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Hombre de hombres

I

Las primeras palabras que cruzamos fueron papeleo verbal. Cómo te llamas, de dónde vienes; frases –semillas de conversación– que se riegan en el aire. Claro, no todas alcanzan a germinar.

Caminamos sobre los durmientes, lo que nos da cierto aire infantil. La manga derecha de su suéter, enorme, ondea. Se nota que su piel, antes, en un tiempo innombrable, fue de tono limpio. Ahora, al golpe de numerosas tardes, se ha vuelto polvo sólido.

–Y ni así aprendo a no andar cerca de las vías –dice entre sonrisas.

Dice llamarse Omar, aunque puede ser mentira. A pesar de lucir mayor que yo, sospecho que no debe rebasar los veinte años. Quizás, pienso, es la falta del brazo lo que le confiere ese tono de madurez, de amargura.

–Fue más allá –su mentón señala una dirección imprecisable–, pero no me acuerdo de nada. Desperté en el hospital y vi el hueco en la camisa. Chingao, vos, que si lloré ese día.

Su rostro cambia con rapidez de la tristeza a la felicidad. Me recuerda al símbolo del teatro, una cara triste y una alegre, en excéntrico equilibrio. Mira al norte y mira al sur, destino y punto de partida, respectivamente; Jano extranjero.

 

II

 

Hace unas semanas vimos (mi madre, mi hermano y yo) a un perro correr desesperado en dirección a ninguna parte, con esa clase de gesto de teflón al que cualquier adjetivo le resbala. “Va muy cerca de las vías”, comenté, y la luz del tren asomó por encima de unos árboles que le pintaban verdor al horizonte. Vino el pitido de la locomotora (siempre pitan en los cruceros, para advertir a la gente que no intente ganarles; tarea inútil en ocasiones: han pasado muchos accidentes) y me tapé los oídos. “Está muerto ya”, sentenció mi hermano, segundos después, con la mirada en el retrovisor, donde el perro, con el cráneo destrozado, se iba empequeñeciendo conforme avanzábamos. “Lo golpeó en la cabeza; ni debió darse cuenta de que murió.” Era mediodía.

 

 

III

 

Cuautitlán es un pueblo surcado por numerosas vías de tren; desde el aire debe dar el aspecto de un cuerpo suturado, tumefacto, herido hasta el hartazgo. A veces, al lado de las vías, uno puede hallar (además de las cruces de metal) gallinas negras con el cuello abierto, secas como un fruto bajo el sol. –No es magia negra –nos dice el anciano que indica a los autos, con una franela roja, cuándo viene el tren–, vienen a tirarlas como ofrenda a un dios, no me acuerdo cuál, que habita en los caminos.

De lejos parece como si toreara al tren, que pasa bufando, con numerosos inmigrantes clavados en el lomo, y desaparece en el filo de la lontananza. Omar se lleva la mano al cuello mientras mira los vagones, toma entre el índice y el pulgar una de las cuentas y la soba. Sus labios se mueven: cuenta los carros enganchados; rosario de acero crudo en el cuello del aire.

Brujería –agrega el viejo, mientras mira al tren irse.

Pienso que Omar debió encomendarse a ese Dios que habita en los caminos.

 

IV

 

-No, nunca he ido. –Omar pregunta si he ido a Estados Unidos. Nos conocimos cerca de las vías. Se acercó a pedirme dinero o comida; llevaba de ambos, pero sólo doy de lo segundo, dinero no: creo que me ayuda a distinguir a los falsos migrantes. “Debiera ver al dizque migrante de ahí de la esquina”, nos comentó hace años un taxista, cerca de Tultitlán. “Todos los domingos sale del súper con tres carritos a reventar; yo le he llevado a veces.” Mi novia sacudió la cabeza como quien no entiende. Yo imaginé los carritos repletos, uno tras otro, como vagones de tren.

¿Y de qué podrías…? –un titubeo completa mi idea.

–Ah, de algo encontraremos. Dicen que en las cosechas –mira al cielo mientras esperamos el siga, frente a un cardumen de autos– o veremos qué.

En realidad, me dijo cuando nos encontramos, que más que comida o dinero deseaba información: Hospital Vicente Villada. Eso era lo que buscaba. Conozco el hospital y me quedaba de paso.

El hombrecito de pequeños leds verdes corre cada vez más aprisa en la contra esquina, hasta que se petrifica rojo. La lástima es un mejor negocio, pienso, pero no lo digo.

Seguimos caminando. Tal vez me dijo a qué va al hospital pero no lo noté: mi atención se perdió en el palimpsesto de su rostro, donde un hombre nuevo parece surgir con cada expresión. Es un hombre de hombres, hecho de mil iguales a él, pero nunca el mismo.

–Ya encontraremos –repite unos metros antes de llegar al hospital.

Le indico que hemos llegado, aunque no hace falta. Me agradece y se despide. Se acerca a la gente que se agolpa en la entrada y se para de puntitas; entre el índice y el pulgar izquierdos, una de las cuentas del rosario gira. Dos ambulancias estacionan junto a la entrada, de ellas descienden dos camillas: avanzan hasta la entrada, una tras otra. Omar las sigue con la mirada hasta que se pierden dentro del edificio y luego continúa de puntitas, con la cuenta del rosario entre los dedos de su única mano. No puedo verlo entre la gente, pero imagino que sus labios se mueven. Me alejo, subo al puente; la cabeza de Omar es indetectable entre las demás

 

 

Aldo Rosales (ciudad de México, 1986) es autor de los libros Luego, tal vez, seguir andando (2012), Entre cuatro esquinas (2013), La luz de las tres de la tarde (2015), El filo del cuerpo (2016) y Ciudad Nostalgia (2016). Actualmente es becario del fonca en el área de Cuento, director de la revista A buen puerto y coordinador del taller de creación literaria del faro Indios Verdes.

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