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La crónica: el arte de narrar la historia

Para Helena Fabré Nadal, para Sandra Escutia,

para Valentina Quaresma, para Ana Karen León

 

Nosotros seguimos adelante, más adentro del pueblo.

La tierra que nos han dado está allá arriba.

Nos han dado la tierra”, Juan Rulfo

 

Conquista, colonización y exploración territorial: la crónica es la empresa narrativa en la que se fijan las primeras imágenes de la conflictividad que surge con el proceso que Edmundo O’ Gorman ha denominado la invención de América. “Escenas primordiales”, como le gustaba decir a Antonio Cornejo Polar, que van desde ese régimen de representación comparativo que establece Cristóbal Colón entre su mundo y el de los “aborígenes”, que quizás también anuncia la disputa narrativa del Nuevo Mundo, hasta el fallido “diálogo” de Cajamarca entre el padre Valverde y Atahualpa, y que el mismo Cornejo Polar propone como “el comienzo más visible de la heterogeneidad que caracteriza, desde entonces y hasta hoy, la producción literaria peruana, andina y, en buena parte, latinoamericana”. Este “grado cero” de la interacción entre la oralidad andina y la escritura impuesta con violencia por la colonización, “el destino histórico de dos conciencias que desde su primer encuentro se repelen por la materia lingüística en que se formalizan”, se puede comprender también como una de las matrices culturales, narrativas, del conflicto social latinoamericano: la negación, encubrimiento y olvido de la figura del “otro”, del “indígena”, pero también de los otros posteriores, mulatos, “mestizos”, trabajadores, campesinos, mujeres, migrantes… El poder político y monológico de la palabra dominante: el poder narrativo para representar a los otros sin que estos otros participen en su propia representación.

¿No es acaso la crónica de conquista y de colonización el sustrato narrativo y de memoria de otros géneros literarios que van a aparecer posteriormente en tierras americanas, como la misma novela y la poesía moderna? En su poema “Crónica de Lima”, Antonio Cisneros consigna en clave irónica esta historicidad contemplativa que han dejado los cinco siglos de conquista y evangelización en tierras americanas: “El horizonte es blando y estirado./ Piensa en el mundo/ Como una media esfera –media naranja, por ejemplo– sobre cuatro Elefantes,/ Sobre cuatro columnas de Vulcano./ Una corona blanca y peluda te protege del espacio exterior./ Has de ver/ Cuatro casas del siglo xix./ Nueve templos de los siglos xvi, xvii, xviii./ Por 2 soles 50, también, una caverna/ Donde los nobles obispos y señores –sus esposas, sus hijos–/ Dejaron el pellejo.”

En las crónicas de Cajamarca, por ejemplo, que abordan ese primer “desencuentro” entre las “escrituras sagradas” y la palabra hablada, entre el padre Valverde –su empresa de imponer la letra de la evangelización– y la “desobediencia” de Atahualpa y de su oralidad perseguida, están las huellas de las paradojas en la formación del género de la crónica en tierras americanas y un conflicto de larga duración que se mantiene hasta nuestros días, tal y como lo afirma Cornejo Polar: “los gestos y las palabras de Valverde y Atahualpa no serán parte de la literatura, pero comprometen a su materia misma en el nivel decisorio que distingue la voz de la letra, con lo que constituyen el origen de una compleja institucionalidad literaria, quebrada desde su mismo soporte material; y bien podría decirse, más específicamente, que dan ingreso a varios discursos, de manera sobresaliente al contenido en la Biblia, que no por universal deja de tener una historia peculiar en el intertexto de la literatura andina, como también el discurso hispánico imperial (de muy extensa duración) y al que a partir de entonces comenzará a globalizarse como ‘indio’ (obviando cada vez más las diferencias étnicas andinas) con sus significados de derrota, resistencia y vindicta. Es como si tuvieran, acumulados, los gérmenes de una historia que no acaba”.

