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Bemol Sostenido
Por Alonso Arreola

Sí… al salón de la fama

 

Fuimos felices. Hace unos días vimos la transmisión de la inducción de Yes al Salón de la Fama del Rock and Roll, sucedida semanas atrás en Brooklyn, NYC. Ceremonia estadunidense creada –como tantas otras– para la exaltación y validación de una industria juzgada a modo y cuya polémica se reduce a preguntas nimias como “¿por qué tardaron tanto?” o “¿cuándo sucederá?”, en su homenaje unánime a quienes hicieron música notable podemos sentir, empero, algo parecido a la justicia divina (son tiempos difíciles). Y si al grupo en cuestión, representante del mejor rock progresivo inglés, lo induce otro de los que nos templaron (los canadienses de Rush), entonces la emoción escala.

Viendo el programa recordamos cuando, para celebrar nuestro cumpleaños número veintidós, nos metimos con dinero prestado al Beacon Theater de Nueva York donde Yes se presentaría luego de años de silencio. (No sospechábamos que luego podríamos verlos en México.) Recordamos cómo, junto a un grupo de amigos tan necios y obsesos como nosotros, tomamos un camión que nos llevaría a San Antonio, Texas, para asistir a nuestro primer concierto de Rush.

Recordamos también que, mucho antes todavía, visitábamos Discos Aquarius, los puestos de Lomas Verdes y del Chopo en busca de rarezas sonoras en las que aquellos virtuosos se salieran de la partitura con variaciones imposibles. (No sospechábamos que luego estaría todo disponible en internet.) Recordamos la vieja Casa de las Brujas de la colonia Roma en cuyos estantes encontramos el álbum Fragile, de Yes, para que, gracias a Chris Squire, nuestra manera de entender al bajo eléctrico cambiara para siempre. (No sospechábamos que esas tiendas estaban destinadas a desaparecer.)

Recordamos esas y muchas otras cosas… Las sesiones de melómanos que hacíamos en casa, allí donde sumábamos turnos que se extendían por doce, catorce o dieciséis horas, transformando el tiempo que era carne de canciones que eran carreteras que eran posibilidades que eran deseos que eran días mejores. Dicho en otras palabras: viendo el arribo de Yes al Salón de la Fama del Rock and Roll nos llenamos de la misma fuerza que nos impulsa al siguiente escenario y que reivindica el trazo del reloj imaginario (el que se ocupa exclusivamente del pasado), hoy, cuando las canciones se superponen unas sobre otras, tan delgadas como las capas de una cebolla.

Sí, Yes ha sido una banda con múltiples rostros, algunos horrorosos (pleitos y separaciones incluidos). Pero nosotros hemos decidido creer la historia en que confluyen a través del juego, el capricho y el oficio artesanal que se concentra en el laberinto propio para luego marcar tendencia, involuntariamente. Formada hace casi medio siglo, en 1968, justo cuando chocaron las drogas y el rock, las instituciones y los jóvenes, Yes pagó tributo a influencias inglesas en sus primeros discos, pero rompió su cascarón a base de una solvencia interpretativa nacida en las academias clásicas. Sus alas, sin embargo, no se extendieron del todo sino hasta 1972, cuando lanza los álbumes más importantes: Fragile y Close to the Edge.

Los fanáticos más amorosos dirían que antes y después hay piezas y discos insoslayables. Estamos más o menos de acuerdo, pero el año 1972 recibe la huella indeleble de su paso por la Tierra. Vendrán luego el Relayer, el Tales From Topographic Oceans, el Tormato, el Drama… incluso otros menospreciados que para nosotros guardan brillos especiales en los ochenta (Big Generator, 90125) y noventa (Union, Talk). Sin embargo, los doce cortes que componen aquellas obras maestras nos siguen pareciendo insuperables.

Fragile mostró nueve piezas con prodigiosos arreglos vocales y sorpresivos pasajes en los que velocidad, escala, ritmo y concepto explotaban para regenerarse continuamente. Close to the Edge, en cambio, ofrecía tres composiciones de largo aliento y follaje inmarcesible. Allí suenan los mejores dedos de Steve Howe, Rick Wakeman y Chris Squire, la mejor garganta de Jon Anderson y los mejores tambores de Bill Bruford (quien luego sería llamado a King Crimson).

Así, pues, escuchando los discursos de Rush (Geddy Lee y Alex Lifeson) a propósito de lo que Yes significó en su adolescencia, pensamos que no somos tan diferentes pese a las muchas distancias. Nosotros también nos encerramos por horas con nuestro instrumento intentando ser mejores, luego de que canciones como “Roundabout” se comportaran cual golondrinas o murciélagos inalcanzables en nuestra habitación. Y fuimos felices. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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