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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Guadalajara 32 (I de II)

 

Vista desde una perspectiva histórica o, para no sonar tan grandilocuente, una que atienda a su ya larga trayectoria, la trigesimosegunda edición del Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG32) tiene aires de confirmación: no se trata solamente del más longevo de los certámenes cinematográficos en México, sino que desde luego es una de las dos citas anuales insoslayables para tomarle el pulso al cine que está haciéndose en este país –la otra es el festival de Morelia–y, en el caso del FICG, vale lo mismo decir respecto del cine iberoamericano, con claro énfasis en América Latina.

Es en razón de lo anterior que, de los múltiples premios que aquí se entregan, los auténticamente relevantes son los correspondientes a largometraje iberoamericano de ficción y documental, respectivamente, así como el Premio Mezcal, sólo para cine mexicano. (Y aquí, una vez más, un alegato que debería ser innecesario y que comienza preguntando: ¿por qué, bajo qué criterios se juntan ficción y documental a la hora de evaluarlos como susceptibles de recibir un reconocimiento? Ambos son cine, por supuesto, exactamente como narrativa y poesía son ambas literatura, pero a nadie se le ocurriría sensatamente convocar a dichos géneros escriturales a competir entre ellos por un mismo galardón.) Hay un premio más, llamado Maguey, de perfil temático –lésbico, gay, bisexual, transexual, transgénero… es decir, LGBTTTI–, en el que participan producciones de cualquier nacionalidad.

 

Canasta de peras con manzanas

Compitiendo por el Premio Mezcal figuraron dieciocho filmes, juntos aquí de manera forzada para competir, como ya se apuntó pero, en términos genéricos, divididos en ocho documentales y diez largoficciones. Dicho sea de paso, la cifra completa corresponde a poco más de la décima parte de todo el cine que se produjo en México en el lapso del último año y, por lo tanto, bien puede valer a manera de muestra representativa.

Por fortuna, un aspecto que se pone de manifiesto es que ya podemos ir abandonando la idea, hasta hace muy poco tiempo irrefutable, de que el cine documental mexicano superaba con amplitud preocupante a su par de ficción en cuanto a calidad y matices de propuesta. Las diez largoficciones en competencia en este FICG32 hablan, en conjunto, de una positiva amplitud temática y conceptual, así como un más que aceptable nivel de ejecución, en donde lo mismo caben producciones con tintes de evidente intención comercial, verbigracia La gran promesa, que ejercicios de género más arrimados a la ortodoxia como pueden ser Verónica y Los crímenes de Mar del Norte, cada una en su propio ámbito, así como propuestas en las que se asumen ciertos riesgos en cuanto a forma y concepto narrativos, tal el caso de Nocturno y Anadina, por mencionar un par, y desde luego sin que falten un cine más claramente autoral como Sueño en otro idioma, ni los indispensables reflejos directos de la realidad social/familiar en un contexto nacional de franca descomposición, como son los casos de Ayúdame a pasar la noche y El silencio es bienvenido.

Sin duda sigue haciéndose, quizá su ausencia en el FICG32 obedezca a que su cifra ya es menor, pero en todo caso es de agradecer que ni una sola de las propuestas de ficción buscando ganar el Premio Mezcal consistan en ese intimismo de narrativa inmovilidad minimalista –de algún modo hay que llamarlo–, en el que un pico dramático puede consistir en la extática contemplación del cadáver de un gato atropellado, luego de diez o quince minutos de haber estado mirando a conciencia la nuca o, si la suerte es mucha, el rostro de algún actor no profesional.

Por su parte, el género documental sigue ampliando su bien ganada reputación, a la que cineastas como Everardo González –La canción del pulque, Los ladrones viejos, Cuates de Australia– han contribuido de manera fundamental. La libertad del diablo, su filme más reciente del que se hablará en este espacio en otra oportunidad, se suma desde ya a lo mejor y más importante que se ha producido en México, en cualquier época, y si se trata de premios, sin ninguna duda debería ganar el del FICG32 –esto se escribe dos días antes de que el festival concluya–, aunque tal incontestabilidad deja entero el despropósito de poner al filme a competir con filmes que no son sus pares, pues pertenecen a otro género.

(Continuará.)

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