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Jornada Virtual
Por Naief Yehya

Esquizofrenia y políticas de odio en la mente paranoide de Trump

 

ANTISEMITISMOS

El joven y novato periodista judío ortodoxo, Jake Turx, de la revista Ami, de Brooklyn, tuvo la oportunidad de hacerle una pregunta a Trump en su desquiciada e improvisada conferencia de prensa del 16 de febrero. Trump gritó que quería una pregunta amable y al ver a Turx con su larga barba, caireles y kipá, le dio la palabra. Tras elogiar a Trump por sus vínculos personales y familiares con la comunidad judía, le preguntó qué pensaba hacer la Casa Blanca sobre el aumento de ataques y amenazas contra centros judíos, cementerios y sinagogas en todo el país. Trump lo interrumpió y lo acusó de hacer una pregunta repugnante. El presidente dijo ser la persona menos racista y antisemita del mundo, calló al reportero y furioso lo mandó sentar. Trump es tan sordo a la crítica que fue incapaz de reconocer un comentario que le hubiera servido para lucir sus credenciales en pro de los judíos. Días después trató de enmendar el error tras su visita al Museo Afroamericano de Washington dc, por fin condenó el aumento de los ataques antisemitas (vandalismo y por lo menos sesenta y siete amenazas de muerte y bombas en lo que va de 2017). Si bien es agradecible que finalmente haya puesto atención a ese problema, no hizo mención alguna sobre el incremento de expresiones de odio y racismo, bajo su mandato, en contra de otras comunidades. Es justo señalar que el riesgo que corre la comunidad judía, por el momento, no es comparable con el que sufre la otra comunidad semita: los árabes y musulmanes, quienes sí están en auténtico peligro, no solamente de discriminación, ataques personales y bombas incendiarias de extremistas envalentonados por las políticas y las palabras de Trump, sino también por las deportaciones, hostigamiento de las agencias de espionaje y acoso de la policía, así como por la campaña de pánico e histeria que se manifiesta en la orden de prohibición a la inmigración musulmana.

 

EL ORIGEN DEL ODIO

El número de grupos antiárabes y antimusulmanes activos casi se ha triplicado en los últimos meses (de treinta y cuatro a 101) y los ataques aumentaron en un sesenta y siete por ciento con respecto a 2015, cobijados en el populismo y nacionalismo blanco que pregonan Trump y sus huestes. Los grupos antimusulmanes comenzaron a aparecer tras los ataques del 11 de septiembre de 2001, pero hasta 2010 éstos consistían en unos pocos extremistas fanáticos, admiradores de chiflados e ignorantes como Pamela Geller. Más tarde comenzaron las acusaciones de algunos republicanos y cristianos (¿fundamentalistas?) que aseguraban que los musulmanes buscaban imponer la ley sharia en Estados Unidos y que esa comunidad era una quinta columna, homogénea y siniestra, que conspiraba en contra de los derechos de la mujer, los homosexuales y buscaba la destrucción de la democracia. Hoy grupos como Act for America (con unos 280 mil miembros y mil asambleas en el país) y el Center for American Policy, que enfocan sus ataques en contra de los programas de aceptación de refugiados, incitan crímenes de odio y han tenido enorme influencia en el régimen de Trump.

 

RELIGIÓN O POLÍTICA

El elemento fundamental de estos grupos antiislámicos es que se enfocan en presentar una religión como si fuera un movimiento político y a un grupo étnico diverso como un ejército de militantes incondicionales de un credo de odio. Al enfatizar las palabras “fundamentalismo islámico radical”, término que muchos demagogos usan de manera intercambiable con terrorismo islámico, se impone un discurso reduccionista y carente de sustancia. ¿En qué consiste ser fundamentalista en una religión?¿En seguir al pie de la letra sus preceptos?¿Qué convierte en radical a un religioso: su disposición a transgredir o bien a obedecer su fe hasta el extremo? Es evidente que al utilizar esta formulación se intenta separar a una religión de las demás y se plantea que los fundamentos del islam promueven o implican el uso del terror con alguna finalidad. Desde una perspectiva histórica este ataque pobremente velado en contra del islam no es muy diferente a la visión que tenían los nazis del judaísmo. En ambos casos los inmigrantes y los descendientes de árabes o judíos, aun aquellos perfectamente integrados e incluso ateos, son considerados enemigos en potencia del pueblo y del Estado, sin importar sus convicciones o acciones sino únicamente sus orígenes familiares. El veto musulmán de Trump ha querido ser presentado como una estrategia para proteger al país de ciertos inmigrantes peligrosos, pero en realidad es parte de una campaña amplia que desde hace dieciocho meses ha marcado el zeitgeist estadunidense.

 

OY VEY!

El intercambio entre Turx y Trump pone en evidencia la tensión y esquizofrenia de un individuo que habla el lenguaje de los grupos neofascistas y neonazis, y que ha explotado sus fantasías de destruir el Estado, al tiempo en que se presenta como un buen abuelo judío y el mejor amigo de Israel.

 

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