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Bemol Sostenido
Por Alonso Arreola

Sobre la “Ingrata” de Café Tacvba

Cuando la violencia aparece en el arte, la moral ha de situarse en una realidad alterna. Cuando impulsa al pensamiento llano y cotidiano, desde luego, es un reflejo peligroso. Inherente a lo que somos y hemos sido, empero, es tan inevitable como el amor que la contradice. Peces salidos del ADN humano, los crímenes por despecho, rencor, venganza y maldad existen desde el principio del engendramiento y la negociación. ¿Cuál será su peso frente a la bondad? Los últimos podrán juzgarlo.

Lo cierto es que si la lucha por el poder y la competencia animan a tantos hombres de nuestros días y del pasado, nada extraña que su intransigencia pretenda someter a la mujer en múltiples y constantes formas. Alentados por la fuerza bruta, sentimientos podridos se vuelven pensamientos, pensamientos se vuelven acciones, acciones se vuelven costumbres y éstas se hacen leyes, inoculan a quienes nos suceden y, tristemente, se fortalecen. Es lejos del fanatismo y con aprendizaje, y cerca de la discusión abierta como pueden enfrentarse. Mientras tanto, permearán la vida entera y, dentro de ella y por supuesto, al arte y la música.

Comenzamos así porque hace unas semanas se discutió públicamente que Café Tacvba considerara silenciar su canción “Ingrata”, cuya letra paródica dice: “Por eso ahora tendré que obsequiarte un par de balazos pa’que te duela. Y aunque estoy triste por ya no tenerte, voy a estar contigo en tu funeral.” Las declaraciones del grupo al diario La Nación causaron revuelo por el futuro escénico de una pieza cuyo ánimo lírico parecía distante de la violencia de género: “Mucha gente puede decir que es sólo una canción”, dijo Rubén Albarrán, cantante del cuarteto. “Pero las canciones son la cultura, y esa cultura es la que hace que ciertas personas se sientan con el poder de agredir, de hacer daño, de lo que sea.” Y sí, las canciones son cultura, pero el artista inconforme pocas veces traza caminos políticamente correctos. No es su papel.

Así las cosas, nos preguntamos, cuando escuchamos a Café Tacvba cantando “Ingrata”, ¿los escuchamos realmente a ellos o a su personaje literario? ¿Construyeron un narrador? Si sí, ¿es ese cronista un ser diseñado o involuntario? Si no, ¿se convirtió en uno al paso de los años? Más allá de su pluma, de su voz y de su contexto, ¿es nuestra asimilación de “Ingrata” el acto libre que suponemos, o nuestro juicio es un primate enjaulado en la experiencia propia? Yendo al extremo: ¿Interpretamos esta y otras canciones –las de José Alfredo, verbigracia– cada vez que las cantamos, o sólo nos entregamos peripatéticamente a su sustancia asumiendo contradicciones que nos permitan el suicidio momentáneo del ocio?

Conscientes o no, muchos prueban la maldad en el lenguaje sin llegar a concretarla, como quien ensaya contrastes que le den camino. Niños crueles con resortera en mano, incontables personas se enderezan lentamente a partir de una “violencia tolerable” (si es que tal cosa existe). Pareciera justificación pero, ¿no es así la naturaleza del arte? Aún más complejo: ¿en dónde termina el arte y comienza el entretenimiento? ¿Debemos aceptar que allí, en el entretenimiento, en esa zona intermedia que no llega a lo profundo, subsistan, se permitan y se alienten formas solapadas o cínicas de la intimidación y la desigualdad? ¿Se deben censurar dichas expresiones tras un examen de conciencia colectiva? ¿Quién lanza la primera piedra? ¿Es la música el arte más golpeado por el juego de la ambición?

Nosotros pensamos que la conciencia sobre el respeto a la mujer la tuvieron siempre los de Café Tacvba. Que han cambiado, eso sin duda. Inevitablemente. Pero no sabemos si aquella fotografía sonora debiera negarse desde su seno. Caricatura de un género musical tratado en laboratorio, “Ingrata” nunca ha incitado negativamente a nadie normal. Por el contrario, ha sido puente geográfico-temporal en el que muchos se reconocen juntos desde la tragicomedia mexicana, burlándose intrínsecamente del macho que la canta. En todo caso, basta con decir algo antes de tocarla, resignificarla en el presente, entregar sus ganancias a una organización en pro de las mujeres, usar otros vientos en la misma vela.

En fin. Disculpe la lectora, el lector, este texto sin respuestas. Son tiempos de contestar preguntando y de volver a lo de siempre: seres mejor educados podrían llenar los vacíos de cualquier interrogante. Sensibilizados por el otro, creyentes de una felicidad que se integra con la felicidad ajena, podrían decidir con más tino sus consumos y el peso de las palabras que reciben en canciones, noticieros o discursos sin que se perviertan los motores esenciales de una vida sin censuras. Abandonados a esculpirnos desde pantallas pasajeras y apuntes digitales, sin embargo, parece cada vez más difícil lograr altura. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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