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Guardabosques de un cielo que se da vuelta

El bidón escurre las últimas gotas de gasolina. Alguien desliza el pulgar sobre un pequeño cilindro acanalado, el dispositivo expulsa primero una neuronal chispa metálica y de inmediato aparece una llama que la mano acerca a un cuerpo. El fuego se esparce con ferocidad.

 

Cherán. Un invierno

 

Una fina lluvia cae sobre los techos y tejabanes, por las barrancas suben los mugidos de las vacas. Los cerros de la meseta purépecha, convertidos en siluetas insomnes, respiran ennegrecidos por una densa nata blancuzca que se extiende como gélido lengüetazo. Unos perros flacos deambulan en la puerta de la iglesia y olisquean los puestos de panes y atoles que están fuera de ella. Una señora atraviesa la iglesia de rodillas. El frío paraliza los párpados. Son las seis de la mañana. La primera misa del día está iniciando. El Lobo, un hombre grueso y de mirada parda, aparece del lado opuesto de la plaza. En una mano lleva un café instantáneo.

 

Subimos en un vehículo del cual se disculpa de inmediato. “Así como lo ves, todavía jala. Sí llegamos”, asegura. El interior es un destripadero. En los topes es un derrumbe de óxido. Los cristales se empañan pronto. Después de diez minutos de camino, el vehículo disminuye la velocidad. Se detiene en la Kataperhakua, la cárcel purépecha; un edificio aguamarina, apenas iluminado por lámparas fluorescentes. Subimos una pequeña vereda y nos detenemos en el traspatio. Aparece el 9. Viste uniforme camuflado, botas, chaleco táctico y una gorra con la leyenda “Ronda comunitaria” bordada en el frente. El Lobo nos presenta de inmediato y deja claro que lo suyo ha terminado. El 9, coordinador del único grupo de guardabosques, extiende su mano gruesa y saluda. Con los dedos descubre su rostro empequeñecido por una bufanda.

 

Memoria de una mañana

 

Antes que las Autodefensas de Tierra Caliente aparecieran en escena, que se precipitaran en avionetas, tomaran ranchos y municipios con tremendas metralletas, dieran entrevistas, patrullaran carreteras… “abatieran” por segunda ocasión a Nazario Moreno González, el Chayo, fundador de La familia michoacana, se formara y se desmembrara la Fuerza Rural, encarcelaran a Servando Gómez Martínez, la Tuta, líder de los Caballeros templarios... este municipio, enclavado en la Meseta Purépecha, ya se había levantado. El nombre de Cherán se viralizó rápido, los medios acudieron pronto y las narrativas oficiales se apresuraron a condenar el “alzamiento”. El 15 de abril de 2011 el pueblo amaneció con algunas señoras bloqueando una calle nacionalmente irrelevante. Se apostaron en un camino de terracería que servía de ruta a los talamontes que eran protegidos por el narco. Las campanas sonaron y el rumor se extendió rápido. Los palos, las piedras, los machetes, los cohetones. Los talamontes fueron retenidos y sus camionetas incendiadas. La ebullición inaplazable y la confrontación inminente. Policías municipales intentaron liberar, sin éxito, a los talamontes retenidos. Después, sicarios comandados por el Güero, entonces jefe de plaza en la meseta michoacana, aparecieron montados en varias camionetas. El vértigo a plomo, la tensión y el sudor en las manos. Un disparo quebró contra la gente y un joven cayó herido. Contra toda normalidad, nadie corrió. Los sicarios huyeron.

 

Ante el repliegue, una pregunta pareció quedar en el aire: “¿y ahora qué hacemos?”

Durante ocho meses, la comunidad mantuvo barricadas en cada una de las entradas del pueblo, organizó decenas de fogatas al interior y estableció rondines que a la postre, retomando una tradición purépecha, se convirtieron en la Ronda Comunitaria, el organismo encargado de la seguridad. En noviembre del mismo año, el Tribunal Electoral del Poder Judicial emitió una resolución a favor del municipio para celebrar elecciones bajo usos y costumbres, lo cual permitió que los partidos políticos desaparecieran formalmente de la comunidad y comenzara un proceso de autonomía política.

