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Bemol Sostenido
Por Alonso Arreola

Música de Esperanza

 

Fue muy difícil escoger la música para despedirla. Ella vivía en Veracruz, yo en Ciudad de México. Me avisaron por teléfono que duraría poco, que el advenimiento de su transparencia estaba cerca. Con un litro de whiskey en la mano –era con lo que brindábamos desde que tuve edad para saludar el mediodía a su lado–, con la infancia amotinándose en el cráneo, recorrí las repisas plagadas de discos. En el desconcierto inicial, algo estaba decidido: pondría música que la honrara en un plano físico, lejos de la computadora y su credo digital. Los criterios luchaban con desenfreno. ¿Algo que pudiera gustarle en los últimos momentos? ¿Algo que me consolara a mí? ¿Algo que representara su paso por la vida? ¿Algo que reflejara lo que significó en la mía? ¿Algo que teatralizara, que alegorizara, que simbolizara…? Nada me convencía.

Los minutos ensayaban la ilusión del agua. Molesto con la falta de pericia, seguí los impulsos más extraños temiendo abrir las puertas equivocadas del corazón. Mis dedos tomaron cinco discos y una caja. Primero, The Best of Flaco Jiménez. Canción número nueve: “Un viejo amor”. Entonces sucedió. El caprichoso proyeccionista de la memoria puso el filme de cuando ella cumplía cincuenta años de casada mientras se movía con mi abuelo al son de: “Que un viejo amor no se olvida ni se deja… Que un viejo amor, de nuestra alma sí se aleja, pero nunca dice adiós.” Suficiente para revivir la fiesta sorpresa en que celebramos el tránsito de una pareja que casi llegaría a las siete décadas junta.

Con el alma rajada, seguí eligiendo a oscuras. Puse “C’est la vie”, de Emerson, Lake & Palmer, acaso por las recientes muertes de Keith Emerson y Greg Lake; acaso por el melancólico desplazamiento de melodías vocales y de cuerdas en el magnífico concierto de Montreal de 1977. Dramática como pocas en la carrera del trío, esta balada de corte italiano dio un aire fatalista y hermoso a la situación. Pero el reloj seguía avanzando y yo debía mandarle más mensajes aéreos a mi abuela. Así, en un arranque de intuición puse la Compact Compilation, de Camel. Sé que parece un arranque sin sentido y egoísta. ¿Rock progresivo? Tras los doce minutos de “Lady Fantasy” tuve razón: sus tres movimientos sirvieron para recordarla más allá de la tristeza, enalteciendo la parte más terrenal, sencilla y locuaz de su persona.

Luego, necesitado de acordes amplios, largos y afectados, di play a “Who’s Gonna Ride Your Wilde Horses” de aquel U2 intermedio, el del Achtung Baby, el que maduraba con gafas negras sin perder poesía, pese a la invitación del Mefistófeles que años después los vencería. “Eres peligrosa porque eres honesta”, canta la mejor pluma de Bono. Seguí después con “So Cruel” y “Love Is Blindness” del mismo álbum, empero, haciendo honores a la carta del Borracho en la Lotería, supe que escupía en la herida; que bajar a los rincones de José Alfredo es un ejercicio que prefiero momentáneo, pues odio el desconsuelo que pierde el abrazo de quien desaparece.

Para sacudirme la cantina abrí la caja Paco de Lucía Integral, allí donde 27 discos esperan nacer por obra del azar, separándose como barajas. Sin darme cuenta tomé Sólo quiero caminar de 1981. Es de los que mayor virtuosismo muestran entre la guitarra del gaditano y el bajo del catalán Carles Benavente. Dialogando en tangos, bulerías, fandangos, rumbas y colombianas, las cuerdas observaron una gravedad que me ayudó a embellecer el tránsito de Esperanza (que así se llamaba mi abuela). En ese punto el dolor se hizo adulto. Era obstáculo en la garganta, pero también fruto maduro. Era el momento de cerrar la tarde antes de salir a la terminal de autobuses.

Bitter, tercer disco de la estadunidense Meshell Ndegeocello, brilló vestido de Luna cansada. Dirigido a la comisura de los labios, allí donde el breve gesto pasa de lo dulce a lo amargo, sus doce piezas desplegaron esa bellísima epístola inscrita en el desamor. ¿Era adecuada para decirle adiós a la madre de mi madre? No lo sé. Pero sí para despedirme de mí, del que todavía fui con el último de cuatro globos cuyo hilo se soltó, afortunadamente, en un suspiro que pude acompañar de cerca.

Porque sí, hay música de códigos secretos... Ésa cuyos compases hipnotizan echando luz sobre fantasmas que nos dan la cara por un instante, únicamente a nosotros. Ésa en la que no importan el autor ni su mensaje, sino los rebotes en músculos, nervios y parietales. Música de vidas pasadas. Música con llaves de puertas ignotas. Música que nos transporta a una casa rodeada de iguanas y cangrejos, allí donde azorados por el canto de mil y un aves aprendimos a querer la flecha de una risa inolvidable. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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