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Espionaje a la mexicana: el caso Antonio Villavicencio*

Para los historiadores que han abordado los temas binacionales durante los años de la Revolución –empezando por el Friederich Katz y su seminal La Guerra secreta en México (México, 1981)–, ha existido un mítico acervo que, por sus dimensiones y características, resultó tan apetecible como inabordable. Apetecible como todo acervo desconocido e inabordable dadas su dimensiones (más de 100 mil fojas). Inabordable también por el desorden que reina entre esos papeles, de los que no existe guía para adentrarse en su laberinto. Se trata de los documentos de la Oficina Federal de Investigaciones (foi, después fbi) de esos años, conocidos bajo el rubro “ fbi Mexican Files 1908-1921,” mismos que ya pueden consultarse vía electrónica en https://www.fold3.com/browse/250/hhqJwp03TxzbNhX8n

En el libro existe una gran laguna en la biografía de su oscuro personaje, el exinspector de la policía de Ciudad de México, Antonio Villavicencio. En ese recuento lo dejamos, a fines de 1914, tomando un barco en el puerto de Veracruz que lo llevaría al exilio después de colaborar con las fuerzas estadunidenses de ocupación para reencontrarlo, apartado del servicio público, en Ciudad de México, hacia 1920. Algunos documentos del acervo mencionado llenan, con aguas negras por cierto, esa laguna.

Hace un siglo el gobierno de México buscó crear un aparato de inteligencia en Estados Unidos. En 1915, Ramón p. de Negri, entonces cónsul en San Francisco, reclutó a un colega de dudosa nacionalidad y filiación, Jesús m. Arriola, para formar lo que llamó “Oficina Mexicana de Investigación”, cuyas siglas en inglés no dejan duda de su fuente de inspiración, el “moi”. Un año después, en julio de 1916, el nombre propuesto por Arriola fue incluso más explícito: “Servicio Secreto Político de México en Estados Unidos”. El nombre le gustó al general Cándido Aguilar, uno de los yernos preferidos de Venustiano Carranza y uno de los encargados de sus diversos aparatos de inteligencia.

A pesar de reglamentos y acuerdos y, siguiendo la proverbial costumbre política mexicana caudillista, el “Primer Jefe” le otorgó, al mismo tiempo y de manera informal, iguales atribuciones y tareas a otro hombre de su confianza. En este caso a Andrés g. García, quien entonces ocupaba el siempre clave consulado de El Paso, Texas. García era primo hermano de uno de los sobrinos preferidos de don Venustiano, el entonces embajador en Washington, Eliseo Arredondo.

No es de sorprender que con semejante parto, aunado al natural acoso por los aparatos de inteligencia de Estados Unidos (el propio José m. Arriola fue detenido alguna vez en Phoenix, Arizona, por agentes federales), los resultados del Servicio Secreto Político de México en Estados Unidos fueran tan magros que el historiador que se tomó la molestia de enumerarlos sólo encontró dos: la infiltración de la junta felicista en 1917, con la que se pospone una incursión armada al sureste mexicano, y la intercepción de una carta del inefable senador Albert Fall ofreciéndole dinero a Francisco Villa a cambio de la protección de sus propiedades en Chihuahua. (Y ya se sabe que el senador Fall fue quizá el primero que les vendió a los suyos la idea de Estados Unidos como una víctima de su mal vecino.)

Los conflictos entre Arrriola y García, con el debido intercambio de acusaciones de deslealtades al “Primer Jefe”, derivaron en la destitución del primero en noviembre de 1917, dejando acéfalo y en el limbo el novísimo aparato. De esta manera, las tareas de inteligencia del gobierno mexicano en territorio estadunidense regresaron al viejo modelo porfiriano, donde los cónsules las acometían esporádicamente con la ayuda de detectives privados estadunidenses y soplones e informantes mayoritariamente mexicanos.

