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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Huicholes de todas partes

Posiblemente haya visto el amable lector que la portada y las páginas centrales de esta edición de La Jornada Semanal están dedicadas a la memoria de John y Colette Lilly. Si fue así, nada tendría de extraño que, al ver sus nombres, se preguntara quiénes son/eran pues, en honor a la verdad, lo desconoce todo acerca de ellos. Nada raro, en virtud de la discreción extrema con la que John y Colette desarrollaron, a lo largo de más de cuatro décadas, un trabajo que todos los mexicanos deberíamos envidiar. Quien desee asomarse a la ruta sagrada que recorrió esa pareja excepcional, tiene a su disposición la estupenda crónica-semblanza que la pintora Carmen Parra escribió para dejar constancia no solamente de la amistad profunda que la unió al matrimonio Lilly, sino sobre todo para dar testimonio de dicha labor, tan envidiable como encomiable.

Pero si en algún momento tiene la suerte de dar con El sueño del Mara’akame (México, 2016), primer largometraje de ficción dirigido por Federico Cecchetti, entenderá mucho mejor la fascinación en torno a la cual giraron la vida y la obra de los Lilly.

 

Soñar para encontrarse

Formalmente modélica, la ópera prima del egresado del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM se sirve de la ortodoxia para deshebrar, con dosis equivalentes de habilidad y calidez narrativas, una historia de tradiciones que se enfrentan al riesgo de perderse en estos, nuestros tiempos de liquidez –Bauman dixit– y postverdad: la del mara’akame, es decir del chamán y curandero huichol al que alude el título del filme.

Producida por Maricarmen de Lara y José Felipe Coria, del CUEC; fotografiada eficientemente y sin lucimientos gratuitos por Iván Hernández, y con guión del propio Cecchetti, El sueño del Mara’akame es protagonizada por Luciano Bautista Maxa Temai, Antonio Parra Haka Temai y Pascual Hernández, actores no profesionales –como se ha dado en llamar a todo aquel que ocasionalmente interpreta un personaje de ficción– a quienes Cecchetti recurrió en el afán, felizmente coronado, de conferirle la mayor verosimilitud posible a la historia, puesto que Maxa Temai, Parra Haka Temai y Hernández efectivamente son huicholes y, valga la insistencia redundante, no actores tratando de parecer huicholes.

No es imposible que, a la hora de concebir y confeccionar su ópera prima, Cecchetti haya sabido de la existencia, la presencia constante, el dilatado trabajo y, a fin de cuentas, la pertenencia de John y Colette Lilly a la comunidad huichola, entre otras razones debido a la participación en calidad de productora de Maricarmen de Lara, a su vez documentalista como lo fue John Lilly y casi de seguro conocedora de la labor de este último. Lo cierto es que tanto John y Colette como el realizador cuequero comparten un mismo propósito: poner de relieve la riqueza infinita de la cultura wixárika y, al mismo tiempo, destacar la enorme importancia que, dentro y fuera de la misma, tiene la preservación de una cosmogonía ancestral como la que ha florecido, a lo largo de los siglos, desde la costa del Pacífico central hasta el desierto de lo que hoy es San Luis Potosí, y que no sólo ha sabido defenderse de compañías mineras canadienses depredadoras y otros amagos territoriales, sino también de los embates igualmente intensos de una modernidad cuyo signo principal es un tristísimo afán de volver uniforme lo que es diverso, y volver consumo absolutamente todo aquello susceptible de ser comercializado, incluidas en primerísimo lugar las aspiraciones de un adolescente, sea o no huichol y esté o no destinado por pertenencia y por herencia a mantener viva la figura del mara’akame.

A través del viaje y el sueño de Nieri, un joven huichol literalmente extraviado en ese otro desierto que tantas veces llega a ser una urbe áspera y desoladora como sabe ser Ciudad de México con quienes desconocen sus claves y sus vericuetos, Cecchetti expone asimismo el proverbial e inevitable conflicto que suele darse entre dos generaciones que, no obstante compartir una idiosincrasia, no necesariamente coinciden en sus deseos o en la imagen que cada una tiene de sí misma.

Que este ponepuntos sepa, El sueño del Mara’akame no se ha exhibido en cartelera comercial y sólo ha sido materia de festivales. Ojalá que plazas ad hoc como la Cineteca Nacional y La Casa del Cine, por mencionar un par, la rescaten de ese cuasi anonimato tan parecido al que mantiene en el desconocimiento a una pareja fabulosa como John y Colette Lilly, estadunidense y francesa, pero huicholes por derecho propio.

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