En contextos de extrema violencia, como los que atraviesan numerosas regiones de México, el poder se preserva e impone mediante intimidación, extorsión, levantón, violación, asesinato. En este escenario, no hay mucho que pensar si alguien obedece cuando tiene una pistola en la cabeza; lo hace porque tiene miedo. Pero, al contrario, lo inédito irrumpe cuando alguien deja de obedecer aun teniendo un “cuerno de chivo” que le apunte. En ese sentido, preguntaba un periodista, “¿cuál fue el gran atrevimiento de la comunidad de Cherán?”

 

Un recorrido. Muchas preguntas, algunas respuestas

 

Bajo el auspicio del primer fogón, las últimas espumas de la noche se desmoronan como si el rescoldo que se escapa de alguna chimenea rasgara el cielo que se da vuelta. Una camioneta blanca avanza por las calles terregosas de Cherán. Los guardabosques, enchamarrados, con fusiles r-15 y pasamontañas, ocupan la batea; aunque operan como grupo especial, también pertenecen a la Ronda Comunitaria. Una tímida, azulada y atmosférica luz coquetea con el vaho que expulsan las narices. Las trojes, tradicionales casas purépechas de madera y adobe, se pintan con los vapores del rocío; por sus techos de dos aguas se asoman los primeros destellos de la mañana. En las calles de adoquín caminan personas cargando jarritas de peltre con leche bronca; todos los días, al pie de algunas casas, se ofrece la leche recién ordeñada. Aunque la camioneta avanza sin prisa, hasta el soplo más tímido endurece las manos, y los ojos, apenas descubiertos, se encogen adormecidos. “Como los cerros están pelones, el viento entra más recio”, dice el Boa. El amanecer es una blanca y helada bruma.

 

El Boa, un joven macizo, de gestos abultados, es guardabosque. Se sumó al alzamiento tan pronto se enteró. En la madrugada del 15 de abril, recuerda, no se encontraba en la comunidad. “Trabajaba como cargador en un sonido muy famoso en la región. Estaba en un pueblo de acá cerca pero yo ni en cuenta, ese día llegué a dormir.” En la tarde los vecinos lo invitaron a apoyar. “Si me hubiera enterado a la mera hora, tal vez anduviera desde que inició la Ronda.” Su caso es como el de la mayoría, pocos imaginaban hasta dónde podía llegar el movimiento y qué tanto cambiaría sus vidas. “Ahora –continúa–, casi toda la gente que está aquí en la Ronda casi no se dedicó al monte. Por ejemplo, yo tengo mi estudio, tengo mi carrera de ingeniero industrial. La mera verdad, no sabía que iba a convertirme en esto. Yo nunca quería ser policía. Ni Ronda, pues. Odiaba a los policías porque eran corruptos, porque uno ve cómo tratan a la gente.”

Todos saben que el problema no está en el aprovechamiento forestal. En esta región, la madera es un recurso energético importante. El pueblo, las casas, los baños, las camas, todo es de madera. El problema fue la voraz depredación y la violencia que impuso el narcotráfico en complicidad con las autoridades. Después del levantamiento en barricadas y fogatas, lo más importante fue recuperar el bosque. Pobladores, orga-nizados en columnas, poco a poco fueron peinando el monte. Las primeras incursiones consistieron en ubicar y desmantelar las “fiestas”, campamentos bien acondicionados que utilizaban sicarios y talamontes. Incluso después del reconocimiento jurídico que ganó la comunidad para elegir a sus autoridades, recuperar el control del territorio llevó varios meses más.

Aunque parecen lejanas las angustias y amenazas que durante el levantamiento se elevaron sobre la comunidad, “la justicia, seguridad y reconstrucción [de su] territorio”, tal como han denominado al proceso que desarrollan, en un escenario adverso como el suyo, implica tareas de grandes dimensiones. Requiere de muchas voluntades y de muchos días. De muchas mañanas.