 

Fronteras que son trincheras

 

Como se sabe, a partir de 1914, con la intervención de Veracruz como materialización de una amenaza permanente, las relaciones entre Estados Unidos y México entraron en un periodo de conflicto álgido que habría de durar un par de lustros antes de encontrar un nuevo equilibrio. Lo que importa destacar es el lugar clave de la zona fronteriza en tal escenario pues, además de campo de batalla de pequeñas (y no tan pequeñas) escaramuzas entre fuerzas armadas de los dos países (formales e informales), en ambos lados de la frontera, ésta devino espacio clave en la estrategia central que desarrolló el vecino del norte para intervenir en la política interna de México. En ella, como se sabe, el control del flujo (bajo modalidades legales e ilegales toleradas) de armamento hacia territorio mexicano fue mecanismo central. A través de dicho control el gobierno estadunidense incidió en los equilibrios militares entre las distintas facciones revolucionarias: villismo, felicismo, carrancismo, etcétera, obteniendo, por este medio, concesiones de todo orden, además de, por supuesto, jugosas ganancias dinerarias. Ese mecanismo está en vigencia hoy en día. Solo cámbiese “facciones” por “cárteles,” y la afirmación cobra sentido. Por otro lado, se pueden aquilatar los cambios en la percepción historiográfica en los trabajos de los historiadores texanos Harris y Sandler, quienes hace una década, para referirse a la frontera de los años de revolución en México, utilizaban como símil al Muro de Berlín y actualmente consideran que es más correcto compararla con la frontera entre Afganistán y Pakistán de la interminable guerra actual. Por si hubiera alguna duda, el Afganistán de esa época sería Estados Unidos y México la nuclearizada Pakistán. (Harris y Sandler, 1988,55; 2015, 463.)

 

Tal era el caso de los llamados “constitucionalistas.” De ahí que poco o nada se haya escrito sobre el entramado de negocios que la oligarquía carrancista formó del otro lado de la frontera para habilitarse de los artículos necesarios para sostener a sus ejércitos. De ahí también que los personajes a quienes hemos visto a la cabeza de los aparatos de inteligencia política dentro de Estados Unidos, Arriola y García, fueran, en todos los casos, a su vez honorables “comerciantes” establecidos.

 

¿Quién fue Villavicencio?

 

Pero veamos qué nos cuentan los papeles del fbi acerca de Antonio Villavicencio en tal contexto. Entre esos documentos hay referencias a un tal f.c. Villavicencio, un burócrata porfirista más que continuó medrando durante la Revolución, en su caso, en el consulado del entonces clave puerto de Nueva Orleáns, refugio del nutrido grupo resentido y complotista agrupado en torno a Félix Díaz, al cual f.c. servía a trasmano de sus entonces superiores carrancistas.

 

La Inteligencia Militar y la fbi, abrumadas por los miles de mexicanos activos en la política que se refugiaron en el país del norte por esos años, solían confundir la identidad de muchos de ellos. De ahí que a Antonio Villavicencio lo identificaran retrospectivamente con aquel cónsul porfiriano o como agente maderista en Estados Unidos en 1912 (fbi Mexican Files 1909-1921 (nara); exp. 232-2737, ff. 16-7) y sólo hasta principios de 1916, los agentes federales lo ubicarán con toda certeza en eu, escribiendo memorandos para el agente federal e.b. Stone acerca del doctor y general Felipe Dusart y su desastrado intento de cumplir la encomienda de Francisco Villa de poner un pie en la lejana Chiapas. (232-233, ff 2-3.)

Si Villavicencio llevaba consigo un archivo o escribía apelando a su memoria e inventiva no lo sabemos, pero el caso es que su carrera de informante de la Oficina Federal de Investigaciones no parece haber prosperado. Quizá porque su información no resultó confiable y por no saber hablar inglés, tal y como el agente Stone lo señalara.

