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Bemol Sostenido
Por Alonso Arreola

Fernando Toussaint y la alcoba que nos contiene

 

En la reluciente alcoba sonaban Sacbé y Aguamala, dos de sus más queridos proyectos. Aleatoriamente, cambiando el sentido de la danza mental, se intercalaban orquestaciones de su hermano Eugenio, fallecido en otro febrero de seis años atrás. Escuchándolos serenamente aguardaban su hermana Cecilia, su hermano Enrique, su madre y otros familiares, todos rondando el féretro y la sonriente fotografía desde la que el baterista esperaba una nutrida afluencia de amigos y colegas convertidos en fuentes de anécdotas, risas y no pocos llantos.

Hablando con propios y extraños, así fue como hace exactamente una semana participamos en el encuentro que sólo por convocatoria de la muerte se hace posible. Los músicos Jaime López, Iraida Noriega, Juan Carlos Novelo, Luis Ernesto Martínez, Elizabeth Meza, Montserrat Revah, Vico Gutiérrez, Pepe Hernández, Chuco Mendoza, Ramiro del Real, Diego Maroto, José Manuel Aguilera, Gabriel Puentes y Armando Montiel; los productores José Manuel López Velarde, Memo Gil y Julio Rivarola; el fotógrafo Fernando Aceves; el comunicador Erick Montenegro… Estos y muchos otros personajes se dieron cita en el velorio de Fernando Toussaint para solidarizarse con su familia, cardinal en el cancionero mexicano e invulnerable ante destino tempranero.

Conversando con añoranza en algún punto de la alcoba, recordamos, Iraida Noriega narraba la muerte de su notable padre y cómo, en un acto de amistad solidaria, Fernando Toussaint pasó por ella al aeropuerto para acompañarla en su dolor. Más aún, compartía el momento en que llegó a su casa un disco de Sacbé con los hermanos Toussaint en portada. Don Freddy Noriega lo hizo a un lado refunfuñando inicialmente por el peinado de aquellos jóvenes músicos. Empero, no pasó mucho tiempo para que el álbum girara dándole la razón a un talento promisorio y bien formado. Tanto que el cantante planeó un disco solista en el que sería apoyado por aquellos greñudos. “Hago el disco pero sólo si vienen Eugenio y Fernando Toussaint a grabarlo conmigo”, parafraseaba Iraida recordando las conversaciones de su padre con la disquera RCA Victor.

Por su lado y en la misma habitación, Pepe Hernández –bajista pionero del jazz y el pop nacional–, rememoraba cuando Fernando Toussaint se le apareció durante una prueba de sonido, casi cuatro décadas atrás, para sorprenderlo primero con su larga cabellera y luego con su virtuosismo en la batería. “Aunque no era mucho más grande que yo –decía Hernández– se volvió una especie de héroe que comenzó a guiar a muchos de nuestra generación.” Por su lado, José Manuel Aguilera observaba el sorprendente advenimiento de los Toussaint a finales de los setenta. “Fue casi como de generación espontánea... Resultaba asombroso que de la nada surgiera una familia tan especial, con una personalidad tan bien formada.”

En otro punto del cuarto, Jaime López, fiel a su incandescente asociación de ideas, citaba “Conducta en los velorios”, de Julio Cortázar: “No vamos por el anís, ni porque hay que ir…” Más aún: desde el silencio de su esquina la corona de flores enviada por el cantante español Alejandro Sanz subrayaba lo escrito horas antes vía Twitter: “No puedo creer que hoy nos dejara Fernando Toussaint, mi querido cherokee. Mi primer batería... Un corazón mexicano inspirado. Qué dolor.” Impulsados por quienes lo tuvieron cerca (nosotros tuvimos más amistad con sus hermanos), volvimos a aquellas noches del Arcano y Los Íntimos escuchando a Palmera, banda de fusión en la que Fernando lucía sus habilidades con Hiram Gómez y Alejandro Campos al son de “Run For Cover”, original de Marcus Miller. Aquellas noches de hace veinticinco años cuando ese y otros proyectos del jazz mexicano nos ayudaron a encontrar nuestro propio derrotero. Entonces teníamos una edad cercana a la que ahora viven Julián André Toussaint, Jan y Adrián Toussaint, herederos sonorosos de una familia que dará más de que hablar con el paso de los años. Estamos seguros.

Así, finalmente entre abrazos y actualizaciones biográficas, poco antes de que el féretro abandonara la habitación, se puso a Miles Davis a todo volumen tal como solicitó el propio Fernando antes de morir. Con las melodías del álbum Tutu inundando el espacio, su rostro contento parecía agradecer desde la fotografía el generoso y prolongado aplauso que cerraba los discursos de sus hermanos. Triste colisión signada por el estupor y el cariño, la de hace siete días nos llevó de vuelta a la extraordinaria frase de Villaurrutia que cada minuto cobra sentido en el mundo, y que en este caso se encarnó felizmente: “La muerte toma siempre la forma de la alcoba que nos contiene.” Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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