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El discreto retorno del ogro
El monstruo pentápodo, Liliana Blum, Tusquets, México, 2017.
Por Eve Gil

El monstruo pentápodo, la más reciente novela de Liliana Blum (Durango, 1974), tiene su antecedente en un relato titulado “Zapatos Periquita”, incluido en su libro Vidas de catálogo (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2007), en el que un globero viola a una niña pequeña, historia valientemente narrada desde la perspectiva del depredador. Para una escritora que además es madre, no debe ser nada sencillo ponerse en los zapatos del monstruo de la pesadilla materna por antonomasia; meterse tan hondo que incluso le permita justificarse con la afirmación de que su víctima “lo provocó”. He hablado y escrito abundantemente sobre este perturbador relato y el espanto de sí misma que debió experimentar la autora. El monstruo pentápodo evoca en su título al más célebre pederasta de la literatura, el Humbert Humbert de Lolita, de Nabokov. Pero el cuarentón que enloquece ante el precoz encanto sexual de una niña de doce años le queda demasiado pequeño a Raymundo Betancourt, para quien una ninfeta de la edad de Lolita carecería por completo de atractivo. Raymundo, más que hacernos pensar en personajes literarios, nos recuerda legendarios monstruos de la vida real, y como la gran mayoría de ellos, se trata de un hombre de apariencia normal, incluso bonachona, que vive un íntimo infierno mientras se mimetiza con éxito entre la gente “normal”… si bien, en un mundo donde, incongruentemente, se ha desatado una paranoia antipedófila para la que inofensivas fotos familiares de bebés desnudos han adquirido la jerarquía de “pornografía infantil”, al tiempo que saca de sus madrigueras a los “amantes de los niños”, no falta quien detecte asomo de depravación en cómo el inofensivo Raymundo contempla a unas niñas en una alberca, y es gracias a la impulsiva llamada de atención de un padre de familia, que sale en su defensa Aimée, una empleada del balneario, que explica a los indignados adultos que Raymundo tenía una hijita que acaba de morir y solía practicar natación en ese mismo lugar: el gran cuento con que Raymundo ha empezado a enganchar a la mujer que, como señala la contraportada, es pequeña pero en otra forma: una enana con la estatura de una niña de siete años a la que el depredador corteja con la clara intención de volverla su aliada.

Raymundo no es precisamente un asesino y/o violador serial. Para cuando la pequeña Cinthia se cruza en su camino en el parque, trepada en unos patines, el hombre de poco más de cuarenta años y sin profesión definida –aunque hace varias cosas relacionadas con la carpintería y la construcción, incluso colabora en obras de caridad– tiene sólo la violación de su hermana menor, que era demasiado pequeña para recordar, y una muerte en su conciencia. No se siente para nada orgulloso de esta hazaña, producto más de la torpeza que de un real deseo de matar. Él simplemente quería que Normita lo amara tanto como él a ella, pero probablemente el sótano de su casa no era el sitio más indicado para encender su pasión… porque Raymundo está convencido de que las niñas de cuatro años pueden experimentar pasión sexual, y el lamentable estado en que queda su víctima no le deja más remedio que borrar todo rastro de ella. Con Cinthia, se promete, será diferente. No sólo acondiciona el calabozo del sótano como la principesca habitación que, supone, toda niñita desearía poseer, sino que además convence a su prometida, Aimée, de que funja como una especie de madre sustituta o hada madrina para la futura huésped. A Raymundo le lleva meses planificar el plagio de la niña, contando su paciente cortejo a Aimée, y cuando llega la hora le resulta extraordinariamente sencillo consumarlo, entre otras cosas, por una distracción de Susana, la madre, personaje que resulta banal, casi despreciable a través de los ojos de Raymundo, que en general siente asco por las mujeres adultas, pero que tras la desaparición de su hija adquirirá no sólo presencia sino extraordinaria complejidad, como sucede también con la madre del relato arriba mencionado: la sociedad machista se debate entre la cuasi canonización de la madre sufriente y el más rampante desprecio por no haber cuidado lo suficiente de su hija.

Liliana Blum narra, con dosis exacta de crueldad pero también con precisa delicadeza, los pormenores del encierro de Cinthia, casi siempre a través del Diario o las cartas sin respuesta que Aimée escribe a Raymundo desde la cárcel. La ejemplar paciencia con que perpetra su crimen parece prolongarse en su proceso de seducción, casi cortejo, a la niña cautiva, que al menos cuenta con la, a veces, amable Aimée, que por su tamaño podría ser otra niña. No pasa mucho para que Raymundo empiece a toquetear a su presa y obligarla a corresponder, y lo que él refiere como “amor” va tornándose cada vez más un suplicio para Cinthia, que no comprende lo que está ocurriendo, pero experimenta un dolor que su captor percibe como “ingratitud”. La paciencia del pederasta va quebrándose… y se incrementa la peligrosa mezcla de culpa y celos por parte de Aimée. Al igual que su novela anterior, Pandora, que expuso a Liliana Blum como una de las narradoras mexicanas más temerarias e insólitas, esta pesadilla que mucho tiene de cuento de hadas contemporáneo, sin el ingrediente de la esperanza, El monstruo pentápodo nos reserva un final tan inesperado como desgarrador. Ningún lector que descienda a este sótano con escenografía de un cuarto de princesa Disney, olvidará jamás la aterradora –y descorazonadora– experiencia.

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