Un par de años más tarde, a principios de 1918, la Inteligencia Militar estadunidense ubicó a Villavicencio en Laredo, Texas, como recién ingresado “con un falso pasaporte” y lo clasificó como “peligroso agente alemán”, el peor de los estanquillos posibles tomando en cuenta que Estados Unidos había ya entrado a la Gran Guerra. (232-2737, f. 19 y 232-233, f. 14).

Quien filtró la información a los federales acerca de Villavicencio era un viejo colega suyo, profundamente resentido por las trapacerías y traiciones de su antiguo jefe. (232-2737, f. 13)

Francisco Chávez, tal era su nombre, regenteaba para 1918 el Hotel Morales en San Antonio, Texas, un lugar frecuentado por traficantes, contrabandistas y toda clase de refugiados de origen mexicano desde donde Chávez ejercía su condición de informante de las autoridades locales y federales. Aunque simulaba estar alejado de la disputa facciosa, introducía información favorable al felicismo suministrada a su vez por el jefe de inteligencia de esa fracción, David de la Fuente (el exjefe de la policía de Francisco i. Madero, al que por cierto terminó traicionando). A decir de De la Fuente, el hombre del káiser junto a Venustiano Carranza era Alberto Woem, el dueño de la fábrica de papel de Peña Pobre en esta ciudad, de quien Villavicencio sería el representante directo en Estados Unidos (232-2737, f. 27). Inteligencia Militar, por su parte, manejaba otro dato sobre la relación de Villavicencio con el empresario Woem: éste “mantenía un amor criminal (sic) con la hermana de Villavicencio”. A saber.

El caso es que los felicistas tenían sobradas razones para estas infidencias sobre Villavicencio, ya que aseguraban que una de las tareas encomendadas por el execrable Victoriano Huerta a Antonio (a todas luces fracasada) había sido asesinar al jefe Félix en su natal puerto de Veracruz (“Fue enviado por Madero (sic), a Veracruz para asesinar a Félix Díaz;” idem).

Los agentes federales estadunidenses, a su vez, tenían conocimiento de que Huerta utilizó a Villavicencio como vigilante del enviado personal del presidente Wilson, el flemático John Lind, quien quedó varado en el puerto de Veracruz a partir de octubre de 1913 y, en su momento, con órdenes de proteger al entonces candidato presidencial de las nunca realizadas elecciones de ese año (232-2737, ff. 16-7). Como se sabe, Lind dio cobijo en su casa al temeroso Díaz y de la mano, ante los ojos de Villavicencio, le acompañó al refugio seguro del buque cañonero Luisiana. Y todo esto a escasas semanas de la invasión de 1914.

 

el servicio secreto

 

Como sea, el departamento de inteligencia del ejército estadunidense no tardó en ubicar a Villavicencio en el entramado correcto. El mayor Robert Barnes concluyó su informe al respecto aduciendo que Villavicencio se encontraba de ese lado de la línea “en comisión para establecer un servicio secreto a cuenta del gobierno de Carranza.” Que bajo el estatus de refugiado trabajaba en servicios de información con ramales en pueblos y ciudades de El Paso a Brownsville. Que tenía como lugartenientes al detective cubano a.r. Carricarte (quien también había trabajado para Díaz y Huerta), al diputado con licencia Carlos Campero y al coronel y comerciante Tomás Piñeiro (232-334, p.3).

 

La lenta y, a veces, sorprendentemente errática inteligencia militar se equivocaba, una vez más, al otorgarle tal jerarquía a Villavicencio, pues en realidad era Piñeiro el personero directo de Carranza.

