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Las Rayas de la Cebra
Por Verónica Murguía

Memorias de Adrian

 

Hace unos meses, en este espacio, escribí acerca del pleito unilateral del escritor Adrian Gill con la historiadora Mary Beard. Gill, crítico de televisión y de comida, juzgó que Beard no era digna de aparecer en la tele, a pesar de su evidente soltura y sabiduría, porque tiene los dientes chuecos y no se pinta las canas.

Me irritó y escribí que Gill era un frívolo y que su punto de vista era miope y sexista, lo cual mantengo. Además, que estaba acomplejado, ya que no fue a la universidad y Beard es una académica muy reconocida.

Pero padezco el vicio de la curiosidad, lo cual me ha llevado a lugares incomodísimos. Decidí leer la autobiografía de Gill, titulada Pour me: a life (algo así como Sírveme: una vida). Al principio no hubo sorpresas: encontré la frívola crueldad que esperaba, buena escritura, lo cual no me sorprendió, pues supuse que sería un requisito para las publicaciones en las que trabajaba, y mucha ironía. Gill era provocador y muy agudo. Cuando insulta, su escritura se vuelve, quizás, pesada, pues adjetiva con tanta abundancia y énfasis que parece que está gritándole al lector en la oreja. Pero al avanzar en la lectura, comencé a hacerme bolas.

La minuciosa confesión de su alcoholismo me conmovió: habla, sin complacencias ni triunfalismo, del delirium tremens, de las visiones y los temblores; de la neuritis periférica que hacía que le hormiguearan los dedos; de la gastritis que lo hacía vomitar hasta que se le reventaban las venitas de los ojos y, por último, del miedo. De cómo el miedo se convirtió en su compañero constante, a veces agudizado por la cruda; la sensación perturbadora de la amnesia, la vida perdida en blanco, la nada, el vacío ocupado de forma fugaz e insatisfactoria por el sexo, el miedo o la enfermedad.

En medio de estas revelaciones se dibujó un hombre sufriente con el que, para mi apabullada sorpresa, tengo más en común que con Mary Beard, aunque yo preferiría parecerme a ella. Gill estudió pintura, pero pronto se dio cuenta de que carecía de talento. Las descripciones de la escuela de arte, de lo que sentía al dibujar, una inolvidable escena en la que Lucien Freud toca con dedos ávidos el bastidor sobre el que Gill pintaba, sin prestarle atención a él, me gustaron muchísimo. Encontré un alma gemela (uy) en su admiración por Matthias Grünewald y en su actitud hacia la religión, tema incómodo si los hay, más inconfesable que cualquier asunto sexual en este momento en el que vivimos. Francamente, esas afinidades me desorientaron, pero la porción de honestidad que debe acompañar cada lectura que hacemos me obligó a aceptarlas.

Más tarde habla de una amante obesa de la que, típicamente, olvidó el nombre. El cuerpo de ella está descrito con una ternura inusual, el sexo como una experiencia muelle, dulce, casi sobrenatural, en el que las amplias caderas lo recibían y resguardaban de las asperezas del mundo, en el que esa carne que parecía infinita lo llenaba de consuelo. Soy mala lectora de literatura erótica, pero esas páginas me fascinaron.

Todo se contradecía con sinceridad. El amante rendido de la mujer obesa era, también, un macho que encontraba placer en insultar a otras mujeres. En 2016 ya había reunido sesenta y dos quejas por ofender en televisión y por escrito. Esto en Inglaterra, un país mucho menos propenso a las demandas que Estados Unidos, revela hasta qué punto era un majadero.

Gill confiesa en el libro que ha sido tanto un fracasado como un triunfador. Que esas dos cosas se parecen mucho. Menciona a Kipling, quien tenía razón al afirmar que hay que desconfiar tanto de los chascos como del éxito. Cuenta, además, que un monje budista especializado en celebridades le dijo que prefería tratar “triunfadores” porque ya saben que ni el dinero ni la fama son la respuesta y que la vanidad es una tirana.

Gill termina afirmando que sólo la felicidad vale la pena, darla y recibirla. Una verdad rotunda, muy poco insolente en ese libro descarado y cínico.

Después de esta inesperada revelación, Gill describe la época en la que trabajó con ¡Médicos sin Fronteras! En ese momento,a mi naciente y contrariada simpatía tuve que añadirle una buena cantidad de admiración. Le voy a escribir una nota, pensé. Debo redactarla con cuidado y no esperar respuesta.

Entonces, al buscar adónde enviarla, me enteré que dos días antes Adrian Gill había muerto de cáncer a las sesenta ydos años y me puse a llorar.

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