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Tomar la Palabra
Por Agustín Ramos

Un juramento nuevo

Eusebio Ruvalcaba y Jorge Arturo Borja compilaron cincuenta y dos textos de diversos géneros y Luis Fernando Borja Hernández escribió el prólogo del libro Los 43, antología literaria, publicado por Los Bastardos de la Uva. La segunda de las presentaciones se realizó en el Museo de la Cultura Indómita, que conmemora centralmente la lucha encabezada por Rosario Ibarra en reclamo de los desaparecidos durante la guerra sucia del gobierno en los años setenta del siglo pasado. “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”, es la consigna identificadora de ese movimiento que antes de decaer crece con el movimiento por los 43 estudiantes de Ayotzinapa, confirmando que cuatro décadas después seguimos conjugando tal presente.

Respecto de la antología, en su momento argumenté mi preferencia por el acto escénico “El acuerdo”, de Javier Bustillos Zamorano, la viñeta “Hambre de triunfo”, de Jorge Arturo Borja y el cuento “Trabajar limpiamente” de Pterocles Arenarius. Los tres con personajes convincentes y tangibles, vivos, redondean historias de estrategias narrativas ejemplarmente eficaces por su tangencialidad, pues mientras parecen darle la vuelta al suceso central delinean con escalpelo los márgenes de éste, completando un panorama del crimen de Estado que resultaría imposible e incomprobable para efectos legales, pero que la literatura y sólo la literatura puede imaginar y sumar para iluminar más cabalmente el hecho real. Bustillos representa un arreglo turbio cuya finalidad es borrar la participación de los gobiernos federal y estatal cargando las tintas en las autoridades municipales. Borja presenta al principal responsable jugando un partido de golf simultáneo al crimen. Arenarius penetra en las entrañas del primer responsable material del acto represivo mostrando la culminación de un crimen que, como el de Iguala, no admitía cabos sueltos ni testigos, un final modelado por la conducta y los procedimientos intransferibles de la personalidad del personaje comisionado para dar cerrojazo a la verdad oficial.

El texto de Pterocles Arenarius en la presentación mencionada se refiere a Minos, rey de Creta, quien degrada un don de Zeus a la peor monstruosidad, el Minotauro. “La historia –explica Pterocles Arenarius– es fantástica y horrenda, pero, mito al fin, nos da una grandiosa lección ética. El gobernante que por su ambición, su debilidad o su estupidez se convierte en tirano, con su acción terrible y cretina, labra la desgracia para todos, en primer lugar para sí mismo. Será un maldito para siempre, señalado como el imbécil… incapaz de que su propia esposa le fuera leal, …el criminal que por ocultar su vergüenza y, antes, su robo y su engaño al pueblo, provocó que sus gobernados sufrieran, pagando con sangre esa descomunal estolidez, ambición y deshonestidad”. Si Cortázar en Los reyes reformuló este mito cuando la literatura reclamaba con urgencia el fin del protagonismo de los héroes, Arenarius propone algo no menos osado ante la tragedia social causada por “la traición, la maldad y la increíble estulticia de la bestia que no se atreve a mostrar su rostro. El libro Los 43 –afirma– es, antes que nada, un libro de literatura […], en este momento nos preguntamos ¿qué literatura es viable? ¿Qué se debe o se puede escribir hoy en México? ¿Para qué da la circunstancia?”

Después de tal cuestionamiento Arenarius fundamentó su yo acuso al régimen ladrón, mentiroso y asesino recontando los 160 mil muertos y 30 mil desaparecidos, los 2 millones de desplazados a la fuerza y los periodistas asesinados, el desastre económico con 70 millones de pobres –30 millones extremos– y un uno por ciento dueño del 40 por ciento de la riqueza. Reflexionando sobre la felicidad posible en la actual situación, presentó sus armas, todas, al desnudo. Y al final, anticipándose dos años al militarismo desbocado de hoy –con la inminente cobertura legal proporcionada por los golpistas del Pacto por México–, Arenarius propuso a los soldados un juramento nuevo que los compromete a nunca levantar sus armas en defensa de los gobernantes enemigos del pueblo sino para defender a ese pueblo y a su territorio. El juramento de no masacrar y, antes bien, “desobedecer cualquier orden de jerarquía superior, castrense o civil, aun del más alto mando político… para proteger al poder político, porque el propio Ejército Mexicano es hijo del Pueblo Mexicano y porque la ley así lo establece” [en el artículo 39 de la Constitución]

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