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Todo está dicho: nada está dicho
Luis Bugarini, Librosampleados, México, 2016.
Por Enrique G. Gallegos

Se encogió de hombros y dijo

La hermosa edición en pasta dura de Se encogió de hombros y dijo, de Luis Bugarini, ha sido presentado como una novela. Pero también pasaría por una obra de teatro (el guiño del epígrafe a Beckett algo indicaría al respecto). O por un libro de aforismos. O por ese género cultivado prolijamente en Guadalajara llamado periquetes. O por… ¿cuál podría ser su estatuto como pieza literaria?

Empecemos por el pliegue externo: el libro se compone de cinco actos (también podrían interpretarse como cinco capítulos), qunientas frases (interprétense esas frases, si se quiere, como aforismos, sentencias, instrucciones, consejos, indicaciones, señales, sinsentidos, residuos o huellas) y una especie de metaindicación que cierra el libro. Las frases tienen en promedio una docena de palabras y están escritas en riguroso imperativo (huela, salga, utilice, beba, lamente, acuda, visite, etcétera). Aquí un ejemplo: Acto 1, frase 51: “Quéjese del inicio de la semana, incluso si no trabaja”.

En Se encogió de hombros y dijo no hay personajes, tiempo, trama, espacio, una historia. Todos esos elementos son obliterados por el fraseo imperativo, fragmentario, sentencioso, hormigueante y obsesivamente reiterativo. Frases que se pretenden humoristas, jocosas, irónicas, absurdas, cotidianas, sin sentido e inútiles. Para estar a tono con el libro, hasta podría darle un consejo al lector: “Compre el libro, lea la primera frase (1), luego elija al azar la segunda (X), después la penúltima (499) y tírelo a la basura.” Pero este consejo –que cabría sobreinterpretar como un juicio negativo sobre el libro– ocultaría el gesto del autor. Y al ocultar con un gesto otro gesto más fundamental, estaríamos perdiendo el significado de este libro en particular.

¿En qué consiste ese gesto? En la vieja y siempre nueva tentativa de Sísifo. Sísifo rueda la piedra a la cima y la piedra vuelve a caer al fondo. No importan las veces, no importa el esfuerzo, pero cada esfuerzo es único e irrepetible. Esa piedra es la escritura que intenta alcanzar lo otro del libro (aun al precio de disolverse). La historia de la literatura está llena de estos esfuerzos. Ese otro libro puede ser el libro no escrito de Sócrates (por su desconfianza en la escritura), el criptógrafo manuscrito Voynich, el “Libro” mallarmeano, el Finnegans Wake, de Joyce, o el libro de Los pasajes, de Walter Benjamin. Libro extremo, absoluto, imposible, inútil, inexistente, incomprensible, radical, liminal o biblia escrita al revés. A contraluz de esta tradición deben entenderse las frases anodinas, ligeras, ordinarias, superficiales, irónicas y juguetonas de que se compone el libro.

Para comprender lo mucho que la literatura ha recorrido en varios siglos, cabría recordar otro libro de 1647: el Oráculo manual y arte de prudencia, de Baltazar Gracián, un libro de breves sentencias y consejos prácticos. Gracián se pregunta en el aforismo 232: “¿De qué sirve el saber sino es práctico?” Frente a ese libro, Se encogió de hombros y dijo podría pasar por el antimanual por sus consejos tan absurdos como verosímiles. Bugarini podría responder al 232–quizá alzándose de hombros con un gesto de indolente seriedad–, con la gratuidad: “Concluya que nada importa más que barrer debajo de las macetas.” (Acto 1, frase 39.)

Se encogió de hombros y dijo se inscribe en una tradición experimental que, después de las vanguardias artísticas y literarias del siglo XX, haría pensar que todo estaba dicho o cuando menos insinuado. Pero lo cierto es que si hay un campo de tensión y conflicto ese es el de la literatura; más allá de que las batallas se ganen o se pierdan; más allá de que predomine una cierta inclinación a respetar fanáticamente la tradición o sustituirla con el meme, el emoticon y el gift por parte de los jóvenes bárbaros de las redes. Pero, a decir verdad, la literatura, en sus torsiones y contorsiones, en sus rehiletes y espirales, forma parte de un monstruo más complejo que se esfuerza por empujarse más allá de sus límites, otra de cuyas cabezas tiene la barba de Marx, la quijada opiómana de Freud y el espeso bigote de Nietzsche.

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