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Tomar la Palabra
Por Agustín Ramos

Del diario

 

Llegué a la última edad que tú tuviste aquí. La vida me ha traído más por las buenas que a la brava, no puedo quejarme. A veces con tu estilo que tanto y tan en vano agradezco, a veces con el escalofrío de la fuerza del tolete o los puños, a veces con el terror de una eternidad imaginada que no puedo exorcizar. ¿Hoy? Hoy me siento un extraño que visita a escondidas esta página, alguien para quien la literatura no importa sino solamente en aquello que más late. Jamás me he desprendido de alguna palabra que en vez de enriquecerme me empobrezca, sólo he dado palabras a cambio de… ¿de qué? De lo que sea, de lo poco que creo o siento o pienso imprescindible, importante, necesario: seres alados preferentemente femeninos, animales preferentemente fieles y cosas preferentemente libres como libros. Observo, sin admiración aunque sorprendido, los modos de ser, de estar, de dar, de quienes escriben y no me reflejo en nadie ni en nada, como una especie de vampiro. Sí, lo que más tengo es miedo, escribo con miedo, a veces escondiéndome en la risa y el grito, retirándome, echándome para atrás antes de que suenen las alarmas antiaéreas, las trompetas del juicio final, o bien comprometiéndome, huyendo hacia adelante antes de que me ciegue la convicción y de que se decida abiertamente el horror del tan cantado porvenir. Nadie podría siquiera sospechar que desde siempre, desde antes de llegar ya me quiero ir, fundirme, escurrirme, desvanecerme, salir a donde no haya mundo ni yoes ni ellos ni ustedes ni nosotros.

¿Qué quiero? Que el universo no esparciera así a las almas y tú siguieras siendo sólo una, la que siempre falta porque siempre estuvo, como aire y sombra, infaltable y diligente. Eso quiero, encontrarte y que me tomes de la mano y me lleves al mercado o al panteón, como aquella tarde en que la lluvia era apenas una amenaza tierna y poco más. Todo era nuevo para mí, mientras tú, ¿cuántas lágrimas retenías para no inquietar al nieto acurrucado entre ti y la ventanilla? De la ida en el cortejo no recuerdo nada, pero del regreso sí, quizá por eso se me hizo largo, más largo que el patio cuyos cuatro lados jamás alcancé a tocar en un mismo día cuando que los adultos lo atravesaban en cinco o menos pasos. Híjole, qué apabullamiento ante las casas y los muros de colores que debieron ser rojos ladrillo, azules rey, amarillos huevo, antes de que el sol y las lluvias les lamieran los tonos y el musgo las redondeara y las tostaran los crepúsculos. Dijiste: eso no se dice. ¿Híjole? ¿Por qué? Todo estaba lleno de porqués y de qué es eso, al preguntarlo vi tu mirada. La perfecta definición de la tristeza. Habíamos ido al entierro de un hermano mío. Cuando me cargaron para que lo viera a través del cristal lo miré igual que en su cunita, en santa paz, descansando. Ignoraba la muerte y como andaba yo estrenando mundo la muerte ni a misterio llegaba ni a melón me sabía (sigo sin saber de esa certidumbre que me aterra porque planea sobre las cabezas de mis otros y siempre parece querer esquivar la mía).

Todavía me cargabas. Ahora caminaría a tu ritmo, ágil pero sin ningún apresuramiento. Y si encontraras a una amiga y te pusieras a platicar con ella me quedaría quieto y silencito, aunque te tardaras mucho. ¿Cuánto es mucho en la pura amistad? Aunque te tardaras horas, días, años, no te diría: abue, ya vámonos, jalándote el vestido de un oscuro más suave todavía que los velos. El cielo y el sol, a diferencia tuya eran perfectamente estrictos, si bajo el sol te asabas, en la sombra te morías de frío, y yo me la pasaba brincando la raya, de la sombra al sol, del sol a la sombra, viendo el tacón mediano de tus zapatos negros de ante, hasta que me volvía a aburrir o me desinteresaba de las otras señoras con canastas de mandado, sirvientas de los ricos algunas de ellas, repartidores en bicicleta, uno que otro coche de vez en cuando, de los mismos ricos que mandaban a otras mujeres, puras mujeres, al mercado. Los coches, aunque escasos, me daban miedo. Entonces, si faltara a mi palabra y me venciera la desesperación y volviera a insistirte: abue, ya vámonos, tú no vayas a hacerme caso, amánsame con la voz de campechana, de concha de chocolate, de cuernos con nata de siempre: ya, ya enlorita nos vamos. Saborear tu sonrisa y tus palabras, abuela, aprenderlas, como descubrimientos de vocales abiertas, de verdades sencillas y menos complicadas que estar brinque y brinque entre el sol y la sombra de la sangre.

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