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Las Rayas de la Cebra
Por Verónica Murguía

Turkish Delight

 

La honorable Ciudad de México, antigua, caótica, contaminada y sedienta, tiene familia por el mundo. Berlín es su hermana, así como La Habana y Madrid. Las tres mucho más bonitas, con menos población y menos tráfico, con mar o ríos. Las tres guapas hermanas son más seguras y poseen toneladas de savoir faire, mismo que se traduce en una vida nocturna animada y museos impresionantes, sobre todo las europeas. Aunque no olvido que Madrid fue bombardeada en la Guerra civil española y Berlín fue reducida a escombros en los meses postreros de la segunda guerra mundial para luego ser dividida por un muro –esa idea tan horrenda, tan ubicua, tan reciclable– que costó muchas vidas. La Habana tiene sus propios problemas: desabastos, servicios inadecuados e insuficientes, etcétera. Pero no, ninguna se parece a México.

Hay otras tres ciudades por el mundo, empero, que son sus hermanas gemelas, no reconocidas por pacto político alguno, sin certificados que lo garanticen ni ceremonias de listones cortados. Pero tienen el smog de familia, si se me permite la expresión. Esa fisonomía está marcada por la sobrepoblación, un tráfico inmundo, basura por todas partes, peseros demenciales y nulo respeto por el peatón. También, y esto es forzoso si se pone uno en plan serio, tienen sus tres hermanas gemelas una antigüedad que las hace venerables, misma que no es obstáculo para que gobiernos que no miran más allá de sus sexenios se dediquen a construir multifamiliares sobre camellones de cinco metros de ancho. Estas ciudades son Mumbai, Cairo y Estambul.

Las tres son antiquísimas. Llenas de cultura, de importancia histórica y artística. Como Ciudad de México, no por presumir. En las tres hay un tráfico endemoniado, una vida subterránea donde conviven etnias de orígenes distintos, una policía temible, pobres de solemnidad, niños cuyas frágiles vidas transcurren en la calle y una población que va a mil por hora y casi no sabe detenerse. En las cuatro hermanas sobra gente, faltan aire y agua y el coche reina.

La zona de Mumbai ya estaba habitada y gobernada por el emperador budista Ashoka en siglo III AC. Allí se hablan dieciséis lenguas de India y tiene un barrio paupérrimo de un millón de habitantes llamado Dharavi. Está junto al mar, por suerte, porque es una ciudad muy contaminada. Pero la vitalidad de Mumbai hace que la mayoría de las ciudades del mundo parezcan desiertos habitados por zombis escasos.

En Cairo hay dos semáforos en toda la ciudad. Dos, lo cual no impide que los choferes de los peseros los ignoren olímpicamente. Además estos peseros, si van conducidos por personas piadosas que han hecho la peregrinación a Meca, llevan un mural que representa la Kaaba pintado en la ventana trasera. No ven. El que va atrás, arrea, como dice el dicho mexicano.

Pero Cairo es venerable y lo cruza el Nilo, eterno. Eterno y aguantador, lleno de bolsas de basura, latas de refresco e inmundicias que los faraones jamás imaginaron. Hay, como aquí, pirámides en las afueras y el sitio arqueológico es una potente mezcla de lo extraordinario, bello y ajeno, con el turismo, que siempre es el mismo. Es decir, con chamacos que no miran a la Esfinge porque están chateando por teléfono; guías autodidactas llenos de lirismo y turistas de toda laya. En el mismo sitio arqueológico hay un café que se llama The Sacred Garden (El jardín sagrado). Pero es Cairo, la hermana gemela de Ciudad de México. El ticket de compra dice The Scared Garden (El jardín espantado). Nomás faltaba.

En Estambul, ciudad que amo, hay embotellamientos interminables en calles que suben y bajan como las de Guanajuato. Se derriba y construye a una velocidad que sólo se puede llamar chilanga y al lado de la mezquita centenaria o la cisterna milenaria, hay tiendas de teléfonos celulares. Y es en Estambul, me digo, que se da la negociación cotidiana que representa el mundo contemporáneo: el laicismo que retrocede espantado ante una mayoría pobre y religiosa; las mujeres que piden equidad sin ser escuchadas; las ciudades llenas de rascacielos sin lugar para sus pobres, clasemedieros o viejos; los refugiados; el asedio de ISIS.

Si cambiamos ISIS por narcotráfico, todo se entiende mejor. Y uno se da cuenta de que, para escapar, sólo la luna.

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