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Tomar la Palabra
Por Agustín Ramos

Reencarnar con la poesía

 

En la introducción de Para repasar el círculo. Poesía reunida 1996-2007, Juan Manz (1945) relata que un poeta llegó a él en la adolescencia. Luego, ese poeta los abandonó, a él y a la poesía, para reaparecer décadas después, ungido de silencios y abrumado de decires indecibles. “Extraño/ ese de mí/ que soy/ y no me piensa/ Extraño ser intraducible.”

¿A qué dimensiones se mudó aquel poeta adolescente que regresó, intraducible y extraño para un yo, pero transparente para un tú no menos inaccesible que es el lector? El verbo extrañar, en sus sentidos de azoro y añoranza, proporciona uno de los temas centrales en la media docena de espléndidos y bien diferenciados poemarios suscritos por Juan Manz.

En Ciudad de siempre aparece el tema de la ausencia y también del re-conocimiento, lo extrañado en estado puro, frente a una primera persona del singular: “Soy/ por obra y gracia/ de mis mejores años desperdiciados/ un hombre/ que es/ lo que soñó.” El cumplimiento virtuoso de traducir a su poeta seduce por partida doble, deleita con cada uno de sus ritmos y supone una obligación placentera por el diálogo que urde con la lectura misma. Es decir, simultáneamente crea al lector (al extrañado) y ordena al poeta (al extraño): “Despiértale el oído/ prestándole tu lengua/ reencarna con él/ un hasta siempre/ en una cita suya/ lírica y profunda…/ simbiosis de ánima y misterio.” En Tres veces espejo, la búsqueda topa de frente: “(Ver ( ) por consiguiente verme, recurrir a la pista del espejo/ de todas las cosas/ aparentes de mis cosas…” Al extender la búsqueda describe y descubre la lejanía de lo más cercano: “El espejo cepillaba sus dientes/ al mismo tiempo que los míos/ lavaba mi cara/ y hasta sobrepuso una sonrisa/ en mis labios/ como una especie de indulto/ Sólo cuando apagué la luz/ me supe solo.”

Ese conocer mediante la mirada, afilado en la observación de lo remoto y en la revelada lejanía de lo cotidiano, convierte al poeta en un amanuense poseído que sirve de andamio para alcanzar la poesía: el trapecio de la redención posible. “Este día vengo a escuchar la noche/ la oratoria de la fauna/ que vuela exacta y ordenada/ extendiendo su discurso de paloma/ a jalar el arado azul/ que labra el firmamento/ Vine a segar el trigo eterno/ nebulado de cometas/ a zurcir la rasgadura del ozono/ para inflar de nuevo el globo de la atmósfera/ y protegerlo con un enorme paratierra/ parahombre…”

Y del mismo modo que sus poemas de 1996 saltan hacia el Agua reparada de 1999-2001 para advertir(nos) sobre la intraducibilidad citada al principio, así cristaliza perfecta la metáfora de una ciudad Panal de luces (2002), que se anunciaba en la tercera sección de Tres veces espejo (1996) con la feliz cadencia lorquiana de “Trigo de carne”: Atrás quedaron los bosques/ que visitaban mis naves:/ rama por astro caído/ noche por hojarasca / Ahora aunque callados/ de frente ( ) aun distintos/ estamos hablando acordes/ por los vellos de los poros/ que erigen su antena de astros/ de uno a otro encendido/ Íntegra vienes conmigo…”

En Padre viejo (1998-1999, traducido al italiano en 2012), con la muerte y transfiguración del “hermano grande”, el poeta cambia de interlocutor e integra otro de sus temas medulares: “…/celebra el pragma de la etnia no vencida/ consagrándome a su diálogo,/ pero no permitas celador de las costumbres/ que me sea dado encantarme/ y pierda el equilibrio y ceremonia,/ que erija mi propio encante/ con el son del ocio extraño que se canta mío/ y me sea dado el poder de ambicionarme.”

El poeta de Manz, que se transforma también en sus lectores, en nuestro poeta, dejó de ser el adolescente que llegó de visita, muda o enmudece, se completa en el prójimo capaz de reflejarse ante el espejo de sí mismo y aun de internarse e internarnos dentro de tal espejo, para llegar a revelar otro yo, otro nosotros, en su tema de la muerte como condición imprescindible para el canto: “Hermano mayor,/ hermano grande que nunca tuve/ arrodíllate conmigo,/ emerge del mismo surco que me vio nacer/ el penúltimo día de agosto del ‘69/ cuando te perdí como padre/ y te gané maestro./ Hermano mayor, desde entonces/ tus sentidos navegan mis venas/ y mis manos encallaron en tus manos.”

Al inventarse un lector, a quien por lo demás no puede descartar, la obra de Juan Manz aparece como creatura doble que precisa y logra, merecidamente, la lengua y el oído en donde habrá de reencarnar eso, la poesía.

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