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Bitácora Bifronte
Por Jair Cortés

Robert Burns y el ratón del campo

La razón nos distingue de los animales, el dolor nos une y hermana con ellos; mientras nuestra “inteligencia” somete y destruye a la naturaleza, es la conciencia de provocar sufrimiento (y padecerlo) lo que nos devuelve un poco de empatía con aquellos que compartimos este inmenso hogar llamado Tierra.

Robert Burns (Escocia 1759-1796) fue un poeta autodidacta cuya labor como granjero (oficio que heredó de su padre) le proveyó de una aguda sensibilidad para tratar de manera profunda diversos temas, entre ellos uno muy peculiar, vertido en el poema “A un ratón del campo. En ocasión de haber deshecho su nido con el arado”. El poema es una breve pero emotiva reflexión sobre el momento en el que las vidas de dos seres, un hombre y un ratón, se entrecruzan accidentalmente: “Pequeña escuálida, asustada, temerosa bestezuela, ¡oh, qué pánico hay en tu pechito! ¡No huyas tan apurada, con murmurante prisa: jamás te perseguiría para cazarte con el arado asesino!/ Lamento, en verdad, que el dominio del hombre haya roto la unión social de la naturaleza, y justificado esa mala opinión que te hace huir de mí, tu pobre, agreste compañero, tan mortal como tú.” Consciente de su papel como representante del depredador más peligroso entre los animales, el poeta comprende el ritmo y la dinámica del mundo natural: “No dudo, es claro, que tú robes; ¿qué importa? Pobre animalito, tú también debes vivir. Un poco de trigo en una bolsa es tan poca cosa; yo me contentaré con el resto, y nunca me daré cuenta./ ¡Y tu casita, en ruinas también! ¡Con lo que soplan los vientos! […]” Más adelante, después de cavilar sobre las vicisitudes que sufrió el ratón para construirse un refugio contra el cierzo y el invierno, Robert Burns cae en la cuenta de que, a pesar de las aparentes diferencias, la vida del hombre y la del ratón son tan similares que la pena que el poeta siente por el ratón se convierte, de pronto, en autocompasión: “¡Ay, ratoncito, no eres el único que ha comprobado la vanidad de las previsiones; los mejores proyectos de hombres y de ratones fracasan a menudo, y no nos dejan sino dolor y pena, en vez de la alegría prometida!” En el enternecedor final del poema, Burns subraya el elemento que marca la diferencia entre el hombre y el ratón: la razón, la conciencia que tenemos del tiempo, la misma que nos provoca nostalgia y angustia: “Todavía eres feliz, comparado conmigo; sólo el presente te concierne; pero ¡ay, yo vuelvo hacia atrás mis ojos, y sólo veo escenas lamentables; y hacia adelante, aunque no puedo ver, me imagino, y me estremezco!” Así, el poema de Burns es un anhelo de redención por las atrocidades (pequeñas y descomunales) que el hombre provoca en la vida de las otras especies, y se lamenta, en cierta forma, por la memoria y la imaginación, por los recuerdos y el futuro (no existente) que nos atormentan y, a veces, nos arrancan la calma y la esperanza.

 

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