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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Guadalajara 32 (II Y ÚLTIMA)

 

La libertad del diablo debería ganar [el principal premio] del FICG32”, se dijo aquí hace una semana, cuando la edición más reciente del Festival Internacional de Cine en Guadalajara no concluía aún, pero el excelente largometraje documental de Everardo González no solamente obtuvo el Premio Mezcal a la mejor película mexicana sino también el correspondiente a mejor fotografía, además del Premio Mayahuel a mejor documental iberoamericano. Bien por Everardo, por la cinefotógrafa María Secco, por los productores Inna Payán y Roberto Garza y, claro, por la sensatez de los jurados, que por cierto no tuvieron una tarea sencilla gracias al nivel de calidad ofrecido por el FICG32, sobre todo en el género documental y particularmente en la sección iberoamericana.

Dicha sección, la de largometraje iberoamericano documental, contó dieciocho filmes en competencia, cuatro de los cuales fueron mexicanos –el ya referido La libertad…, Batallas íntimas, Los ojos del mar y Un exilio: película familiar–, uno argentino (Soldado, que por cierto fue el único francamente malo), uno peruano (Río verde: el tiempo de los yakurunas), uno colombiano (Pizarro), uno brasileño (Curumim), uno portugués (Ama-san), tres españoles (Sasha, Política, manual de instrucciones y Omega), cuatro chilenos (El color del camaleón, Los niños, El pacto de Adriana y Resucitando a Hassan) y finalmente dos salvadoreños (En un rincón del alma y Los ofendidos).

 

DEL INDIVIDUO A LA SOCIEDAD

A contrapelo de cierta postura comúnmente adoptada al hacer el análisis tanto particular como general del cine documental –postura que, en tiempos recientes, se ha erigido más en moda cortoplacista que en consenso de largo aliento–, este ponepuntos discrepa de la idea según la cual basta y sobra con el vínculo familiar directo del documentalista con el personaje o el tema que se aborda, no sólo para justificar su obvio interés por la realización de la película, sino para suponer que cualquier espectador sentirá una atracción por lo menos equivalente, o inclusive superior. Bajo esta tónica se han hecho no pocos filmes capaces de suscitar un tedio insuperable, por culpa de los cuales uno viene a enterarse de las personalísimas cuitas ora filiales, ora amorosas, de gente que pasa, más rápido que una exhalación, del universal desconocimiento previo al inmediato y posterior olvido.

Lo anterior desde luego no significa que el abordamiento cinematográfico de un asunto de orden personal, en primera instancia, sea censurable o deplorable per se; quiere decir, eso sí, que para no estancarse en la mera –y por cierto costosísima– sustitución del diván psicoanalista que supone la hechura de una película cuyo primer y casi único propósito es ajustar cuentas con el pasado propio, no basta con apelar a la empatía básica que naturalmente puede suscitar una confesión que, en casi cualquier otro formato, sería más bien privada. Quiere decir, en otras palabras, que para elevar lo que pertenece a la esfera individual y llevarlo a la del interés colectivo hace falta una buena dosis de talento y, de ser posible, que la estructura del documental haya sido elaborada en función de un tema y no sólo de una anécdota.

Un ejemplo bastante afortunado de combinación de ambos motivos para echar a andar la cámara –y previamente un trabajo de investigación amplio, arduo y durísimo de encarar a nivel tanto social como, sobre todo, personal– es el documental Los ofendidos (El Salvador-México, 2016). Escrito y dirigido por Marcela Zamora, sus palabras al respecto son elocuentes: “A mis treinta y tres años mi madre me contó que, durante la guerra civil salvadoreña, mi padre había sido capturado y torturado durante treinta y tres días por la Policía Nacional. Dos años más tarde tuve el valor para preguntarle sobre esos días a él y a otros hombres y mujeres que habían sufrido [la misma] suerte. Estas personas no piden venganza, lo único que piden es que se sepa la verdad.”

Antes de éste, Zamora dirigió Xochiquetzal en 2008, María en Tierra de Nadie en 2011, y El cuarto de los huesos en 2015, en los cuales queda clara su vocación por rescatar y hacer visible la historia y la idiosincrasia de su país natal, tan golpeado por dictaduras, guerrillas, intervencionismo y olvido mundial. En este sentido, Los ofendidos es la muestra más acabada de dicha vocación y, aun realizado bajo criterios narrativos e icónicos muy diferentes, en muchos momentos no es menos estremecedor que La libertad del diablo.

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