 

Nuestro hombre en Texas

 

Tomás Piñeiro era un excoronel del ejército porfiriano, finquero cafetalero, acaparador de tierras y cosechas, propietario de depósitos de cerveza en la región de Orizaba, Huatusco y Córdoba, traficante de mano de obra en esa región, especializado en captación y tráfico de mujeres indígenas lavadoras de café, además de hostelero en Orizaba y diputado federal. Por este cargo, tras la disolución de la Cámara por Victoriano Huerta, fue detenido en Veracruz el 26 de noviembre de 1913, cuando Villavicencio era el jefe de la policía del lugar. En tales circunstancias, Villavicencio y Piñeiro consolidaron su amistad. Liberado a la caída del dictador, Piñeiro se trasladó a Texas, donde se incorporó a la casa comercial de j. García y Co., además de convertirse en broker de la De Bons House (232-334, p.2).

 

El excoronel se dedicó por años a la venta y contrabando de armamento, ropa y vituallas para las tropas de las distintas facciones hasta decantarse por la facción carrancista. Tan se ganó la confianza de “Primer Jefe” que éste le nombró Superintendente de la División Norte de los Ferrocarriles de México, A decir de la fbi, Piñeiro estaba asociado al contrabando de ganado robado en México, a través de Jesús m. Arriola, el ya mencionado creador del mbi, y un tal Francisco Ibarra. Con el dinero compraba armamento que vendía, entre otros, al general constitucionalista y pariente directo del “Primer Jefe”, Fernando Peraldi Carranza, entonces a cargo del norte de Coahuila. Además, Piñeiro fungía de agente financiero personal de don Venustiano gracias a sus contactos con casas financieras y bancos de Saint Louis y Nueva York.(232-334, p.3; idem, p. 2).

Al mismo tiempo, través de la Cruz Roja y con permiso del gobierno estadunidense, importaba granos y otros alimentos a Monterrey. Cuando alguna vez fue detenido por contrabando de joyas, dio como refe-rencia al señor José León Cánova, el entonces subsecretario de Asuntos Mexicanos del Departamento de Estado. La referencia fue correcta. Piñeiro, que también contrabandeaba dinero y plata mexicana, fue de inmediato liberado.(232-2373, pp.25-27).

En ese entonces Villavicencio tenía su cuartel general en el lobby del Hotel Travels & Bonder de Laredo. Sin pasaporte atravesaba la frontera día y noche gracias a un pase que las autoridades aduanales texanas le otorgaron y que el Departamento de Estado avaló (232-333, p. 6.). Acariciando los viejos tiempos idos no tardó en contratar a un secretario particular. No ha de sorprender que el contratado fuese el agente de la fbi, j.j. Lawrence, ni que, mientras con discreción dejaba a su alcance su correspondencia privada con el “Primer Jefe”, se ufanaba de que éste preparaba su regreso a Ciudad de México para volver a ocupar la Inspección General de Policía, a lo que sólo se oponían, afirmaba, algunos revolucionarios resentidos (232-2373, pp. 7-8). Estamos en junio de 1918.

Dos meses más tarde, algunas autoridades estadunidenses menores (probablemente aquellas no cohechadas) estaban escandalizadas con las cifras del contrabando orquestado por Piñeiro y sus secuaces: hablaban de 500 mil dólares en plata, además de armas, vituallas, granos, ganado robado del otro lado de la frontera, seda (232-3282, p. 2-3 y . 232-3290, p. 1).

Esos fueron buenos tiempos para don Antonio, pues acompañó a Piñeiro a San Antonio a pasearse en aeroplano, poco antes de partir a Ciudad de México (232-2373, pp. 20-21).

