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Artes Visuales
Por Germaine Gómez Haro

La belleza de la fealdad

 

En el arte no todo es hermoso de acuerdo con los cánones de la belleza clásica. Existe también la belleza de la fealdad, rubro en el que destacan algunas de las imágenes más portentosas y conmovedoras de la historia del arte, como El triunfo de la Muerte, de Peter Bruegel el Viejo; el Saturno devorando a su hijo, de Goya; la Cabeza de Medusa, de Peter Paul Rubens; Las tentaciones de San Antonio, de Matthias Grünewald, o de tiempos más modernos, las pinturas de Arnold Böcklin, Odilon Redon, Chaim Soutine, Max Klinger o James Ensor. Así lo consignó Umberto Eco en el libro Historia de la fealdad (Lumen), un estudio exhaustivo de las distintas manifestaciones de la fealdad en el arte a través de los siglos. Ahí aparecen toda suerte de presencias perturbadoras que incitan a la repulsión y al espanto entre demonios, monstruos, seres deformes, escenas necrofílicas y satánicas, personajes grotescos que apelan a lo horripilante, lo abyecto, lo obsceno, lo repugnante, lo desagradable… Y, sin embargo, son obras de arte que sacuden los sentidos e invitan a la reflexión. Hay que tomar en cuenta que los conceptos de lo bello y lo feo varían en relación con los distintos períodos históricos y las culturas de los que se derivan; no obstante, desde nuestra mirada occidental, belleza y fealdad han sido comúnmente definidas de acuerdo con un modelo establecido.

En el Museo de Arte Moderno (MAM) se presenta la exposición Monstruosismos, que se anuncia como una “muestra integrada por obras que desafían el patrón común de lo bello, lo verdadero y lo justo”. Esta exposición está integrada por 64 obras –pintura, escultura, gráfica, fotografía y piezas de arte popular– calificadas como “anormales” o “degradadas”, a decir de Sylvia Navarrete, directora del Museo, quien añade que “sólo la fantasía ha de engendrar estas versiones perversas, fantasmagóricas, estrafalarias, obscenas o bizarras”. El texto que da inicio al recorrido crea una gran expectativa cuando leemos: “Las piezas ofrecen a la memoria y a la mirada un paseo sembrado de sorpresas por los avatares del monstruo en sus representaciones artísticas, desde un lienzo anónimo del siglo XVII hasta una fotografía digital del año 2000.” Con gran interés inicié la visita, siguiendo mi atracción por este género de arte, pero la experiencia resultó menos emocionante de lo que prometía: mucho ruido y pocas nueces. Hay piezas atractivas por la relevancia de sus autores: David Alfaro Siqueiros, Jesús Guerrero Galván, Julio Ruelas, Francisco Toledo, Leonora Carrington, Manuel Álvarez Bravo, Raúl Anguiano, Gilberto Aceves Navarro, Germán Venegas, Graciela Iturbide, entre otros. Sin embargo, la mayoría de las obras elegidas no embonan precisamente en el concepto de monstruosismos que da lugar a la muestra. Por ejemplo: de Siquieros se presenta Homenaje a Cuauhtémoc redivivo, una pintura que se inserta más bien en el nacionalismo alegórico y en la cual no encuentro lo monstruoso; de Eugenia Rendón de Olazábal está una bella fotografía de la serie Ídolos, Cargadora de cactus, imagen proveniente de la estética neomexicanista de los ochenta que nada tiene de aterrador, o El Santo en la montaña, de Xavier Esqueda, que alude al mismo espíritu kitsch que retrata Lourdes Grobet en su fotografía Sin título (el luchador Blue Demon). ¿Qué habrá de siniestro en estas obras? Un acierto es la presencia de muchos autores poco conocidos, algunos con obras interesantes, pero no se logra una articulación temática congruente. Al recorrer la muestra se encuentran obras disfrutables pero no se percibe con claridad el ánimo del tema que inspiró la curaduría de Daniela Tarazona: no hay tantos monstruos, no se palpa lo estrafalario, lo obsceno o lo bizarro. Muchas de las obras rayan más bien en lo fantástico: Carrington, Álvarez Bravo, Aarón Cruz, una fotografía de Rafael Coronel, Benjamín Domínguez, Feliciano Peña, Toledo. Desde mi punto de vista, la obra que cierra la exposición es la única que realmente se apega a este universo de monstruos que yo esperaba encontrar: El poeta en el comedor, litografía de 1972, de José Luis Cuevas, en la que sí nos sacuden sus monstruos humanos que siempre ha logrado plasmar con maestría técnica y un trasfondo filosófico.

La exposición Monstruosismos tendrá un segundo capítulo en el Museo Mural Diego Rivera a partir del 6 de abril. Veremos entonces si llegan ahí otros monstruos más sobrecogedores.

 

 

1. José Luis Cuevas, El poeta en el comedor

2. Xavier Esqueda, El Santo en la montaña (Autorretrato)

3. Germán Venegas, Sin título (Los calvarios)

 

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