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Paso a Retirarme
Por Ana García Bergua

Escribir la violencia

 

El tema de la violencia en nuestro México es una constante a lo largo del tiempo y en las décadas recientes no ha cesado. Causa angustia y agobio la cuenta diaria de fosas y asesinados, hombres y mujeres, y su inaceptable normalización. Causa angustia también pensar en el contexto de guerra y delincuencia en que varios estados de la República ven desaparecer a las mujeres, los jóvenes, los periodistas, sin que exista una mínima búsqueda de la responsabilidad o la aplicación de la justicia. Por nuestras fronteras pasa la más antigua esclavitud, circulan las armas y drogas que mueven el dinero y las guerras, y uno llegaría a pensar a veces que han pasado siglos y siglos sin que aprendamos nada sobre la convivencia humana.

Estas violencias se han escrito y se escriben en México de muchas maneras, desde la novela del narco hasta las formas de denuncia fragmentarias o poéticas, pasando por la búsqueda de paralelismos históricos con actualidad, que de ninguna manera se pueden sustraer a este contexto extraño en el que estamos enterados más que nunca de los horrores de aquí y allá, y a la vez tanta información nos paraliza. La literatura es un refugio y a la vez una linterna que da una perspectiva universal, humana, y en medio de este maremágnum amplía la experiencia, nos permite hablar de violencias que no tienen nada de nuevo, pero que han surgido con una fuerza renovada y brutal, como la violencia ancestral contra las mujeres.

El cuerpo de las mujeres ha sido desde siempre el territorio del poder y el dominio: botín de guerra y presa de cacería, propiedad privada y oscuro sitio del deseo y la venganza. Cuando investigaba para mi novela Rosas negras, entendí cómo el cuerpo femenino se consideraba un puro instinto a dominar, pues de las mujeres dependía a fin de cuentas la organización de toda la sociedad. Las mujeres creadoras y criadoras de los niños, futuros presidentes, generales y jurisconsultos, necesitaban cumplir su sagrada función. En realidad, el cuerpo de las mujeres es poderoso, por eso tanta violencia, por eso tantas demostraciones de dominio sobre los cuerpos y las mentes femeninas.

Gran parte de la escritura de las mujeres ha hablado a lo largo de la historia del asunto del cuerpo: los poemas de Sor Juana Inés de la Cruz defendiendo el lugar de su inteligencia en el mundo y renunciando de alguna manera a su cuerpo secular; la novela de Mary Shelley creando un monstruo a partir de las partes de un cuerpo, Virginia Woolf transformando el cuerpo de Orlando. Nuestro tema, en muchos sentidos, ha sido el cuerpo dominado por la locura, por el amor, por la opresión, la violencia o el ansia de libertad, el cuerpo del que hay que huir, muchas veces hacia la muerte.

En el contexto de la violencia, el cuerpo de las mujeres sigue siendo botín de guerra, territorio de animales de presa. Pienso en las muertas de Ciudad Juárez de las que escribió el recientemente fallecido Sergio González Rodríguez, pienso en la trata, en la violencia cotidiana y en los jueces que absuelven a los violadores. A pesar de las luchas, la modernidad y las leyes no terminan con ese instinto depredador. Sin embargo, hay algo que está cambiando en los últimos años y es la visibilización cada vez mayor de este abuso milenario, la expresión cada vez más fuerte, más clara en contra del abuso, los testimonios, la poesía y la ficción alrededor de esta violencia inaceptable.

La revista Blanco Móvil que dirige Eduardo Mosches, en su número de abril, da una muestra de esta voz que visibiliza la violencia contra las mujeres. Relatos como los de Liliana Blum, Isabel Fernández, Verónica Ortiz, Jessica Sánchez, relatan el oprobio de la violación y el abuso. Un cuento de Eve Gil lleva el territorio del cuerpo virginal de una niña japonesa en un contexto místico a la venganza sobrenatural. Amaranta Caballero habla de muertes de escritoras y sus últimas palabras y Angélica Gorodisher nos recuerda a todas aquellas escritoras marginadas del relato de la historia literaria. Dorelia Barahona se burla del depredador hijo de mami, los poemas de Melissa Cardoza, Maya Cu Choc y Silvia Cuevas-Morales lamentan el sacrificio y la violencia, entre otras. Aunque escasos, no faltan el humor, la ironía, sobre una situación siempre trágica. La guerra está presente en los textos de autoras mexicanas y latinoamericanas que agradecemos y disfrutamos leer, un modo de recuperar los territorios de nuestra paz y nuestros cuerpos.

 

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