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Paso a Retirarme
Por Ana García Bergua

Quizá los niños no estaban tan locos

 

Qué bueno es este último libro de relatos de Héctor Manjarrez, Los niños están locos (ERA, 2016), lleno de nostalgia, humor, dolor y desconcierto.

Situados a finales de los años cincuenta, principios de los sesenta, los textos retratan una Ciudad de México que parecía eterna en su ñoñería y su violencia soterrada. Una ciudad en la que la represión podía llegar a ser tan excitante como el pecado mismo, en la que las canciones y los coches nuevos resaltaban sólo como adornos sobre una realidad estancada, el crucigrama eterno e imposible de resolver de una ciudad moderna y a la vez asfixiante.

Su vida a los quince años es como un sueño, extraña, incomprensible, estúpida, y la maneja algún alguien que desde luego no es él. Sea él quien sea él. Se despierta y ya lo están regañando o ya llegó tarde para el tranvía o ya está en clase sin entender jota de lo que dice el profesor o en medio de una corretiza por las escaleras y el patio persiguiendo o siendo perseguido por alguien o en la enfermería con un golpazo en la cabeza.”

La mayoría de estos relatos tiene como protagonista a un adolescente sensible, un poco pícaro, a veces culto, que resiste los embates del padre, el cura y hasta el presidente con una buena dosis de curiosidad y ganas de vivir que conmueve. En la actitud orgullosa y retadora de estos muchachos, en su humor y su disposición a embarcarse en situaciones excitantes y muchas veces horribles, como si fueran actores sin libreto, reconocemos a una generación –la generación del autor– que cambiaría a la larga el rostro de la ciudad y del país. Los cuentos de Héctor Manjarrez conservan el desconcierto que debieron sentir esos niños y adolescentes de ojos muy abiertos ante los rituales y las sinrazones de un México que de tan rígido se iba resquebrajando poco a poco, convertidos ellos mismos en ajolotes en busca de su identidad.

Por los cuentos de Manjarrez desfilan familias desconcertantes, madres que van y vienen de la religión y que abandonan de súbito la aparentemente asumida modernidad para refugiarse en las nostalgia del ritual, viejos que abiertamente desprecian a los indios y se dan a despreciar por sus nietos, un padre en calzones que fuerza al hijo a jurar que no es homosexual porque los homosexuales le miran los pies, el presidente López Mateos que recorre la ciudad en su descapotable y una diva de cine que levanta a un muchachito en su Oldsmobile, los eternos partidos Atlante-Necaxa, cuando existían el Atlante y el Necaxa, o el desfile por avenida Juárez del dictador etíope Haile Selassie. También hay muchachas que gritan “¡Viva la ciencia, viva la libertad!” en curiosos rituales que celebran su sangre menstrual, un muchacho que lee a Lezama Lima, a Marco Rivero, a Olga Orozco, a Octavio Paz, en medio de la pesadilla de venir a un mundo en apariencia irrevocable, y encuentra ahí la luz y la puerta de escape.

Precisamente este último cuento (“Hacerse hombrecito”), es el que más me gusta. Cuenta algunas escenas en la vida, a day in the life, dirían los Beatles, de un botones de aquel Hotel Del Prado que alguna vez relució frente a la Alameda, y a la manera del mural que se encontraba en el restaurante del hotel, cuenta como en un panorama la ciudad que le toca recorrer a ese muchacho, con un deportivo donde una joven defiende la Revolución cubana, la Librería de Cristal, los cafés Kiko’s o Marlon Brando haciéndola de Marco Antonio en Julio César. Los roces con la multitud, la exaltación, las noticias, todo lo que se le va mostrando a ese muchacho en sus recorridos por el mundo exterior, se contrapone con los momentos de intimidad con sus pares, los pleitos, los secretos, los juramentos y los rituales, como la masturbación colectiva en el deportivo.

Los personajes de estos cuentos son un poco más jóvenes que el protagonista de la última novela de Manjarrez, París desaparece, y a la vez son inocentes, entran en la vida con una resignación que los envejece un poco, esa resignación de las generaciones previas a los psicólogos y las escuelas activas, la que hacía falta para entrar en ese folclor opresivo, aquella por la que lucharían para deshacerse después.

Así, en Los niños están locos no hay nostalgia ni complacencia con una bella época a la que se aspiraría a regresar, sino una evocación tragicómica y a la vez dolorosa, la memoria juvenil de un gran narrador que no nos ahorra ni los golpes ni la risa, como suele hacer en sus libros Héctor Manjarrez.

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