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Jornada de Poesía
Por Juan Domingo Argüelles

La poesía reunida de Marcos Davison

 

La Poesía reunida 1995-2015 (Bonilla Artigas Editores, 2016), de Marcos Davison, es una muestra del vigor de este género en México, entre la tradición y la necesidad de transformar esa tradición. Las dos décadas de creación poética que incluye el autor en este libro nos ofrecen una clara visión de los nuevos rumbos líricos que, sin embargo, no se olvidan del más rico pasado de la poesía española y mexicana en las que abreva el lector y el poeta.

Los once libros incluidos en este volumen significan una experiencia enriquecedora en emoción e inteligencia para ver el mundo, las cosas, la gente, el tiempo, que van pasando en estas páginas, revelándose a cada instante entre la biografía y los sueños o, para decirlo con las insuperables palabras de Cernuda, entre la realidad y el deseo, pues no otra cosa es la poesía sino el resultado de lo vivido y lo soñado.

Marcos Davison tiene la dicha de ser pintor además de poeta. Y en ambas vocaciones, la de pintor, la de poeta, es notable. Su pintura y el arte del dibujo están impregnados de poesía, y si la poesía es imagen y arte de nombrar y evocar, la pintura es esto mismo pero no con palabras sino con volúmenes y color, con metáforas de luz y oscuridad. Es obvio que un poeta pintor o un pintor poeta, al igual que un poeta músico, tienen en sus manos una alquimia mayor. Tiene razón en su lamento Carlos Edmundo de Ory cuando escribió: “Maldito sea yo, que no sé tocar ningún instrumento.” Pero la poesía ya es música en sí misma, y ensimisma y abisma nuestro espíritu. El color y el volumen la complementan y la potencian.

Este es el caso de la obra de Marcos Davison. Su poesía tiene lo mismo el rigor formal de los sonetos al estilo clásico, con temas mitológicos renovados, que los sonetos en verso blanco, la décima y el sonetino, de arquitecturas exactas, de arte matemático y de alquimia pura. Pero también busca y logra la experimentación con un verso libre pleno de música y significaciones de la vida cotidiana, del “ritmo de las horas”, para decirlo con palabras inolvidables de López Velarde, y no exento, por cierto, del relato de historias, a la manera de la poesía inglesa. Amor y decepción, como en toda la poesía, se hermanan en las páginas poéticas de Davison, en lucha de contrarios (la paradoja vital) que definen y revelan la vocación poética: luz y oscuridad, alegría y melancolía, optimismo y desazón, muerte y resurrección, los dos rostros de Jano: águila y sol como en nuestro “volado”.

Desde su primer libro, Narciso, sorprendió que un autor joven en estos tiempos se extenuara y solazara en el soneto consonante. Libro de práctica de vuelo, pero libro ya de exigencia y rigor, bien leídos sus clásicos. Su Góngora especialmente, y todos los demás. Con Narciso, Davison escribe su personalísima Muerte sin fin. Pero luego, en sus siguientes libros, Residuos de la voz y Surf, nos mostró una soltura espléndida de una poesía ceñida no a la forma sino a la imagen y a la música, con poemas llenos de luz e imaginación e incluso con cierto tono fantástico. Poemas llenos de color que cuentan historias o que, al evocar, nos dejan una estela de luz en la memoria, como la de este “Sitio marino” de síntesis perfecta: “Expuestas al sopor de lo ya visto/ las olas se atragantan/ del mar que las inunda./ El mar no sabe nada/ y no se recupera./ Apenas queda un eco cuando pasa.”

En Alba, Marcos Davison retorna al soneto, pero en verso blanco. Éste es un esbelto libro perfecto. Su muy íntimo “cántico espiritual”, leído y asimilado su San Juan. Para mí, el mejor de sus libros. Leo: “Si despertaras mientras me descuido/ (por un café, por una copa o nada)/ y no te viera amanecer tranquila,/ qué pérdida, qué duda, cuánto frío.../ No sabría por dónde comenzar/ a buscarte, de qué manera hallar/ tus pasos invisibles,/ a qué sombra/ o sueño preguntar tu dirección.../ –Disculpe, ¿no ha pasado por aquí/ un relámpago, un rayo, una mirada/ que no puede sentirse y te atraviesa?,/ ¿algo que ante los ojos –tú eres ellos–/ parece no existir pero los abre,/ llenándolos, a ciegas, de otro día?”

Luego, en Transcurso, Davison vuelve a las historias imaginativas en verso libre. Los demás libros que incluye el volumen son inéditos hasta ahora: Dibujos, Autorretrato, Intervalo, Tablatura, Levantamiento del sitio y Radar; seis libros en los que sigue experimentando con el lenguaje, pero en los que también regresa al soneto. De Intervalo es este poema selvático evocador y perfecto (“Chechén”): “Su sangre/ al ser herido/ por el hacha descuidada/ o el machete/ quema la piel/ y ciega los ojos para siempre./ A veces un rasguño/ o sentarse bajo su sombra/ basta/ para desatar una fiebre/ que hiela el cuerpo de noche/ y de día lo incendia./ Algunos incautos/ no llegan a contar/ su encuentro inevitable: arden/ en el aire abrasador/ y su ceniza vuela”.

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