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Tomar la Palabra
Por Agustín Ramos

Monólogos

 

La Naturaleza se apodera del alma, es decir del cuerpo, de esa unidad indivisible alma-cuerpo que la raza humana contiene aunque en estado latente y que en consecuencia puede transformarnos en seres integrados, íntegros, contrapuestos a sociedades e ideologías dualistas, divididas, violentas. He conocido seres que ya han sido tocados por esa gracia, en su mayoría mujeres, transgresoras, alegres, serenas, imperturbables. Por eso, cuando una de ellas me recomienda Los monólogos de la vagina, de Eve Ensler, veo la versión videograbada conducida precisamente por su autora… Y termino fastidiado. Más que fastidiado, derrengado de preguntas. ¿De eso se trataba, de que terminara yo como mula de Corpus? No lo creo. Entonces, ¿por qué tuvo que ser este juego inocuo irremediablemente destinado al triunfo mercantil, el menos logrado entre las obras de Eve Ensler, el que más fama obtuvo?, ¿cómo podía divertirme, conmoverme o sorprenderme este repaso de mujeres decididas a hablar por boca de la vagina que portan o soportan? Sí, claro, de sus labios sale toda su verdad, pero nada más eso, su verdad, sin un discurso que encuadre, concentre y concrete las muy respetables abstracciones expresadas como una sonrisa diagonal que puede concluir en llanto, prolongarse en un silencio hueco o, las más de las veces, esbozar una sonrisa horizontal. La vagina reducida a fetiche verbal, distante de la esclavitud pero ajena a la liberación. Catarsis a cobro revertido que el más memo de los memes temáticos puede superar. Esperaba terminar sabiendo más sobre la vagina, pero en lugar de librarme de mis distorsiones machistas me vi prisionero del fundamentalismo hembrista que por suerte no se atreve (todavía) a conjugar el verbo de la revancha.

¿Merecen las vaginas una reivindicación? Por supuesto que sí. Como todas y cada una de las zonas que conforman a cada mujer. Además, la vagina ha sido, como las mujeres en general, un objeto de desprecio y codicia, de calumnias e infamia, de envidia y celos que ni la más acabada elaboración mítica puede hacer digerible. Me exasperó ver el trato abierto y desenfadado del tema, como un espectáculo cómico más indiferenciable de los que abundan en la televisión. Novia, esposa, madre, hermana, hija, abuela, tía, sobrina, vecina, todas tendiendo al sol del video un tema apenas sacadito de abajo de las sábanas. Quizá no alcancé a ver en él sino un intento, consciente pero fallido, de contrarrestar la aberración falócrata con una exaltación paralela de una parte, de una sola parte del inmenso conjunto de órganos y atributos eróticos propios de la anatomía femenina. La igualdad, lo sabemos, no es equidad; procurar igualdad entre desiguales profundiza la desigualdad favoreciendo a los privilegiados o, aún peor, desataguerras como las que padecemos desde hace por lo menos ocho mil años, guerras donde todos perdemos. La reivindicación de la vagina carga un peso comprensible por su historia pero deleznable por su etimología. La reivindicación conserva el picor de la venganza. Y sí, también, muestra la efervescencia característica de los movimientos de la liberación femenina. Paloma Villegas abordó una vertiente de ese movimiento entonces naciente, denominándolo “feminismo devastador”. Por la misma época, en las barricadas de pensamiento que se levantaron contra el falocentrismo y en la promisoria irrupción anímico-corporal del orgullo gay, empezó a despuntar la pluralidad amorosa, los diversos erotismos. Entonces, ¿por qué fetichizar la vagina?, ¿acaso no tuvimos suficiente con la falocracia?

Renunciar al riesgo de las propuestas creativas, conformarse con el melodrama y la vulgarización histriónica en los tiempos trágicos del mercantilismo actual, equivale a abdicar de categorías sólidas en pro de la equidad de género, a capitular en la búsqueda comprometida del feminismo, a cambiar triunfos de taquilla por un plato de lentejas que tras milenios de ayuno de equidad seguramente parecerá apetitoso y a, en una palabra, obtener triunfos pírricos (pirro le llamaban al pene flácido en la jerga habanera de Cabrera Infante, así que evitemos incurrir en esa paradoja). Para acabar pronto, el feminismo, una de las puntas de lanza de la revolución mundial urgente, necesita apartarse de la autocomplacencia, ejercer la autocrítica y, como vanguardia en la lucha por la equidad de género, debe incluir a quienes también necesitamos, con toda el alma-cuerpo, disfrutar esa equidad, los hombres.

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