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Prosaísmos
Por Orlando Ortiz

En un homenaje

 

Creo que estamos sudando calenturas ajenas. Ya muchos han hablado del fenómeno Trump y de que nos puede llevar la trumpada, pero quienes deberían estar más preocupados son los vecinos, pues ya es evidente que de un momento a otro, o si se quiere de un tuit a otro, su presidente amanecerá dictador hecho y derecho. Sin embargo, eso lo dejaré para la próxima, pues ahora me interesa escribir que hace unas semanas estuve en Cuernavaca, en el homenaje que se le hizo a Raúl Moncada Galán, en el aniversario de su fallecimiento.

Raúl nació en 1926, estudió en la Escuela Nacional de Música y en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, fue becario del Centro Mexicano de Escritores y del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Morelos. Autor de más de treinta obras de teatro, doce novelas y dos volúmenes de cuentos, además de artículos y ensayos. Como maestro de teatro, montó numerosas obras en las diversas plazas en las que se desempeñó como maestro enviado por el INBA... en fin, para mí, fue maestro y amigo por más de cincuenta años.

Si bien sus inicios fueron como dramaturgo, no tardó en incursionar en la narrativa. Voraz lector y conocedor de Joyce y autores significativos en su circunstancia, y seguramente señalados por los tutores del legendario Centro Mexicano de Escritores (Rulfo, Arreola, Carballido, etcétera), asimiló sus recursos y supo aplicarlos (no copiarlos), al igual que los de su amigo y maestro, Rodolfo Usigli.

Si bien conocí algunas de sus obras teatrales –que iban desde la tragedia hasta la comedia y la farsa–, fue en las puestas en escena. En cambio sus novelas y relatos tuve oportunidad de leerlos casi en su totalidad, pues los títulos de este género sí fueron impresos. En algunas de sus obras teatrales y narrativas se percibe eso que su maestro Usigli denominaba “carácter antihistórico” (...”Lo que me determinó a dar a Corona de sombra un resuelto carácter antihistórico en lo que hace a la proyección de la historia y no al esqueleto de la cronología, fue la proximidad psicológica de los personajes...”, escribe Usigli en uno de los prólogos de dicha obra). Es el caso de Memorias de Maurice Delezé Spruch. Ayuda de cámara del Emperador Fernando Maximiliano de Habsburgo (1864-1868), novela en la que recurre al uso de apócrifos y muestra su capacidad casi filológica para captar y reproducir hablas de la época, además de armar personajes redondos, verosímiles y complejos. Si uno elige cualquier página de esta novela y la enfrenta a otra de las Memorias, de Luis Blasio (auténtico ayudante de Maximiliano), es posible que sintiera cierta imposibilidad para distinguir cuál fue escrita entonces y cuál en nuestros días.

La escritura de Raúl Moncada Galán siempre tiene algo de ironía, de “malaleche” y “jacobinismo”, pues era lo que llamaban (¿siguen llamando?) un comecuras. Esto no excluía la reflexión, las preocupaciones políticas y existenciales. Su novela El hombre de humo cuenta el caso de un detective privado que es contratado para esclarecer la desaparición de un individuo, y luego de ardua investigación, se percata de que en la búsqueda del hombre desaparecido se encontró a sí mismo. En Hoy salí a buscarme, aparecida después de su fallecimiento (creo que todavía hay dos novelas inéditas, además de casi toda su obra dramática), se evidencia la inquietud por la filosofía del autor, pues nos cuenta ocho diferentes momentos (edades) de Daniel Oseguera Guillén, profesor de filosofía que intenta reconstruir su identidad para superar la “versión oficial” que se tiene de él.

No menos interesantes son sus relatos breves. En El comprador de nombres. Cuentos de Tepoztlán, el libro cierra con “Historia de un aire”, narración que fue finalista en el Segundo Concurso Internacional Juan Rulfo de París. Creo que Raúl no se molestaría (seguro soltaría la carcajada) si cuento que cuando leí el título, imaginé que él, proclive a lo escatológico y lo burlesco, se refería con eso de “un aire” a una flatulencia. Supuse que leería algo quevedesco. En las primera líneas cambié de opinión. Terminé admirado de su capacidad para cambiar de planos y voces narrativas, y sorprendido porque jamás imaginé que Raúl pudiera manejar con tanta soltura y eficacia el relato fantástico y teniendo como base un pasaje bíblico. Esto me hizo recordar una conversación entre Sábato y Borges, en la cual el primero le preguntó a su interlocutor: si no cree en Dios, ¿por qué escribe tantas historias teológicas? Y el aludido respondió: Es que creo en la teología como literatura fantástica. Es la perfección del género.

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