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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Los hay en todas partes

 

Digamos que no tiene comienzo el mar:

empieza donde lo hallas por vez primera

y te sale al encuentro por todas partes.

José Emilio Pacheco

 

Los hay de todos tamaños, pero póngase que un botón tiene un diámetro promedio de un centímetro. Ordenados en fila uno detrás del otro, se necesitarían algo así como 427 millones 200 mil botones para abarcar completo, de norte a sur, el litoral de Chile, y aún faltaría una cantidad similar o quizá mayor si también pretendiera rodearse el contorno de cada una de las islas del archipiélago chileno, el más numeroso del mundo.

Como la proverbial aguja del pajar, un botón en el mar se antoja perfectamente inencontrable: suenan a desmesura irremediable 4 mil 270 kilómetros para un centímetro extraviado. Añádase la profundidad de los océanos y la desproporción alcanzará cotas eternas.

Los hay en todas partes, pero póngase que un botón en efecto es hallado en el mar; concretamente, en algún punto del dilatado mar chileno, y que se trata del botón de una camisa, incrustado en un trozo de riel de ferrocarril por efecto de la minuciosa corrosión del agua salada en el metal. Aquí es donde comienzan las preguntas: ¿cómo llegaron ahí ese botón y ese pedazo de riel?, ¿cuánto tiempo llevan en el fondo del mar?, ¿son parte de los restos de un naufragio?, y si lo son, ¿de qué tipo, qué naufragó en esas aguas?, y más: ¿a quién perteneció la camisa donde alguna vez ese botón?, ¿mujer, hombre, edad?, y sobre todo: ¿al botón, la camisa y el riel los acompañó al abismo marino el propietario de los dos primeros objetos?

Los hay en todas partes, pero pocos regímenes dictatoriales han sido tan retorcidamente crueles como los impulsados/emanados/auspiciados/protegidos/solapados por Estados Unidos en la Sudamérica de los años setenta del siglo pasado, cuyo más ominoso botón de muestra es ese genocidio sin prisa y sin pausa, ejercido durante años y conocido como Operación Cóndor, al amparo del cual fue posible que, tras las infaltables sesiones de tortura, cualquier inconforme con el golpista Pinochet fuese horizontalmente inmovilizado, cubierto su cuerpo como si ya estuviera muerto –podía estarlo o aún no–, con un trozo de riel uncido a su pecho, subido a un avión, trasladado a Sólo Ellos Los Asesinos sabían qué punto del océano, y luego arrojado sin absolutamente la menor contemplación: bulto que se hunde, uno más, con su muerte, su riel, su camisa y su botón.

BOTONES EN EL MAR

Los hay en todas partes, pero pocos documentalistas han mostrado la persistencia, la contundencia y la congruencia no sólo ideológica sino humanística del chileno Patricio Guzmán. Desde El primer año (1971), su ópera prima en largometraje documental, y sobre todo con La batalla de Chile, filmado en 1973 aunque concluido años más tarde, Guzmán se convirtió en referente infaltable de lo que alguna vez se llamó “arte comprometido” pero que, más allá de nomenclaturas, tocante al cine y, de éste, en específico al género documental, tiene que ver con algo que en el chileno parece ser parte de su ADN y que, también alguna vez en tiempos menos mercantiles y canallas, se llamaba ética personal, conciencia de clase, responsabilidad político-social… ponga usted el “anacronismo” que guste.

Los hay en todas partes, pero Guzmán encuentra sus temas y sus motivos para filmar en la necesidad de sacar a la luz –en este caso, mejor dicho sacar a flote– los horrores de un tiempo que solamente quienes padecen de ceguera neoliberal consideran lejano o, peor aún, distinto del actual. Maestro indiscutible en el arte delicadísimo de juntar eficientemente la ignominia de aquello que se cuenta con una forma visual-discursiva bella en sí misma –pero no por eso anuente ni obsecuente con el fondo oscuro del que se hace eco–, en El botón de nácar (Chile, 2015) Patricio Guzmán hace más hondas las huellas narrativas y estéticas impresas por él con anterioridad, sobre todo en el espléndido Nostalgia de la luz (2010). Como sucede con este último, en El botón de nácar se entretejen hilos que proceden de la historia, la geografía, la etnología y la antropología, entre otros, y pueden ir del “buen salvaje” levistraussiano Jemmy Button –fueguino, patagón, llevado a Inglaterra a finales del XIX con disfrazados fines de conquista– al asesinado sin nombre cuyo botón fue hallado en 2004.

Hay de todo tipo, pero filmes y cineastas como éstos, de notable y necesaria terquedad, infortunadamente no los hay en todas partes.

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