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Paso a Retirarme
Por Ana García Bergua

De las presencias

 

Desde hace muchos años leo a Adriana Díaz Enciso y escribo sobre sus libros, desde su primera novela de vampiros La sed (Colibrí, 2001), hasta la espléndida Odio (LunArena, 2014). Me fascina la manera en que prosa sus narraciones, un estilo que surge de su poesía y su afinidad con los románticos ingleses, construyendo seres y edificios de palabras, conmovedores y aterradores muchas veces, siempre abismalmente vivos. Entre mis libros preferidos de esta autora tapatía que encontró su ancla y su identidad entre los ecos de las fantasmales calles londinenses se encontraban los Cuentos de fantasmas y otras mentiras que editó Aldus en 2005, donde ella demostró moverse como pez en el agua en un género que pide una extraña mezcla de cálculo y poesía, herramientas que domina de sobra.

Este año, Díaz Enciso –quien ya el año antepasado tradujo y editó una antología del cuento de fantasmas escrito por autores ingleses contemporáneos, Sombra del árbol de la noche. Nueva narrativa británica de fantasmas y portentos (2015)– nos ofrece un nuevo libro de cuentos en la colección El Guardagujas de la Secretaría de Cultura, Con tu corazón y otros cuentos. En él refrenda sus afinidades con M. R. James, Algernon Blackwood y Arthur Machen, entre otros padres del horror sobrenatural, al contarnos historias de presencias fantasmales que se apoderan de las vidas desesperadas y vacías.

El primer cuento, “Con tu corazón”, es quizá el más hermoso del libro. Una mujer se comunica con la presencia del amado en los latidos que habitan sus cuerpos más allá de la realidad, en la savia y en la sangre: “Y entre mis oídos que te escuchan y el laberinto de tu corazón hay una distancia que se ensancha como un mundo, un mundo, un universo, pero mis oídos y tu corazón, tus venas, son los límites, las fronteras de ese universo. No hay nada más, hay oscuridad, un latido.” Cuento de filiación poética, habla de los espíritus que se encuentran por debajo de lo real y cotidiano, almas blakeanas que viven sus amores en dimensiones no por inmateriales menos verdaderas.

La prosa de Adriana Díaz Enciso crea con sus filigranas a estos seres, o mejor dicho, a estas presencias sin rostro que pueden adquirir la forma de un remolino de hojas, como homenaje a M. R. James, y poseer a una mujer sola y profundamente infeliz. O pueden pegarse al cuerpo de un oficinista –uno de los mejores personajes de estos cuentos, Archibald Duke, “un hombre con un alto dominio del arte de la resignación”– asaltarlo cuando observa a un ratoncillo en el Metro de Londres e invadir su vida cotidiana para respirarle en el rostro su infelicidad y evocar a la desdichada multitud de suicidas que pena entre sus túneles. También se manifiestan de repente con la forma de una deseada mujer intemporal que deambula entre las estatuas griegas del Museo Británico ante los ojos de un amante en busca del absoluto. Sus personajes anhelan algo que no está aquí y es por eso que atraen a esas presencias quizá creadas por su propio deseo o su propia soledad:

 

Ya no había suaves susurros bebiendo sus secretos: no más olvido tranquilizador. Ya no le quedaban siquiera más secretos. La cama sólo era fría, estrecha y solitaria, pesada de hambre, plegarias no atendidas, la historia nunca escuchada de su vida desenredándose, perdiéndose como agua que corre, todo ajeno, vacío como un juguete roto: el sueño de un hogar. (“Vuelo de paloma”)

 

Adriana Díaz Enciso sitúa sus historias en las calles de un Londres moderno, con sus jóvenes deportistas, sus oficinistas ajetreados, las multitudes con su algarabía a bordo de los autobuses de dos pisos, ese Metro de mosaicos blancos, los barrios antiguos, las universidades y sus departamentos de letras. Sin embargo, sus personajes y sus historias lo recorren como si vivieran en un mapa superpuesto de espíritus literarios, el tigre de William Blake incluido. Con este libro, al igual que en sus anteriores, parece decirnos que el alma de un lugar y una cultura tienen una existencia tan fuerte e intensa que la picota de la historia moderna y las nuevas tecnologías nunca la lograrán destruir. Sedimento del espíritu, realidad de los fantasmas. Lejos de la autoficción y otros nuevos géneros que de sólo mencionarlos ya envejecen, Adriana Díaz Enciso ha sido fiel a sus incursiones por una de las tradiciones más nobles y hermosas de la literatura fantástica, creando una obra personal y mestiza que siempre maravilla a nuestra literatura.

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