Usted está aquí: Portada / Cultura / Raymond Carver: una tumba en el Olimpo
Usted está aquí: Portada / Cultura / Raymond Carver: una tumba en el Olimpo
Raymond Carver: una tumba en el Olimpo

La península Olímpica ocupa la esquina noroccidental de Estados Unidos. Hace doscientos años estaba habitada por tribus que construían tótems y pescaban salmón. La península es uno de los últimos lugares de Estados Unidos que los colonos pisaron. Hoy alberga un enorme parque nacional a donde turistas de todo el mundo viajan en busca de montañas, osos y ríos donde nadan las truchas más gordas del país.

La península Olímpica tiene, a pesar del nombre, pocos paralelos con el mundo helénico o con el monte Olimpo, el de las deidades griegas: no hay monumentos a ningún Zeus, ni parnasos donde los poetas canten odas. Tampoco hay un oráculo que adivine el futuro (aunque en los casinos de los indios suquaolli no falta quien intenta adivinar el siguiente número en la ruleta). En lugar del Mediterráneo pedregoso donde crece el olivo, las aguas que remojan estas tierras –las del estrecho de Juan de Fuca, el lugar en el mundo con más orcas– están rodeadas por pinos enmohecidos y delgados, por playas donde los troncos se han lavado hasta asemejar enormes y blanquísimos huesos. Nueve meses al año, el pronóstico del clima es el mismo: lluvia ligera.

A una hora y media en auto desde Seattle –el tramo es más rápido si montas el auto en un trasbordador que cruza la bahía– está el pueblo más grande de la península Olímpica, Port Angeles. A primera impresión sólo hay casas, cadenas de hamburguesas y supermercados. Un pueblo de atributos básicos: calles, edificaciones de madera, un community college, algunos jardines bien cuidados pero nunca muy exuberantes.

Raymond Carver, posiblemente el cuentista más importante del siglo XX estadunidense, pasó los últimos años de su vida aquí. Pasó temporadas en una casa victoriana de madera del centro del pueblo, donde aún vive la poeta Tess Gallagher, su segunda y última esposa. Eligió hacerlo tras una vida de trabajos mal pagados, de alcoholismo y depresión. Después de recibir un diagnóstico de cáncer a los cuarenta años, y de que el médico le diera seis meses para vivir, Carver eligió este sitio mundano para pasar sus días finales. Para su sorpresa, vivió diez años más.

II

La mañana que visito la tumba de Raymond Carver es inusualmente cálida para el mes de abril. A las seis de la mañana arranco mi auto de alquiler y tomo rumbo a las montañas. Antes de visitar el cementerio, conduciré a Hurricane Ridge, en las alturas del parque nacional Olímpico. Desde un mirador congelado, saco una foto de la montaña más alta de la península: el Monte Olimpo. A pesar de que el invierno fue seco, la montaña está cubierta por una profunda capa de nieve, blanca como un almohadón.

De acuerdo con la mitología griega, el Monte Olimpo es el hogar de los dioses: Zeus, Apolo, Afrodita, Hermes, Poseidón. En su homónimo estadunidense no hay deidades, pero la península Olímpica sí abarca un curioso espectro literario: a 90 kilómetros de Port Angeles está Forks, pueblo que en años recientes se ha convertido en atractivo turístico para los aficionados de las novelas de vampiros Twilight. Conducir de un extremo a otro de la península es ir de un extremo a otro del canon estadunidense; en menos de una hora puedes viajar de la tumba del cuentista más célebre al pueblo que inspiró uno de los más exitosos bestsellers de aeropuerto de años recientes.

 

III

Más que los escritores cosmopolitas de Nueva York o los beatniks viajeros de San Francisco, Carver fue la voz del estadunidense común: del burócrata, el cartero, la mesera o el leñador. Y más que algún elegante cementerio de Washington DC o Boston, el Ocean View Cemetery de Port Angeles es justo el sitio anodino donde tendría que estar enterrado el hombre que le dio voz, literatura mediante, a las voces menos representadas de un país.

Llego al cementerio a las 10 de la mañana. Además de mi auto, el único vehículo a la redonda es la ruidosa podadora de uno de los cuidadores. No hay turistas por ningún sitio. Me estaciono y camino por un sendero hasta la tumba, que queda en un promontorio con vista al agua. A la distancia flota una isla con algunas casas: es Canadá.

A un lado de una lápida de Carver, donde está grabado el poema “Gravy”, hay un discreto buzón de metal; lo abro y descubro, dentro de una bolsa ziplock, una libreta. En ella, los visitantes han apuntado notas para Carver. “Su prosa salvó mi vida, señor Carver”, anotó Daniel. “Gracias, Ray. Es por ti que escribo”, firma Ruth. “Usted me inspiró a dejar el alcohol”, confiesa Colleen. “No se ofenda de que no haya leído sus libros, pero sólo tengo diez años”, remata un niño, o una niña, no lo sé, no puso su nombre.

La de Carver, que cuenta incluso con una banca para sentarse, es la tumba más vistosa de este cementerio. El resto son modestas. Son las tumbas de estadunidenses comunes: de los personajes de los cuentos de Raymond. Me imagino enterrado aquí a Dummy, aquel intendente sordomudo que se suicidó en un oscuro estanque de truchas. O que aquella tumba infantil (1966-1972) pertenece a Scotty, el niño de "A Small, Good Thing" a quien atropellan el día de su cumpleaños.

Los cuentos de Carver –sencillos en su forma, potentes en su lenguaje– se parecen quizá a un cementerio: un sitio donde los epitafios resumen, en unas cuantas líneas, vidas enteras. El Ocean View Cemetery también da cuenta de otro tipo de Olimpo, más carveriano: uno donde los dioses también mueren y comparten el camposanto con los mortales

 

Diego Olavarría (Ciudad de México, 1984) es narrador, ensayista, traductor e intérprete simultáneo. Sus crónicas, cuentos y ensayos han aparecido en Letras Libres, Etiqueta Negra, La Tempestad, Punto de Partida y La Ciudad de Frente. Es autor del libro de viaje El paralelo etíope (2015).

 

1151
comentarios de blog provistos por Disqus