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Cabezalcubo
Por Jorge Moch

Mis desaparecidos (I DE II)

 

Los desaparecidos no son banderas raídas

ni miradas difusas, ni sonrisas fallidas.

Historias bordadas en las venas. No son botín.

La Alameda

 

Las redes sociales han tomado ya el lugar de las televisoras mexicanas como vehículo noticioso. Baste comparar la audiencia que tiene el nuevo noticiero de Carmen Aristegui desde una plataforma digital, ya no televisiva, con los noticieros tradicionales de Televisa o TV Azteca. No es gratuito ni casual que en estos mismos tiempos en que la efervescencia política está en un punto álgido, Televisa haya anunciado el cierre de corresponsalías y sucursales como resultado de la caída indetenible de sus acciones en Bolsa, que acusa un deslizamiento de poco más del cincuenta y seis por ciento, mientras a la risible competencia que supone TV Azteca, del clan Salinas, sus más recientes informes financieros la dejan muy mal parada con una pérdida de alrededor de 3 mil 150 millones de pesos. Por eso fue que varios pseudolegisladores priistas, como fue el caso de Omar Fayad, hoy señor feudal en Hidalgo (pobres hidalguenses), han gastado esfuerzos en varias intentonas de censura en redes e internet, cosa que desde luego supondría un atropello colosal de las más elementales libertades y finalmente no les ha sido posible imponer.

Puesto que el gobierno sigue sin dar muestras de interés en la tragedia colectiva de las desapariciones porque seguramente tiene cola que le pisen, la estafeta la tomó la sociedad, rebasando otra vez a las autoridades. Nacieron así colectivos voluntarios, muchas veces conformados por los familiares mismos de los desaparecidos, tal que sucede con los padres de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos en Guerrero o el colectivo Solecito Veracruzano, que ha desenterrado de fosas clandestinas cientos de restos humanos de víctimas de esta ola demencial de violencia que vivimos.

La Alameda es un colectivo ciudadano, fraccionado en pequeños comités estatales, muchas veces unipersonales y desde luego sin remuneración de ningún tipo, voluntarios, dedicados a divulgar la filiación de miles de mexicanos desaparecidos. Niñas, niños, jóvenes de ambos sexos, jovencitas y hasta adultos mayores han desaparecido en “levantones”, muchas veces en la calle y a plena luz del día en un México cruzado constantemente por el crimen, al que lamentablemente se vinculan casi todas las policías mexicanas y no pocos elementos de las mismas fuerzas armadas.

Como muchos mexicanos, decidí “adoptar” a un grupo de desaparecidos veracruzanos contabilizados por La Alameda (del Veracruz que ahora vuelve a desgobernar un impresentable como Miguel Ángel Yunes Linares, y en lugar de ponerse a enderezar el rumbo de ése que es más naufragio que entidad federativa, está metidísimo en la guerra sucia del régimen prianista contra López Obrador). Diariamente retuiteo sus fichas de desaparición porque, como bien dicen los organizadores de La Alameda, “un retuit no se le niega a un desaparecido”, con la quizá peregrina idea de crear conciencia colectiva sobre uno de los fenómenos más espeluznantes y siniestros que hemos podido experimentar los mexicanos, el terror de Estado.

Mis desaparecidos son seres humanos y no solamente índices de una estadística pavorosa:

Juan Ernesto Santos Morales. Tiene veintidós años. Desapareció en octubre pasado de las calles de Soledad de Doblado que es, por cierto, el pueblo natal de Yunes Linares. Y ni así aparece.

El caso de Gabriel Mayoral Peña y su esposa, Mariana Galicia Galindo de veintitrés años, es tristemente emblemático: ambos fueron detenidos por un pleito con un comerciante que les debía dinero. Fueron detenidos por policías de Córdoba, Veracruz, el 17 de junio del año pasado. La patrulla que se los llevó, de la policía “certificada” del entonces director de Seguridad Pública, Arturo Bermúdez Zurita (quien podría salir libre por los fallos cometidos en su proceso, fallos evidentemente cometidos de manera deliberada para entorpecer el juicio) fue la unidad FS258. El cuerpo de Mariana aparecería días después con señas de violencia. De su esposo sigue sin saberse nada.

Adriana Montiel Ramos, de treinta años de edad y su pequeño hijo, Martín Alejandro Montiel Ramos, de poco más de tres años y medio en el momento de su desaparición, se desvanecieron a plena luz del día, después de un evento en el preescolar al que asistía el niño, en Coatzacoalcos, el 19 de noviembre de 2015.

El 4 de octubre de 2015, Jonathan Leonardo Valencia Amador asistió a un bar en Cosamaloapan. Se le vio por última vez allí, hacia las tres de la madrugada. Nunca volvió a su casa.

(Continuará…)

 

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