 

Espías como políticos: pobres si son pobres

 

No sabemos si el agente Lawrence tuvo en sus manos las cartas que intercambiaron el entonces secretario de Relaciones Exteriores, Cándido Aguilar, y el jefe del Estado Mayor Presidencial Juan Barragán en octubre de 1918. De ser así, se habría dado cuenta que no todo era fanfarronería en las confidencias de su segundo patrón. Este intercambio epistolar no tiene desperdicio:

He tenido noticia –escribió don Cándido– de que se encuentra en esta capital don Antonio Villavicencio, traído por Tomás Piñeiro. Sé también que se le va a conferir alguna comisión ya sea aquí o en el extranjero. Como usted sabe dicho personaje fue uno de los esbirros que con más escarnecimiento persiguió a todos los revolucionarios y su sola presencia en México ha hecho levantar un oleaje de indignación de todos aquellos que no olvidan las persecuciones y vejaciones que les hizo sufrir. No ignora usted también la labor que en contra del Gobierno está desarrollando en la frontera el Sr. Piñeiro. Por todas estas consideraciones, espero que usted obrando en este asunto de acuerdo con sus convicciones de revolucionario, será el primero en evitar se le permita vivir en México y no utilizará sus servicios que de ninguna manera serán provechosos a nuestra Causa.

 

Esta fue la contundente respuesta de Barragán:

 

Refiriéndome a la atenta carta de usted fechada el 10 de los corrientes, me permito manifestarle que estuvo en efecto en este Estado Mayor a hablar conmigo el señor Antonio Villavicencio, acompañado del señor Tomás Piñeiro, habiendo conocido a ambos hasta entonces.

Desde luego dí cuenta al Señor Presidente con esta entrevista, y el propio Primer Magistrado me manifestó que Villavicencio y Piñeiro habían obtenido permiso para pasar a esta Capital, y que desde hacía más de un año venían prestando ayuda al Gobierno con sus investigaciones en la frontera con Estados Unidos, acerca de los procedimientos de nuestros enemigos.

En vista de lo anterior y atendiendo indicaciones del mismo Señor Presidente, dí al señor Villavicencio una clave para que comunicara sus futuras informaciones, habiéndose reducido a esto la entrevista que los precitados señores tuvieron conmigo.

Manifiesto a usted además que el señor Villavicencio conferenció extensamente con el señor licenciado Manuel Aguirre Berlanga, Secretario de Gobernación.

Con la estimación de siempre, me repito de usted amigo y respetuoso servidor.

Juan Barragán.”

(Fondo Venustiano Carranza, CEHM-CARSO,

Carpeta 125 doc. 14149 y 14085)

 

Con todo, la anterior misiva marcó el fin del sueño de glorioso retorno de Villavicencio, y aunque para febrero de 1919 lo encontramos a cargo del aparato de espionaje fronterizo, ante la ausencia de su jefe Piñeiro, poco a poco fue siendo desplazado al papel secundario y subordinado de sus últimos años. (232-2987, p. 9.)

En agosto de ese año, cuando ya debilitado dentro y fuera del país, Carranza intentó una vez más modificar su estrategia de espionaje en la frontera, entregando a militares dicha función, don Antonio ocupó en tal esquema un lugar menor en tan desastrado intento. Desastrado, entre otras cosas, porque el jefe del flamante Servicio de Inteligencia Militar, el mayor Juan Fernández, tuvo a bien fugarse con los fondos destinados a dicho servicio (232-2946, p. 10).

El olfato para abandonar a tiempo a sus amos tampoco le falló en esta ocasión a Villavicencio. Así, en la última reunión del aparato de inteligencia carrancista que a mediados de noviembre se llevó al cabo en Laredo, Texas, bajo la dirección de Fabián Favela, el jefe militar de la Zona adyacente, Reynaldo Garza y que contó con la presencia del reciclado José m. Arriola, en esa reunión, repito, Villavicencio ya no apareció (idem).

Esperaría el momento adecuado para viajar a Ciudad de México y refugiarse entre los aparadores de lencería del Palacio de Hierro

 

*Texto leído en la presentación de la primera reimpresión de Jacinto Barrera Bassols “El Caso Villavicencio. Política y violencia en el porfiriato.” (INAH, 2016), en la 38º Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, 2 de marzo del presente. Por razones de espacio sólo se citan aquí documentos de primera mano. Para una versión anotada diríjase a jbarrera.deh@inah.gob.mx)

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