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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Apuntes para un oficio

 

Al igual que en los tres o cuatro años recientes, a Muchagente le parece que deberíamos descorchar una champaña para festejar la nueva cifra récord de producción cinematográfica mexicana, que en 2016 rebasó los ciento sesenta títulos. Empero, a Unoqueotro y a este ponepuntos nos parece, más bien, que lo abundante no son los motivos para celebrar, sino las razones –mínimo una por filme– para un análisis que no se agote en la inmediatez de los estrenos, que en el caso del cine mexicano suelen ser inciertos hasta lo esporádico y, en ocasiones, lo inexistente.

Tampoco faltan quienes, a pesar de tener la costumbre de acudir a ella y tenerla en consideración con mayor o menor regularidad, e incuso ejerciéndola –con un rigor que puede ir de lo indispensable a lo insuficiente–, comienzan a considerar a la crítica cinematográfica como una de dos cosas: ya como algo inexistente si quiere definírsele tal como solía hacerse hasta hace poco más o menos una década, ya como algo definitivamente innecesario. En otras palabras, y tomando en cuenta lo anterior, parece haber quienes suponen cierta la ecuación absurda según la cual entre más filmes hay, menos crítica debe haber. La discrepancia respecto de esto último no podría ser mayor.

 

LA OBRA EN SU CONTEXTO

Como se sabe, la principal función de la crítica es contribuir a la comprensión de un hecho, sea éste artístico, social o de cualquier otra índole. Al igual que el cine, la crítica tampoco es un fenómeno aislado que se agote o se resuelva en sí mismo. Como aquél, es interdisciplinaria y mantiene un sinnúmero de vasos comunicantes con una diversidad de disciplinas que le dan sustento y orientación.

Para no ser deudora en términos absolutos, la crítica está obligada a devolverle a dichas disciplinas, pero sobre todo a la materia de la que se alimenta en primera instancia, el resultado de sus esfuerzos, traducido en elementos que aporten a la reflexión en torno a esa materia, en este caso el cine.

Cualquier crítica que soslaye la importancia del contexto en el cual se desenvuelve el cine –y por lo que hace al presente espacio, en particular el cine mexicano– estará partiendo de premisas incompletas. Por lo mismo, fallará en sus apreciaciones y, más grave aún, estará incumpliendo su principal cometido, que no es por cierto el insustancial e irrelevante de comunicarle al mundo una mera opinión personal acerca de esta o aquella película en particular.

Lejos de suceder en una pantalla solamente, apagada la cual dejara de existir, el hecho cinematográfico se desdobla en una multiplicidad de momentos y de espacios. Para lograr una mejor comprensión de su naturaleza, sus alcances e implicaciones, tiene que abandonarse cualquier postura reduccionista y dejar de considerarlo un fenómeno aislado.

El cine en general, y en particular el que se hace en México, por lo regular es visto parcialmente. Hay cineastas –productores, guionistas, realizadores, actores, etcétera– que lo consideran una profesión y nada más; casi todo aquel que se dedica a distribuirlo y a exhibirlo sólo es capaz de ver en el cine una forma de ganar dinero, mientras una cifra indeterminable de público lo considera un mero entretenimiento.

A la persistencia de visiones así de incompletas, inconexas y en no pocas ocasiones contrapuestas y excluyentes, contribuyen, sean o no conscientes, quienes hacen públicas sus reflexiones acerca del cine. Se ha querido ver a la crítica, sin alcanzar a comprender lo incompleto –cuando no lo inútil e incluso lo nocivo– de tal postura, como el mero ejercicio de una opinión, expresada en una fórmula de alcances tan estrechos como los que caben, apenas, en decir si una película es “buena” o “mala”.

Sumido desde hace décadas en una problemática que pareciera irresoluble, al cine mexicano le han faltado muchas cosas: adecuadas reglas del juego, recursos económicos, promoción, difusión, público… Por un lado, esas y otras carencias necesariamente inciden, aunque su impronta no sea evidente a primer golpe de vista, en lo que a fin de cuentas refleja la pantalla. Por otro lado –y salvo el trabajo de un puñado de autores–, el ejercicio de algo que, si alguna vez lo fue, ha dejado ya de ser crítica, ha provocado que el hecho cinematográfico mexicano sea visto desde la distorsión implícita en la mirada parcial, misma que impide comprenderlo a cabalidad, para no hablar de disfrutarlo –fin último y superior de la experiencia estética–; acto para el cual, insoslayablemente, es preciso entender.

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