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Jornada Virtual
Por Naief Yehya

Tenemos que hablar de Wikileaks

 

EL PRISIONERO DE LA TORRE ECUATORIANA

El encierro de Julian Assange, el fundador y rostro público de Wikileaks, en la embajada londinense de Ecuador, es material para una novela de horror, locura y claustrofobia. La situación del hacker y filtrador de información es material de una tragedia clásica, en la que la vanidad, la paranoia y la arrogancia empujan a un hombre brillante y exitoso a su desgracia. Su reclusión en esa sede diplomática se debió a su negativa a comparecer ante la justicia sueca por dos acusaciones de violación. Los méritos del caso han sido discutidos hasta la náusea desde que se refugió ahí el 19 de junio de 2012, en parte por temor de que las denuncias en su contra fueran una conspiración de la CIA para atraparlo y enviarlo a Estados Unidos y someterlo a juicio o incluso eliminarlo. En ese momento esa perspectiva no parecía disparatada. El temor de Assange no era gratuito, ya que varias figuras públicas y políticos estadunidenses solicitaron que un dron fuera destinado para su ejecución sumaria. Casi cinco años de reclusión han provocado estragos en su salud mental. Asimismo, el gobierno ecuatoriano comienza a cuestionar la conveniencia de tener ahí a un refugiado tan famoso y controvertido. Durante las elecciones estadunidenses, Assange, a través de WIkileaks, hizo públicos miles de correos electrónicos del Partido Demócrata, algunos de los cuales eran muy comprometedores pues ponían en evidencia los sucios manejos de la dirección del Partido para sabotear al candidato Bernie Sanders en favor de Hillary Clinton. Muchos más eran intercambios irrelevantes en los que algunos locos quisieron ver sórdidas conspiraciones, e incluso se llegó a decir que Hillary, John Podesta, su jefe de campaña, y otros manejaban una red de prostitución infantil desde una pizzería de Washington, DC. Nadie puede culpar a Assange de aborrecer a Hillary Clinton, quien aseguró que se encargaría de él si ganaba la Presidencia; no obstante, es probable que haya sido utilizado por Putin en su campaña en favor de Trump. Con razón o sin ella, muchos ven ahora a Wikileaks como un cascarón que es usado por el Kremlin.

 

La bóveda 7

El martes 7 de marzo, Wikileaks intentó volver a ser protagonista en la escena del espionaje al hacer público un inmenso archivo (casi 8 mil páginas) de documentos secretos de la CIA que ponen en evidencia las herramientas para la vigilancia que usa la agencia a través de las tecnologías de comunicación y entretenimiento, smartphones, computadoras, tabletas e incluso televisores inteligentes Samsung (con el programa llamado Weeping Angel, que puede ser usado para espiar a través de esos aparatos). Asimismo, en un paquete que llamaron Vault 7, describen técnicas para intervenir llamadas y textos por Skype y Whatsapp, así como penetrar redes de wifi, documentos en PDF y populares programas antivirales. Al poder franquear la seguridad de los dispositivos portátiles es posible interceptar mensajes antes de ser encriptados. En este paquete, a diferencia de algunos documentos filtrados recientemente, Wikileaks sí editó el material para no hacer público el código de algunas de estas armas cibernéticas y tampoco poner en riesgo la seguridad de agentes o personal activo.

 

Hacer agua

Trump celebraba las filtraciones de información durante la campaña, incluso en sus eventos llegó a decir: “I love Wikileaks”, cuando las revelaciones lo favorecían. Ahora que está en la posición de poder, obviamente no las aplaudirá y menos cuando la Casa Blanca se ha convertido en una auténtica coladera de información, con docenas de filtraciones diarias en todos los ámbitos. La situación se ha convertido en una de las peores pesadillas de la nueva administración, ya que ha expuesto las debilidades, incompetencia y pugnas internas del equipo de Trump. Aparte de eso, el nuevo presidente tiene una relación conflictiva y hostil con las agencias de espionaje del país. En su más reciente desplante vía Twitter, el sábado 4 de marzo a las seis de la mañana, Trump acusó a Obama de haber ordenado que se pusieran micrófonos en su famosa Torre para espiar su campaña. Esta acusación, que lanzó sin la menor prueba, es una más de sus incontables cortinas de humo para desviar la atención de los medios que tratan de cubrir sus inagotables escándalos, especialmente los presuntos vínculos de su equipo con Vladimir Putin y el Kremlin. Estas revelaciones coinciden con un artículo en primera plana de The New York Times sobre la ciberguerra que Trump heredó de Obama: espionaje, sabotaje, desinformación y otras tácticas para desmantelar el programa nuclear de Corea del Norte. Las revelaciones de Wikileaks son iluminadoras, pero en una era de miedo y paranoia lo único que nos falta es tenerle más miedo a la tele y al teléfono.

 

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