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Cabezalcubo
Por Jorge Moch

Mis desaparecidos (II Y ÚLTIMA)

 

Los desaparecidos no son banderas raídas

ni miradas difusas, ni sonrisas fallidas.

Historias bordadas en las venas. No son botín.

La Alameda

 

Como este gobierno (¿gobierno?) que dice encabezar Enrique Peña Nieto ha resultado una suerte de agente cabildero foráneo, enemigo de los mexicanos, no era de esperar que le importara gran cosa el fenómeno espantoso de las desapariciones forzadas en nuestro país. Y como sucede ya en otros ámbitos de activismo social, fueron grupos de ciudadanos quienes decidieron actuar por su cuenta en lugar de esperar resultados imposibles de un gobierno de a dos centavos y tomaron la iniciativa de ponerse a buscar a sus familiares desaparecidos que, culpables de ser narcotraficantes o delincuentes, o no, como es el caso de decenas de miles de personas inocentes atrapadas en el fuego cruzado de esa guerra fratricida en que resultó la búsqueda de popularidad del nefasto expresidente Felipe Calderón Hinojosa, sería cosa que determinara un debido proceso judicial y nunca la ejecución sumaria, como aquellas escenas de guerra en que un helicóptero artillado disparó contra presuntos criminales en Tepic. Ese nivel de violencia por parte del Estado es simplemente inadmisible porque ningún agente del Estado se debe comportar como si fuera un sicario más, aunque es cosa sabida que muchos policías “completan el chivo” trabajando para la delincuencia organizada. Y vaya que decir “trabajando” es eufemismo.

La desaparición forzada suele ser la gran ausente desde luego del discurso oficialista, pero tampoco existe en la retahíla propagandística de las televisoras privadas invariablemente afines al gobierno, como son Televisa, TV Azteca, o Cadena Tres. De hecho, es conocida la acrimonia de las televisoras y sus cabilderos y ejecutivos hacia las redes sociales porque constantemente contradicen el discurso oficialista de los consorcios de telecomunicaciones. Twitter o Facebook son desde hace mucho una piedra en el zapato del gobierno precisamente porque escapan a ese férreo cerco informativo con el que la mafia del poder suele pretender borrar las huellas de sus tropelías. No es gratuito que en Televisa se originaran los peñabots que infestan sobre todo Twitter para acallar disidentes. Pero afortunadamente esos colectivos ciudadanos que decidieron rebasar la ineptitud monumental –o la deliberada, cómplice negativa a dar resultados de las autoridades de todos los niveles–, como el de La Alameda, se han multiplicado y redoblado esfuerzos para divulgar las desapariciones de gente inocente en este México que, en lugar de ser sinónimo de progreso social, es hoy epítome mundial de salvajismo y corrupción.

El gobierno mexicano tampoco da muestras claras de resolver el aluvión de casos de desaparición, quizá porque es cosa sabida que agentes de los tres niveles de gobierno, municipal, estatal y federal, así como miembros de las fuerzas armadas, han estado involucrados en no pocos casos de desaparición forzada. Solamente el estado de Veracruz padece la friolera de 28 mil desaparecidos desde que Calderón inauguró su guerra imbécil hasta la fecha. Sí, 28 mil. Sí, solamente en Veracruz.

Y algunos de esos desaparecidos son precisamente los que decidí “adoptar”, tal que han hecho también miles de mexicanos, y cuyas filiaciones retuiteamos a diario. Se trata de seres humanos, no solamente de números estadísticos, con historias y anhelos truncados por ese amasiato infecto que supone el espectro del crimen al que ampara una impunidad cruel, nacida sea de la complicidad y de la indolencia más lamentable.

El 5 de febrero del año pasado, en plena capital, Xalapa, desapareció Julieta Álvarez Cruz, de dieciséis años. Salió de casa y nunca volvió.

Víctor Alfonso Bautista Jiménez desapareció en Medellín, municipio conurbado de Veracruz y Boca del Río, el 11 de enero de 2016. Tenía veintiocho años en el momento de su desaparición.

Hace seis años, el 21 de mayo de 2011, desapareció en Poza Rica Jenny Isabel Jiménez. Tenía entonces veintisiete años.

Por esos mismos días desapareció en Córdoba el joven Alejandro Gutiérrez, quien contaba entonces con diecinueve años de edad.

También en esa misma región, en Río Blanco, hace tres años, el 7 de marzo, desapareció Enrique Sebastián García Durán. Era apenas un chamaco de catorce años.

También de catorce, Paola Tapia López desapareció en Xalapa el 25 de mayo de 2013.

Veintiocho mil familias lloran a sus desaparecidos en un Veracruz que azotó una pandilla de ladrones, asesinos y timadores. Miles más lloran a sus muertos. Algunos inhumados en pavorosas fosas clandestinas.

Y mientras las agresiones a la población siguen en aumento, el gobernador del naufragio está enfrascado en una campaña de guerra sucia, odio y mentiras contra la única oposición política real del país.

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