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Fábula de tres mujeres sin moraleja
Boy, Snow, Bird, Helen Oyeyemi, Traducción de María Belmonte, Acantilado, España, 2016.
Por Ilallalí Hernández Rodríguez

El reflejo miente, no todo lo que vemos a través del espejo es en verdad una persona. Para el psicoanálisis, lo especular juega un papel básico en el desarrollo emocional de un individuo y el primer espejo en el que nos observamos es la mirada de la madre, o de quien juegue ese papel. El espejo está contenido por un marco, incluso el lago transparente en donde se ahogó Narciso estaba cercado por tierra. El marco del espejo es en sí una frontera, el corte entre la realidad (afuera) y lo que nos muestra (adentro), es el sitio que limita el engaño.

Ese es uno de los principios de esta novela de Helen Oyeyemi (Nigeria, 1984), Boy, Snow, Bird, en donde tres mujeres –con esos nombres singulares–, van trazando las líneas de una historia que se suscribe en el racismo estadunidense de los años cincuenta.

Para contar un cuento es necesario que nos apropiemos de él y después lo cambiemos, para revestirlo con elementos que nos resuenan a nosotros mismos; por ejemplo la maldad, para asimilarla, debe ser una experiencia personal. Oyeyemi recurre a cuentos de hadas clásicos y a figuras mitológicas para cubrirlos de la realidad, de la actual y de aquella que nos viene a través de las lecciones de historia; va más allá, además de colocar en juego las tensiones de los opuestos: bondad y maldad, secretos y verdades, blanco y negro, sitúa arquetipos que en unas cuantas páginas comienzan a dislocarse. La fábula de estas mujeres se colma de simbolismos, el principal –que se repite con mayor frecuencia– es el triángulo de las tres protagonistas. En geometría, cualquier polígono se deforma cuando se ejerce presión sobre éste, pero no sucede así con el triángulo, su rigidez lo convierte en la figura más fuerte, capaz de sostener incluso enormes estructuras. No es de extrañar que cuando esta figura aparece simbólicamente, es tan potente que romperla cuesta, muchas veces, la vida. Así, en Boy, Snow, Bird este polígono tensa los tres capítulos que, además, se encuentran colmados de espejos y miradas. Una fuerza triple que desentrama secretos y da cuenta del transcurrir de las épocas.

Boy es una adolescente rubia, vive en Nueva York con su padre, un exterminador de ratas que caza a estos animales de una forma peculiar: los deja encerrados en jaulas que guarda en su propio sótano hasta que el hambre las convierte en animales voraces. Es en ese momento cuando les saca los ojos; entonces, y sólo entonces, estos animales podrán correr a los sitios más recónditos de las casas para encontrar a sus congéneres que serán su almuerzo. Boy creció en ese sitio sombrío al lado de un hombre violento que aprovecha cualquier oportunidad para mostrarle su desprecio. Ella entendió muy joven que su padre detestaba la belleza, desde pequeña supo que los espejos mienten, que esa joven rubia que ella veía, tenía otro rostro para su padre. Sale de casa una mañana, toma dinero de su padre y se refugia en el primer autobús que la aleje de Manhattan. Así es como desembarca en Flax Hills.

Flax Hills es un lugar en donde el arte y los oficios determinan la vida de los pobladores. Ahí Boy encuentra una casa de asistencia que paga con el poco dinero que le queda, comienza a realizar trabajos temporales y va teniendo una pequeña vida social con las otras inquilinas. Conoce a Arturo, un viudo diseñador de joyería que tiene una hija de piel extremadamente blanca y ojos negros, Snow, una niña que perdió a su madre el mismo día en que nació.

Boy y Arturo se casan como un trámite. Para ella después del matrimonio no llega el final feliz. El cuento da otra vuelta de tuerca y los secretos comienzan a salir. Cuando nace su hija Bird, pone un nuevo eslabón sobre la familia de Arturo, es una niña negra. Boy decide que una de las niñas viva con su cuñada Clara y esa separación que impone sólo el tiempo habrá de romperla.

Boy, Snow, Bird expone la figura de la mujer como un tema central, el cuerpo femenino y la forma en la que se va constituyendo. En pleno apartheid el color de la piel es un tópico, pero conforme avanzan las páginas, también aparecen mujeres que en situaciones extremas o íntimas deben asumirse, cada una se levanta de distintos yugos, encabeza pequeñas batallas personales, usando los recursos que tienen a su alcance: hay algunas que utilizan su belleza como la moneda que les dé libertad, otras que se abrazan a su inteligencia, unas más a la maternidad. La autora no sólo evidencia los arquetipos que se juegan en los mitos –o en las realidades–, sino también muestra la vigencia de los roles vigentes hasta el día de hoy.

Esta novela de Oyeyemi nos interna con fluidez en la trama, su escritura es una casa de espejos que regresa algunos reflejos distorsionados de sus propios personajes o de nosotros mismos. Nos recuerda que la literatura se hace de literatura, de los cuentos clásicos, de los mitos, las fábulas y las viejas leyendas, de la biblioteca personal, ella misma le va otorgando una nueva dimensión a estos elementos juntos. Ya en sus libros anteriores demuestra este gozo por recorrer con sus letras la fantasía, la ficción y nos acerca los temas de una forma que se nos revelan perturbadoramente familiares.

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