Los guardabosques, reconocen, se volverían locos si entre ellos no existiera un sentimiento de familia. De comunidad. “Casi la mayor parte del tiempo estamos aquí, sin la verdadera familia de uno. Al principio sí pesa no ver tanto a tus hijos o a tu esposa, pero como en la Ronda convives todo el tiempo, agarras una confianza chida, si se puede decir. Uno nunca sabe qué puede pasar durante el día. Hasta el último segundo uno tiene que estar alerta. Aquí todos tenemos leída la cartilla. Si aquí morimos, nos vamos a morir en la raya.” La posibilidad de un enfrentamiento es un riesgo latente. En una ocasión, dos comuneros fallecieron atrapados en una emboscada que los talamontes tendieron contra los guardabosques.

Hace un rato que los anchos caminos y los grandes descampados desaparecieron. El camino es sinuosa terracería. La camioneta tambalea, combate salvajemente contra la estrecha y escarpada vereda, da fuertes tumbos que la ponen al filo de barrancos lo suficientemente profundos para quebrarse muchos huesos. A excepción de uno, todos fuman. Con una mano sostienen el cigarro y con la otra procuran no caerse, empuñar el arma o sostener la gorra contra las intempestivas ramas. Todo el camino ha sonado un celular con música de banda.

“Antes, las motosierras eran tantas que los cerros zumbaban como moscas en un basurero. Diario bajaban, al menos, entre doscientos y trescientos camiones con madera”; alrededor de novecientos árboles. “Y sácale cuentas, ‘los malos’ se llevaban mil pesos por camión.” Unos trescientos treinta millones de pesos por año. Según cálculos de un consejero de Bienes Comunales, para recuperar el bosque tardarán entre quince y veinte años, sin considerar el tiempo que tardan los árboles en alcanzar la madurez.

La camioneta se ha detenido. El recorrido a pie comienza con el sol convertido en francotirador ineludible que filtra su mirilla entre la espesura de los pinos. Por todos lados se ven las huellas de la tala y cientos de muñones chamuscados conforman buena parte del panorama. Los pinos recién plantados colorean ligeramente los grandes huecos de la devastación. “Acá en el bosque había árboles que no alcanzaba a abrazar con mis manos, y eso que estoy grandote. Ahora imagínate los que están chiquitos cómo los miraban”, dice el Boa.

El Boa es, también, sobrino de un comunero asesinado. “La familia le decía a mi tío que dejara de tomar monte tan arriba y dejara la resina y a sus animales por la paz. O al menos, que no se acercara tanto a Zacapu. Mi tío siempre respondía lo mismo: ‘yo no les debo nada a ellos y el que nada debe, nada teme’. Y montaba su caballo.

Ese día, todavía él le llamó a su esposa para decirle que ‘los malos’ lo estaban merodeando. Que si algo le pasaba, ya sabía quiénes fueron.” Y la llamada se terminó. “Ya no supimos más de mi tío.”

Él apareció 15 días después. Lo quemaron y lo botaron ahí en el monte. Lo encontraron cerca del Cerro del León, allá pegado a Zacapu; como a 30 kilómetros de Cherán. La mera verdad sí da coraje. Como nosotros decimos, son buenos en bola pero cuando te topan así frente a frente andan corriendo, porque saben que te vas a defender.” El Boa no parece doblarse, el recuerdo lo tiene bien asimilado. “Yo le digo al hijo de mi tío, no te agüites, los vamos a topar tarde o temprano. Pero –confiesa–, cuando pasó eso, primero fue muy difícil decirle que a su papá lo habían desaparecido, y luego, que lo encontraron todo quemado. ¿Cómo crees que se siente uno?”

Luego de un largo silencio, vuelve a preguntar: “¿Tú qué hubieras hecho?”

 

 

José Lagos. Cursó la licenciatura en Estudios Latinoamericanos, Facultad de Filosofía y Letras, unam. Ha escrito crónica y publicado entrevistas en revistas como Marvin.

 

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