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Las Rayas de la Cebra
Por Verónica Murguía

Autorretrato con gorrión

 

Hace un mes, un mediodía polvoriento, iba por la calle cuando vi cómo un pajarito se caía de la copa de un árbol. La caída fue extraña, interrumpida por aleteos frenéticos. Me acerqué y lo recogí: el gorrión me picó con furia. Un poco nerviosa, lo coloqué entre los setos –donde siguió piando– y me fui a mi estudio. Allí me asaltó la inquietud: el ave era diminuta. Quizás no sabía volar o estaba herida. Pero había leído que no hay que recoger inmediatamente a los polluelos que se caen del nido; se debe esperar a que la madre los auxilie o ellos se recuperen lo suficiente para volar.

Me hice la mensa durante cinco minutos que me parecieron mil y salí a buscarlo. El pobre ya estaba dando brincos en el arroyo vehicular. Lo recogí, a pesar de sus intentos por escapar, y me lo llevé, conmovida por la forma en que su cuerpo entero parecía latir de terror, por su tamaño, porque su vientre todavía no tenía plumas. Me dejó el suéter hecho un asco.

Al llegar lo metí en una caja de zapatos. Preparé agua con sal y un poco de miel: con cuidado le puse unas gotas en la punta del pico, ya que ahogar a un pajarito es muy fácil. El gorrión las bebió. Luego con un Q Tip le di un poco de plátano hecho puré. El momento en el que lo picoteó y lo tragó –cosa que se podía advertir perfectamente ya que era tan pequeño que tampoco tenía bien emplumado el cuello– me sentí tan feliz que me reí. No lo besé porque cuando lo tocaba se estresaba muchísimo, pero lo devolví a su caja, en la que ya había metido una botella llena de agua caliente cubierta con un calcetín y un despertador cuyo tic tac debía recordarle el latido del corazón de su madre. Envolví la jaula con un lienzo de manta de cielo y me puse a escribir. El gorrión se durmió.

Después, sin que me diera cuenta, se salió y lo encontré dando saltitos debajo de la cama, nimbado por un halo de telarañas polvorientas. Lo limpié con una toalla húmeda que dejó más sucia que mi suéter, pero tuvo menos miedo. Le di una pasta de frutas y proteínas que compré en una tienda de animales y se acostumbró a comer de mis dedos.

Los primeros días casi no me separé de su lado. Le puse Pacífico, porque me dirigía a esa avenida cuando lo encontré. Su aspecto me suscitaba ternura. El pico enorme, el plumón que apenas lo cubría, las plumas de la cola, las pequeñas alas, los ojos como cuentas negras y las patas delgadas como las nervaduras de una hoja. No era bello; era una cría, y como todos los polluelos, conmovedor.

La luz de la pantalla de la computadora le llamaba la atención. Se subía a mi hombro y desde ahí la miraba.

Cuidarlo fue un proceso laborioso y mi ánimo alternaba entre la satisfacción y la ansiedad. Un ave no es un mamífero que se calme con caricias. Es misterioso, ajeno y familiar a la vez. El primer día que salpiqué agua sobre él para que se limpiara (tenía las plumas del pecho pegoteadas) se me pasó la mano. El resultado fue que estuvo húmedo hasta que se asoleó. Esos días no dejé de leer las noticias, pero el peso del ave en mi mano era tan poderoso que me vinculaba con las miles de personas que han tenido, llenas de asombro y fascinación, un ave en la palma de la mano. Pensé en Wittgenstein, que tanto amaba a las aves; en el novelista Jonathan Franzen, quien las observa con pasión. Recordé un poema de Seamus Heaney en el que un asceta permite que un ave anide en su mano. Mozart tuvo un estornino. Mientras pensaba en todo eso, me enamoraba más y más de mi gorrión, dispuesta a liberarlo en cuanto estuviera fuerte y emplumado.

Una mañana en la azotea se escapó de la jaula y voló al murete. Se lanzó y voló torpemente de piso en piso. Lo perdí de vista y supuse que lo había perdido, sorprendida y un poco triste. Me fui al súper pero dejé la jaula en la puerta de mi estudio por si regresaba (ya se metía solito cuando algo lo alarmaba). Allí estaba cuando volví. Decidí ir a practicar lo del vuelo a los Viveros, pues allí no dejan entrar perros.

En el parque abrí la jaula y Pacífico salió. Entonces, un azulejo enorme lo atacó y le clavó el pico en el pecho. Mi gorrión murió dos días después en un hospital veterinario en Ciudad Universitaria.

No sé por qué he consignado esto. Quizás para dejar constancia de que el vínculo con él fue una experiencia potentísima, hecha de amor, asombro, alegría y dolor. Para dejar, como todos lo que aman, su nombre escrito para lo que lo repitan otros: Pacífico.

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