es precisamente lo que ahora obtienes. No será gran cosa el taxi, piensas, pero con lo que sacas cada día te alcanza para ir tirando y eso –bien lo sabes–, ya es más de lo que muchos pueden presumir en estos tiempos.

Sí, es dura la friega: todas las noches que vuelves a casa sientes la espalda como si la tuvieras hecha de tablones viejos que amenazan con partirse en cualquier momento; a veces los riñones te duelen tanto que sientes deseos de sacártelos; comes cualquier cosa por ahí, apoyado en el coche sin siquiera tener tiempo, menos dinero, para ir a un restaurante. Qué le vas a hacer; a tu edad –pero sobre todo con tus antecedentes– hay que darse de santos de no ser un alcohólico que deambule por las calles, sin oficio ni beneficio, o de no haber quedado definitivamente loco, o de no estar muerto ya. Además, tienes la suerte de contar con el dinerito extra por llevar a pasear al coronel de tarde en tarde, y eso es lo único que, con toda seguridad, tienes que agradecerle a tus antecedentes.

No conoces su significado, y ni siquiera la palabra estoicismo, pero de eso viene tratándose tu vida desde que causaste baja del ejército, hace ya ¿cuánto?, veintitantos años, puede que treinta, y no es que no seas capaz de recordarlo con exactitud sino que la rutina –hoy te sucede sin ser consciente– tiene sobre la memoria el mismo efecto que el de un ácido sobre la piel, que cuando no deforma borra, y casi siempre las dos cosas.

Por eso al principio te costó aceptar que era ella; no le creías a tu memoria y te pareció imposible que se diera esa casualidad pero sí, era Celina la que se subió al taxi, tan apurada que no reparó ni un segundo en ti, limitándose a indicarte el sitio de destino y ocuparse de sus asuntos. Más adelante no podrás decidir si habrá sido mejor que no te reconociera –mejor dicho, que ni siquiera te mirara– en ese primer momento, mientras a ti no te quedaba de otra más que fijarte bien dónde se bajaba, dónde se metía, pues era claro que tenías que regresar a buscarla.

Por eso, cuando te hiciste pasar por un cliente cualquiera que fue al pequeño negocio de Celina por un corte de cabello y barba, y ya sin ésta ella te reconoció, no fue tu desmemoria sino las profundas e incorregibles deformaciones de tu recuerdo lo que te hizo creer que serías bien recibido o, para decirlo con total justicia, que no serías rechazado con esa vehemencia; que no ibas a ser repudiado así, a los gritos; que no te verías execrado por esa mujer a la que lo último que se le hubiera ocurrido era ya no se diga desear sino siquiera imaginar que alguna vez volvería a ver tu cara. Sobre todo, o más bien precisamente a causa de tus antecedentes. O de los suyos.

Igual que la otra palabra también ignoras el significado de ésta, pero lo que fuiste a buscar a la peluquería de Celina, lo que buscaste en el cajoncito desvencijado de tus recuerdos de militar de bajo grado en retiro, lo que buscarás con el chantaje chapucero que vas a intentar, se llama redención. Quieres que te perdonen. Más claramente, que Celina te perdone, y para conseguirlo la quieres ayudar. Ella no podría explicarte por qué es imposible que la ayudes, por qué no sólo es absurdo sino una absoluta aberración que pretendas hacer algo por ella, que no podría explicarte nada, porque tú entenderías eso precisamente: nada.

Ni tú ni ella lo saben, pero lo que les ha sucedido cuando se conocieron –y qué eufemismo decirlo así, como si se hubiera tratado de algo sin consecuencias nefastas, como si aquello no hubiera quedado marcado irremisiblemente por la humillación, la vejación, la degradación–, todo lo que pasó y lo que les habrá de suceder ahora que el azar volvió a acercarlos, es tan frecuente en estas latitudes y estos tiempos latinoamericanos, que rebasa con mucho los límites de su empobrecido barrio limeño. Tampoco lo saben, pero ambos son víctimas de algo más grande, llamado sistema político/económico, en el que la redención personal sólo es una entre muchas otras imposibilidades.Magallanes (Perú-Colombia-Argentina-España, Salvador del Solar, 2015).

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