En la crónica de conquista y colonización se afirma el poder narrativo de los conquistadores, pero también la imposible incorporación de la voz de los “otros”, los múltiples vencidos. Además, también está inscrito en la crónica del siglo xvi lo que Antonello Gerbi va a identificar como las “observaciones y juicios y prejuicios… que se habían expresado como sorprendentes noticias de tierras remotas”, viajeros y naturalistas que a su paso por el Nuevo Mundo dejaron fábulas, polémicas, relatos de utopías y mitos sobre el buen y el mal salvaje, y que a partir del naturalista francés Buffon en el siglo xviii adquieren una continuidad histórica en Europa que se presenta como un criterio “científico”: la supuesta “inferioridad” estructural de América y que llegará a establecerse como versión totalizadora de la historia en la obra de Hegel.

¿Cómo entender un género que es al mismo tiempo narrativo, etnográfico, social y político, como es la crónica, en perspectiva histórica sin traicionar su propia heterogeneidad que hasta nuestros días se manifiesta también en el periodismo narrativo? ¿Es una sola la historia de la crónica en América Latina o estamos ante la historia de un género literario que también es una memoria de acontecimientos, procesos y representaciones que permanentemente están inscritos en la formas directas e indirectas de narrar el conflicto social?

En la historia de América Latina se pueden identificar al menos tres ciclos de violencia estructural: la conquista, las independencias del sigo xix y las revoluciones del siglo xx; así como cuatro grandes momentos de la crónica: la crónica de conquista y colonización, como la de Cristóbal Colón y Hernán Cortés, los protagonistas y testigos directos de la articulación traumática entre Occidente y tierras americanas, pero también las crónicas de los vencidos, ocultas durante siglos para su divulgación “masiva”; la crónica ligada al resquebrajamiento del pacto colonial y a la formación del Estado nacional, por ejemplo, las memorias de fray Servando Teresa de Mier; la crónica en su versión moderna, ligada al periodismo del siglo xix pero también al ensayo latinoamericano, como las crónicas modernistas de José Martí durante su estancia en Estados Unidos, y la crónica en su consolidación como género anfibio, contemporáneo, como periodismo narrativo que registra críticamente las violencias contemporáneas, como el libro Loco Afán, de Pedro Lemebel de 1997.

La crónica en América Latina se ha presentado en los últimos años como un desafío para la definición misma de lo propiamente literario. Por lo anterior, es necesario revisar el estatus narrativo de la crónica, su problematización como género de la narración artística ligado a determinadas perspectivas históricas y a ciertos usos de la memoria y del periodismo. Es necesario recordar que este desafío surge también de las formas en que la crónica había sido marginada de la historiografía y de la crítica literarias, lo que implicaba también la imposibilidad de interpretar y reconocer su principal estrategia narrativa: relatar lo inmediato, lo que parece estrictamente coyuntural, sin aspirar a la eternidad de los grandes géneros literarios, como la novela o la poesía. Quizás los cronistas nos enseñan a su manera lo que ya decía Francisco de Quevedo: también “… lo fugitivo permanece y dura”.

 

La actualidad de lo fugitivo y la narración de la violencia neoliberal

 

¿Qué es aquello que permanece y que “no acaba” en la larga duración de las violencias en América Latina? ¿Qué nos ha dado la crónica en estos siglos de conflictos multiplicados entre la hegemonía de las palabras que nombran a los otros y los relatos de los que pelean el derecho a narrar su propia representación o el testimonio mismo de su situación como víctimas? Se dice que vivimos en la era del testimonio: “narrativas de la globalización” que, como afirma Jean Franco, son también “medios de registrar el trauma de la subjetividad dentro de la globalización, un trauma que sufre sobre todo el cuerpo de las mujeres, las mujeres víctimas del asesino en serie, las mujeres y los niños cuyos cuerpos se utilizan para trasplantes, las muchachas en el comercio sexual en Centroamérica y las maquiladoras asesinadas cuyos cuerpos aparecen en el desierto en las cercanías de Juárez”.¿Estamos ante un cuarto ciclo de violencia estructural en América Latina como consecuencia de la instauración del Estado neoliberal? ¿Cuáles serían los rasgos de esta violencia y cuáles las formas de narrar el dolor y la emergencia política de las víctimas? Quizá el perfil de esta condición neoliberal sea observable en sus más evidentes violencias: un Estado desaparecedor, como identifica Pilar Calveiro al Estado militar en Argentina de la última dictadura, pero que al parecer se reproduce en nuestros días con un mecanismo similar en un contexto de consenso democrático liberal; un Estado misógino que aniquila, pulveriza y borra los cuerpos de miles de mujeres; un Estado que reproduce y “tolera” ese capitalismo criminal que transforma en mercancía los cuerpos y el flujo migratorio de comunidades enteras, el secuestro, las desapariciones forzadas y el borramiento de sujetos. ¿Cómo se narran los efectos de esta hegemonía neoliberal en su ampliación criminal que ya no distingue entre el crimen organizado a la manera capitalista y el Estado propiamente neoliberal?

