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Paso a Retirarme
Por Ana García Bergua

Mapas

Siempre me han gustado los mapas. Desplegar en el papel un territorio y sus alcances, recorrerlos con el lápiz o caminarlos con la punta del dedo y sentir que ya casi estoy en aquellos lugares que sólo puedo imaginar. Me gusta ese mirar a vuelo de pájaro, un pájaro que ya sabe qué hay detrás de las montañas y los horizontes, pues una mirada cenital como la suya lo sabe todo como si fuera Dios, una instancia vaporosa que nada pareciera tener que ver con los soles y los planetas, mirándonos como si fuéramos insectos que avanzan en un mapa y meneando la cabeza desalentado porque nuestras rutas no son las suyas.

Pero en estas décadas prodigiosas los mapas que se desplegaban en una mesa (y había que apartar las tazas y los ceniceros), ésos que se marcaban con taches y flechas de colores imposibles de borrar después, han perdido ya su utilidad. Por fin podemos todos ser Dios y preguntarle al celular la ruta más eficaz para llegar a cualquier sitio. El aparato no sólo señala la ruta, sino que además muestra los confines, los posibles accidentes del terreno y de alguna manera te deja verte a ti mismo como una bolita que recorre un camino marcado (y a veces te ves caminar torpemente hacia el otro lado de donde señala la flecha). Y así vamos recorriendo el territorio como si fuera el mapa mismo, observándonos recorrerlo un poco embelesados, a veces abstraídos de la realidad del sitio por la abstracción del sitio (cuidado porque aquí es donde uno se tropieza con mayor facilidad), convertidos en el yo que camina a pasos vacilantes y el otro que se mira en la pantalla y sabe todo sobre lo que le espera, un desdoblamiento de lo más extraño, pues aunque el yo que observa no está en el cielo, mira como si lo estuviera.

Y uno se acostumbra a poseer esa especie de mirada por encima que antes sólo se sostenía frente al mapa desplegado en la mesa o en las rodillas durante el trayecto en autobús, y que era una mirada más bien hipotética, futura. Esta mirada es bien presente y sólo se tranquiliza cuando sabe en qué punto del camino estamos con relación al principio y al final, y a veces le puede entusiasmar el puro y práctico avance ininterrumpido en el tiempo estipulado, un camino que no es más que un camino, como los pasillos del Metro en las grandes ciudades que, salvo excepciones, no tienen más que muros neutros y señalamientos, y en un descuido pasa por alto los accidentes del camino y los encuentros inesperados, que son los que le dan a fin de cuentas el sentido a cualquier trayecto.

Y luego, ya lo sabemos, cada vez más hay otros que pueden y quieren ser Dios (y a algunos hasta les pagan por ello) y no sólo observarse en el camino, sino observar también a otros, vigilar sus pasos con la intención contraria a la de quien se mira avanzar, es decir, la de que no avance en lo absoluto hacia determinado lugar. Y esos ojos miran desde arriba pero también desde los lados, desde satélites y cámaras situadas en cualquir rincón, y a veces, con cierta impudicia, usan rayos infrarrojos. Un migrante, por ejemplo, cruza la frontera y se sigue a sí mismo en su celular, quizá porque no está seguro de la ruta y por eso la tiene que consultar frecuentemente, y entonces se ve a sí mismo, su silueta computarizada como una bolita de angustia serpenteando entre los caminos, avanza a salto de mata vigilándose desde ese cielo hipotético como si volara y sueña con llegar muy pronto al fin de la ruta. Pero cerca de ahí están los celulares de los guardias o los mafiosos que lo detectaron y que siguen su ruta sin que él se entere. Y entonces así todos están mirando el mismo mapa, recorriéndolo con sus pies y sus ojos y los dedos, y no sería tan raro entonces, sería incluso deseable, que tanto el vigilante ansioso de sus propios pasos como los vigilantes sangrientos o celosos de las fronteras y los muros, se perdieran en ese mundo de rutas virtuales en las pantallas y todos, todos, se convirtieran en dioses hechos de pixeles, frustrados por tener que correr eternamente siguiendo caminos y flechas, y el migrante real, ese que se desliza como puede entre matas, nopales, riachuelos y alambres de púas fácilmente salvables si se levantan con cuidado, lograra llegar a la ciudad soñada, guiado por el olor, el viento, la luz e incluso un perro que lo guíe, por qué no. Los otros (incluido su yo virtual y vigilante, perdón, a ese no lo pude liberar) seguirían dando vueltas en las pantallas y nosotros, como Dios, meneando la cabeza desalentados.

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