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Cabezalcubo
Por Jorge Moch

Una familia moderna cada día menos posible

 

Modern Family (Familia moderna) es una comedia estadunidense, filmada en clave de falso reality show, al menos en parte de sus encuadres para simular el seguimiento documental cotidiano de una familia construida a partir de profundas diferencias culturales, lingüísticas y desde luego, siendo un programa del mainstream media estadunidense, también raciales.

La idea original, de los guionistas y productores Steven Levitan y Christopher Lloyd (y no, no es el Christopher Lloyd de Volver al futuro), apuesta al discurso de la inclusión, proclama habitual en el ideario colectivo de la comedia televisiva estadunidense, que suele estar más del lado del pensamiento progresista que de los anacronismos barbáricos de la nueva Gestapo de la Casa Blanca republicana (véase el resurgimiento en los índices de audiencia del neoyorquino Saturday Night Live a partir de la aparición en pantalla del vociferante alter ego de Donald Trump que interpreta con genial mordacidad un Alec Baldwin renacido, ácido, implacable en su interpretación del jumento anaranjado), pero precisamente el énfasis en la caracterización de las diferencias esenciales de los personajes, esa diversidad que supondría su riqueza argumentativa, se agota cuando devienen en esa vieja debilidad insoslayable en los medios masivos de Estados Unidos: la trivialización, quizá hasta el agotamiento, de personajes que soportan ya una carga nada fácil de ocho temporadas al hilo, personajes que en un exceso de sobreactuación (lamentable recurso demasiado fácil al corretear la risa del público) se diluyen como actores cómicos para quedar en meros estereotipos. Modern Family no es el primer logro de la fórmula Lloyd-Levitan. Juntos escribieron y produjeron series muy exitosas, como Frasier o The Wonder Years, que fue muy popular en México con el título Los años maravillosos (sí, la de Kevin, Winnie y Paul).

La tropa desfila así, maniquea: el patriarca, el viejo, el gringo bueno, corpulento, fuerte todavía, es Jay Pritchett, interpretado por Ed O’Neill en uno de sus mejor logrados personajes. Jay está casado en segundas nupcias (está divorciado; su exmujer aparece ocasionalmente, interpretada por Shelley Long) con una colombiana guapísima y mucho más joven que él, Gloria Delgado-Pritchett (Sofía Vergara), quien es a su vez madre de Manny (Rico Rodríguez), un afectado adolescente supuestamente hijo de un mexicano y la colombiana. La relación entre el gringo y la colombiana se puede reducir con procacidad en un adagio popular, aquel en que jalan más un par de tetas… El padre de Manny y exesposo de la colombiana (Benjamin Pratt) aparece de vez en cuando, caracterizando a su vez otro tópico: el latin lover irresistible pero terriblemente irresponsable. Manny, su hijo, es en cambio un pequeño aspirante absurdo a bon vivant, que viste ropa de viejito y ternos completos mientras busca crearse una identidad propia… como poeta. En las casas vecinas viven los hijos mayores de Jay, de su primer matrimonio: Claire y Mitchell. Claire está casada con un agente inmobiliario, Phil Dunphy. Esos son quizá los únicos dos personajes esencialmente cómicos que no buscan perfilar un estereotipo; sus diálogos suelen ser brillantes. Phil es torpe, una suerte de Tribilín que choca con todos los objetos de la habitación, pero la actuación de ambos como pareja (Julie Bowen y Ty Burrell, respectivamente) tiene chispa. Sus tres hijos son Hailey, epítome de la tonta cabeza hueca fiestera (Sara Hayland), Luke, un adolescente casi fronterizo en su idiotez patológica (Nolan Gould) y la ñoña pero socarrona Alex, interpretada por Ariel Winters. En la otra casa vive el otro hijo de Jay, Mitchell (Jesse Tyler-Ferguson), quien es homosexual y vive con su esposo, Cameron Tucker (Eric Stonetreet, quizá el más avezado de todo el elenco puesto que tiene que sostener por sí mismo un personaje que es lo mismo gay y llenecito de manierismos que el entrenador del equipo de futbol americano de la escuela local). Mitchell y Cameron a su vez son padres adoptivos de Lily, una pequeña tirana prepotente que los domina con sarcasmo y crueldad. Y es, como era de esperarse si se busca dotar de colorido a la tropa, de rasgos orientales.

Cobra relevancia, pues, el tema de la inclusión en unos Estados Unidos que bajo la batuta de la xenofobia y el odio dictados por Trump, se vuelve cada día territorio más hostil para minorías étnicas en una sociedad enferma de éxito y prejuicios. Como creer que sólo los blancos tienen el poder…

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