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Las Rayas de la Cebra
Por Verónica Murguía

La mente ajena

 

Cada año la editorial estadunidense Mariner Books publica un volumen en el que un editor invitado hace una selección de los mejores ensayos publicados en Estados Unidos a lo largo de doce meses. Soy adicta a estas antologías. Me hacen preguntarme muchas cosas, entre ellas por qué soy incapaz de escribir tan autobiográficamente.

También son imposibles de soltar, experiencia que se contrasta con la idea que hay del ensayo. Es, en realidad, un género nobilísimo y súper entretenido. Leí uno escrito por Vanessa Veselka donde cuenta cómo escapó de un asesino serial; su encuentro posterior con el policía que lo atrapó –un hombre ya retirado, una figura paternal que me pareció fascinante– y su sensación de haber provocado la peripecia que casi le cuesta la vida, aunque ella era apenas una adolescente cuando se subió al tráiler del asesino. Su historia fue llevada a la televisión y convertida en un capítulo de Criminal Minds. Lo que me llamó la atención de este ensayo no fue sólo el tema horroroso, sino la sobrevida de la víctima, las huellas que quedaron en su mente después del encuentro con un monstruo.

Leí un ensayo de un hombre que se iba a suicidar debido a una enfermedad terminal, otro de un hombre que decidió no matarse cuando ya tenía todo preparado para hacerlo. De una mujer con dolor crónico debido a una cirugía fallida, otro de una mujer a quien los medicamentos que la mantienen cuerda le están arruinando el hígado. Desde la muerte propia y la de los seres amados hasta los temas más banales son abordados con una libertad que me da envidia, pues soy incapaz de semejante franqueza. Nunca he escrito algo que no sienta o piense, pero tampoco me puedo mostrar con esa naturalidad.

El libro de este año me ha conmovido porque me quedé con la impresión de que se trata del dolor de los demás. El editor invitado es Jonathan Franzen, él mismo un formidable ensayista y novelista. Su libros de ensayos How to be alone y su autobiográfico The Discomfort Zone son una especie de ventana por la que podemos asomarnos a los engranajes de su mente. Suele, ya me fijé, exponer una serie de argumentos para sostener una tesis y luego, cerca del final, los deshace. Uno queda hecho bolas, lo cual me parece, quizás, el propósito secreto del ensayo: obligarnos a ver los asuntos desde el punto de vista del otro.

Varios ensayos me dejaron zurumba: Bajadas, de Francisco Cantú, estadunidense de ascendencia mexicana que estuvo en border patrol, la migra tan temida. Lo leí con avidez porque todos nos hemos preguntado qué les pasa por la cabeza a los agentes migratorios estadunidenses con apellido hispano, ya que suelen ser más feroces que los güeros. Cantú, al momento de escribir, ya no es patrullero; el texto es una bitácora de su transformación. Se dio cuenta de la crueldad inherente a su empleo. La muerte y el dolor ajeno que vivía a diario comenzaron a carcomerlo. Hay una escena donde un compañero suyo orina sobre las pertenencias de los migrantes. Me hizo hervir la sangre, pero Cantú la cuenta con serenidad. Las descripciones del paisaje fronterizo, de la fragilidad de los seres humanos a los que atrapa –cazar es un verbo que describiría mejor el asunto–, la imagen de una serpiente dándose contra el muro divisorio, en este caso de acero oxidado, es una fulguración que ilumina el absurdo de las fronteras, esas líneas trazadas por la historia humana.

Otro, de Lisa Nikolaidis, comienza diciendo que su padre, el día del cumpleaños veintisiete de la autora, mató a su novia, a la hija de su novia, y luego se suicidó de un balazo. Más adelante habla del suicidio de su abuelo materno y del horrible día en el que la policía la llamó para decirle lo que su padre había hecho. Nikolaidis es admirable en su sinceridad: el texto es duro, sin complacencias ni autocompasión. No pertenece al linaje odioso de los escritos autobiográficos que buscan erigir al autor en semidiós. En lugar de la vanidad encontré el decoro de quien resiste la violencia y responde con la decisión de vivir.

Pero no sólo de dolor habla el libro: también de la felicidad de traducir, de amar, de la compañía de los animales, y por supuesto, hay dos en los que alguien se vanagloria de sus proezas sexuales. Esos nunca faltan. La verdad, todavía no encuentro al autor que admita “Soy mal amante. Tan malo/a, que x me tiró de la cama.”

Allá es el lugar prohibido. Allá todavía no llegan ni los más sinceros.

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