En su crónica “Historia de una mujer bomba”, Josefina Licitra narra la historia de Susana Trimarco, cuya hija, Marita Verón, fue “sustraída” por una red de tráfico sexual en Argentina. “Trimarco se transformó en un personaje arrollador: se vistió de prostituta para conseguir pistas, pateó puertas oficiales pidiendo respuestas, intervino en la liberación de 115 chicas en toda la Argentina y devino uno de los mayores emblemas de lucha contra el tráfico de personas”, nos dice Licitra en la presentación editorial de su crónica.

Ante el circuito neoliberal de muerte y desaparición, la crónica de Licitra se mueve en el campo narrativo del testimonio de una víctima que irrumpe como sujeta política y que articula alrededor de su acción de búsqueda a una serie de actores (abogados, defensores de derechos humanos, periodistas, académicos…) que “militan” en las estrategias colectivas de respuesta a la violencia neoliberal. Es evidente que la crónica de nuestros días, la directamente vinculada a la narración de las violencias neoliberales, realiza un intento permanente de captar las voces de las víctimas en su proceso de irrupción política ante las narrativas criminalizadoras del Estado neoliberal.

¿Cuáles son los otros campos narrativos que verifican la heterogeneidad actual de la crónica? La crónica de nuestros días también registra los procesos traumáticos de ultramodernización destructiva de las sociedades, las ciudades y las “costumbres”; sigue las huellas de una dialéctica entre la deshumanización/humanización de las migraciones latinoamericanas, en particular la que va de países centroamericanos a México y Estados Unidos; pero también narra desde una perspectiva crítica la relación entre la cultura popular y la llamada “cultura de masas”. Esta tendencia de la crónica aborda diferentes ámbitos de la cultura popular y de la formación de la llamada sociedad de masas, en un contexto nacional, latinoamericano y/o global: telenovelas, boleros, cumbia, futbol, lucha libre, box, rock, “figuras” mediáticas del narcotráfico, disidencia sexual, entre otros, y están estrechamente vinculadas a las transformaciones culturales, ideológicas y tecnológicas experimentadas durante la segunda mitad del siglo xx y comienzos del xxi.

Rafael Gumucio, en su crónica “Historia de un rostro”, presenta así la figura de Mario Kreutzberger, el nombre verdadero de Don Francisco, icono de la televisión chilena que “fundó” los teletones en América Latina y animador que emprendió la conquista mediática de millones de televidentes en un contexto de dictadura militar: “Don Francisco era el policía bueno que rivalizaba con el policía malo (Pinochet), para lograr el mismo resultado: el gran sueño de ganar un millón con sólo apretar el botón correcto.”

La crónica es todavía el filtro narrativo de las violencias sociales, un breve registro de lo propiamente histórico desde la más impetuosa coyuntura, una memoria de esas “escenas primordiales” que le dan sentido a otras representaciones narrativas o poéticas; un rumor de voces ocultas o de testimonios narrados que a su manera se oponen a la no representación de las sujetas y sujetos del dolor, o a la extracción permanente de sus relatos en este espectro que nebulosamente seguimos llamando neoliberalismo. Quizá también la crónica tiene algo de utópico, no muy lejano a este fragmento del aparentemente menos utópico de nuestros escritores, Juan Rulfo: “Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza.”

 

Gustavo Ogarrio (Ciudad de México, 1970), profesor de Literatura latinoamericana en el Colegio de Estudios Latinoamericanos de la ffyl de la unam y de Historia de América Latina en el Instituto Mora. Ensayista y cronista, ha publicado los libros La mirada de los estropeados (fce, 2010), Épicas menores (unam/secum/Eón, 2011), Bajo la misma noche. Ensayos políticos sobre literatura latinoamericana (ffyl-unam, 2014), entre otros.

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