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Paso a Retirarme
Por Ana García Bergua

Un lugar para estacionarse

 

En el siglo XIX habría caballerizas y cocheras para los carruajes, y no es descabellado pensar que en algunos barrios de las ciudades se formarían embotellamientos de berlinas tiradas por caballos y habría sitios especiales donde se guardarían las sillas de posta, los landós y las pesadas diligencias, como bellas habitaciones suspendidas con sus forros y sus cortinajes. Pero los carruajes no debían ocupar tantísimo espacio en las ciudades, no como ahora, desde luego. Fue el siglo XX el que inventó y ensalzó los estacionamientos. Primero esos garajes pulcros y ordenados para cinco o seis Fords o Buicks o Mercedes, de los que quedan pocos y admito que me causan mucha fascinación, y después esas moles grises, gigantescas y sucias que se han apoderado de nuestro espacio y devoran parques, jardines, plazas, pues ahora le llaman plaza a un lugar para estacionar los coches (en realidad ahora le llaman plaza a todo, algún día alguien nos dará la bienvenida a la plaza de su comedor).

Necesitamos los estacionamientos para llegar a un sitio y podernos detener sin quedarnos dando vueltas cuadras y cuadras como caballitos de carrusel, no hay otro remedio si somos motorizados, y muchos lo somos. Muchas películas y series de suspenso se desarrollan en esos lugares no siempre siniestros, ni oscuros, ni cerrados, pero sí inhóspitos, aunque libros como Crash –esa novela de J.G. Ballard que luego llevó al cine David Cronenbergles otorguen un pulsante y metálico erotismo, e imagino que habrá parejas que logren consumar ocultos amores en la penumbra de esos hoteles para máquinas. De hecho, los clásicos moteles incluyen un pequeño estacionamiento para esconder el coche con una cortina, como si el auto también formara parte de las pasiones secretas de las parejas en ménage à car.

Pero fuera de esos eróticos casos o de los jolgoriosos autocinemas donde el coche detenido se convierte en una sala, un sofá e incluso una cama para quien lo ocupe, forzosamente los estacionamientos nos excluyen. Quedarse atrapado en uno de esos lugares acarrea la oscura amenaza de morir por la inhalación del dióxido de carbono que nuestras bestias lanzan por sus belfos como caballos en la niebla, atrapados pisos y pisos bajo tierra, por un asalto en medio de esa soledad rotunda y llena de ecos, o por lo menos de sufrir un cinematográfico asesinato a la hora de subir al coche. Prohibido permanecer en el automóvil, se lee en muchos estacionamientos, porque son el reino de lo inhabitable, lo desierto y lo inórganico, y ese reino repele la vida en su interior.

Algo horrendo hemos hecho con nuestra hermosa ciudad al invadirla de automóviles necesitados de estacionamientos, algo horrendo ha pasado para que el oficio más inmediato, más socorrido, consista en limpiar coches o acomodarlos, quitárnoslos de las manos como una especie de enfermedad o como antes se llevaban al caballo a pastar y moverlo de aquí a allá, acomodarlos como las piezas del cuadrado mágico (escribiendo esta nota me enteré de que así se llamaba), lidiando con ellos como el obrero de Tiempos modernos y esas enormes agujas del reloj. Nuestros paisajes se han poblado de estructuras de muchos pisos rellenas de metal con ruedas, e incluso la Cineteca que atesora las más valiosas películas ostenta, a la entrada, un estacionamiento, para darnos un mensaje que nunca he terminado de entender. Y todo porque una vez en el destino nomás no sabemos qué hacer con ellos, donde botarlos, desaparecerlos, y todo porque es muy buen negocio. Y así se queda el coche, entre sus miles y miles de iguales, cosas inertes de basurero anticipado.

La verdad, no hay nada más deprimente que una multitud de coches estacionados y eso que hay multitudes terribles. No es la multitud alegre de personas que van a una fiesta o un teatro, ni las multitudes furiosas que marchan en protesta, ni aquellas que le cantan a un supuesto salvador de la religión que sea, y ni siquiera las multitudes de expulsados, a quienes debemos socorrer. Una multitud de coches es como una multitud de zombis, un campo inútil, una invasión.

Desde hace tiempo ya que la calle afuera de mi edificio se convirtió en un estacionamiento. Si antes hubo una fonda que combinaba los mariscos con los antojitos, si mucho antes colindó con una de las primeras calzadas de la ciudad (en serio), ahora es un espacio donde acomodan coches los vienevienes de los restaurantes cercanos. Y no podemos evitar la desilusión, cada que llegamos a casa, de ver la explanada de zombis cuadrados, para después, nosotros también, estacionar el coche.

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