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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Impresiones y reincidencias

 

Impresiones

Da la impresión de que, al pergeñar el guión de Tenemos la carne (México, 2016), Emiliano Rocha Minter tomó como punto de partida las siguientes preguntas: ¿Con qué se escandalizará más el público? ¿Qué será más irreverente? Y da la impresión de que, llegado cierto punto, debió preguntarse: ¿Qué más me falta por desacralizar?

Da la impresión de que, de tan forzada y tan reiterativa, la iconoclasia de este filme, ópera prima en largoficción del propio guionista –antes hizo el cortometraje Dentro (2012)–, no rebasa el nivel de mero catálogo de provocaciones a las que no es posible calificar de pueriles porque parecería un elogio: más justo sería considerarlas infantiloides o aparvuladas, equivalentes a la retahíla de albures que cualquier chamaco medianamente hábil sabe descerrajar a la menor provocación.

O sin ella, como da la impresión de suceder con Tenemos la carne, que va de las alusiones institucionales a los tabúes sexuales a las convenciones sociales a una suerte de gore alimentario, uno tras otro y echados a andar en un universo cerrado cuya principal deficiencia no es la inverosimilitud, de por sí deplorable, sino la tufarada intensa que despide como a influencias fílmicas pésimamente asimiladas, entre otras una suerte de jodorovskianismo incapaz de salvarse a sí mismo de su condición inane, por más “fuertes” que sean su lenguaje verbal y su iconografía.

Da la impresión, en fin, de que para pitorrearse de esto y de aquello el peor camino elegible es la solemnidad, inevitable cuando uno se toma a sí mismo demasiado en serio.

Reincidencias

Difícilmente habrá un cinéfilo que se respete y que no haya visto Trainspotting (1996), aquí subtitulada innecesariamente “la vida en el abismo”, con la que el inglés de ascendencia irlandesa Danny Boyle se convirtió, de manera inmediata, en un referente fílmico internacional. No sólo hablando de taquilla sino, más importante, de impacto cultural, el que apenas era el segundo largo de ficción de Boyle funcionó como reflejo fiel e intenso del clima espiritual de una generación que, si bien se asentaba en una Irlanda primermundista neoliberal de acuerdo con la cinta, tocó las cuerdas íntimas de casi cualquier persona menor de treinta años. Dicho de modo muy sumario, el quid del argumento consistía en la disyuntiva entre la supuesta obligación de elegir un tipo de vida y todo lo que implica, o no elegir nada –obviando, desde luego, que no elegir es asimismo una elección.

Quien cuadraba no sólo con la edad sino también con el temperamento generacional de aquel entonces, y que le haya tocado ver Trainspotting en su estreno, cuando vea T2 –es decir, la imaginada por algunos pero poco sospechada segunda parte de aquel trancazo cinematográfico– no podrá sino acusar una resonancia particular, por completo diferente a la de aquellos que la vieron a otra edad y en otro tiempo. Es más que seguro que Boyle fue consciente de la inevitable comparación entre una y otra y, por lo tanto, de que la autonomía de la segunda era la primera condición para revisitarse, fílmica y temáticamente hablando. Esto significa, por fortuna, que T2 no exige de ningún modo ver la primera parte para ser comprendida en el sentido narrativo, ni apreciada en el emotivo.

Lo que significa, eso sí, es que para los veinteañeros de entonces, definitivos cuarentones hoy, T2 ejerce funciones de confrontación, casi de examen, al invitarlos a mirarse en el doble espejo, forzosamente deformado y deformante, compuesto por la memoria que cada quien guarda de sí mismo –fiel, infiel, preñada de nostalgia, idealizada, desencantada…– más la imagen de uno en el presente, pulida delicadamente o martillada sin esmero, según el caso de cada cual.

Consciente y deliberadamente lineal, centrada en la venganza contra el miembro del cuarteto que “traicionó” a sus antiguos amigos con el hecho aparentemente simple de cambiar de modo de vida, comenzando por el lugar de residencia, y que decidió volver al terruño veinte años más tarde, la trama de T2 opera más bien a manera de soporte dramático para proponer no una solución a la pregunta originaria –¿qué eliges ser?–, sino para avisar que dos décadas no han bastado para responder ni siquiera medianamente bien, o lo que es peor: ha sido ella, “la vida”, quien se encargó de dar respuesta pero sin consultarlo a uno, con el añadido no sólo de los años bien o mal vividos, sino con el de un entorno signado por idéntica hostilidad a la de antaño o, si hay algo de suerte, por invariable indiferencia.

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