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Literatura y crónica periodística: dos sombras luminosas

Es en el periodismo narrativo y en el llamado cultural, ése que se mueve en la línea fronteriza entre la literatura y el periodismo, donde la crónica y el testimonio tienen, más que los otros géneros, como el reportaje, la entrevista, el artículo, el editorial, etcétera, una marcada dualidad que permiten juegos de palabras como friccionalidad en lugar de ficcionalidad, o facticia en vez de ficticia. Más allá de esas polémicas sobre las fronteras del discurso, me interesa apuntar hacia el carácter y el poder visualizador del periodismo cultural, por llamarlo de algún modo, y sus nexos estrechos con la literatura.

No se trata de mentir o de engañar al público, sino de persuadirlo sobre el sentido y los significados del relato apegado a la realidad o distante más o menos de ésta. Todo escritor ejerce ese poder y esa conciencia sobre las palabras, y su poderío depende del arte de seducir con tales herramientas del lenguaje, que son empleadas también por los políticos y los demagogos, los merolicos y los locutores. El periodismo ha sido una fuente muy importante no sólo para la sobrevivencia de los estetas del lenguaje sino para su propio discurso y sus posibilidades significativas. Si la poesía nace del lenguaje banal, de las palabras de la calle, la función del poeta es recogerlas, atesorarlas y cultivarlas en el jardín de las búsquedas estéticas. Llevar esas palabras comunes y corrientes a la significación única y reveladora del poema. El secreto está, por supuesto, en el cómo. En ello hay con certeza un acto alquímico o de la naturaleza para transformar el habla corriente, los residuos del lenguaje, en una suerte de escatología de la belleza y el alumbramiento, en memoria. Los poetas y los literatos no están obligados a ceñirse a la realidad; pueden recrearla, alterarla o negarla incluso, siempre y cuando cumplan con el pacto de verdad y el lector acepte tales licencias y condiciones de verosimilitud.

Al periodista se le exige, por el contrario, el empleo de su escritura al servicio de la verdad y de esa realidad que cuenta. Es necesario entonces definir esa línea divisoria entre quien narra un hecho diegético y entre quien hace el relato apegado al hecho real y sus circunstancias, aunque los instrumentos literarios y poéticos estén empleados con conciencia de causa, pero sin ficción.

La crónica periodística y la literaria pueden verse como describe Olga Orozco a las dimensiones de su pampa natal. Desde una avioneta se ve a dos gauchos conversar a uno y a otro lado de una cerca. A simple vista no sabemos cuál de ellos está dentro y cuál fuera. La pampa es inmensa… o los latifundios son enormes. La crónica, más que el reportaje, permite ese diálogo entre dos campos y dos voces sin que podamos con rapidez definir su pertenencia, pero ambos, el periodismo y la literatura, cruzan sus alientos y sus sombras. En los casos explícitos de Noticias de un secuestro o de Crónica de una muerte anunciada, Gabriel García Márquez tiene dos propósitos distintos, uno es el de narrar un hecho real como si fuera literatura, y otro narrar un asunto literario como si fuese periodístico. García Márquez supo emplear a fondo todos sus recursos y en el secuestro nos lleva abiertamente a un fenómeno muy dramático que se vivía y se vive aún en Colombia, y que se reprodujo en otros países de la zona, como México, Venezuela y Brasil. La sustancia del relato está extraída directamente de fuentes reales, objetivas, de entrevistas y documentos, aun cuando el escritor emplea para ello recursos literarios, pero intentando no faltar a la verdad. En su novela, por el contrario, emplea la estructura de la crónica para narrar un hecho ficticio, que pudo o no tener su motivo original en hechos reales, pero donde nos cuenta desde el inicio el desenlace, es decir, la noticia; el desafío entonces es contar cómo sucedió. Allí está justamente lo literario, en el cómo y no en el qué; allí también lo periodístico, en el qué y el porqué. Ambos exigen dos perspectivas de visibilidad con propósitos y motivos diferentes.

También está la tradición literaria apegada a la historia, como lo hace de manera notable Alfonso Reyes en Chroniques parisiennes, como lo practican los Contemporáneos o como continúan ejerciéndolo dos académicos y poetas: Marco Antonio Campos y Vicente Quirarte, siguiendo los pasos de la recientemente fallecida Clementina Díaz y Obando, para hablarnos de los cafés de Ciudad de México. Pero ¿qué verdad nos cuentan Hernán Cortés en sus Cartas de relación, Bernal Díaz del Castillo en la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España, o Fray Servando en sus Memorias? De algún modo ejercen la escritura para persuadir al lector de su experiencia, de una historia en la que son testigos y actores… convencidos de no mentir.

En sus discursos del 10 y el 14 de diciembre de 1957, tras la recepción del Premio Nobel de Literatura, Albert Camus abordó el tema de la responsabilidad del escritor ante sí mismo y sus lectores. Se refería por supuesto al literato, pero podemos pensar que se extiende también al escritor de no ficción: “Cualesquiera que sean nuestras debilidades personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos compromisos difíciles de mantener: la negativa a mentir sobre lo que se sabe y la resistencia a la opresión.” Es decir, ampliar la visibilidad. En sentido contrario, el propio Camus llama la atención sobre la banalidad, el morbo, el espectáculo, el arte y el periodismo al servicio de una simple diversión, del entretenimiento, que pretenden justamente lo contrario: el ocultamiento de la realidad

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