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Bemol Sostenido
Por Alonso Arreola

Pulso mecánico y puntería sentimental

 

La correlación de la música con el tiempo puede observarse a través de la técnica de un instrumentista, así como de la cultura, género, clima, raza, entorno familiar y, claro, la filosofía que lo atrae (si es que le importan tales cosas). Sin vanas y domingueras pretensiones sobrevolamos el asunto por las preguntas que un lector nos hiciera recientemente. Parafraseándolo: ¿cómo un músico encuentra el groove, ese feeling apegado al ritmo que en el Caribe suele llamarse jícamo y que establece la base del edificio musical entero?

Vehículo del ritmo, el espacio multiplicado por las pulsaciones de una pieza es el lienzo primigenio del compositor. En sus vagones se vuelve maquinista y pasajero capaz de subdividir la música en mínimas expresiones que se superponen y traslapan buscando proporción. No nos referimos a las articulaciones en los instrumentos de percusión, sino a la cuadrícula en que se desenvuelven. Hablamos del tiempo como una cama infinita que se puede segmentar, expandir o contraer dependiendo de la velocidad establecida, determinante en la duración de cada nota. Su resultado es una singularidad matemática por la cual una corchea nunca dura lo mismo, aunque siempre suponga el valor de un octavo (1/8). Es así como la manipulación del tiempo afecta a la percepción y al significado.

Medida en Pulsos o Beats Por Minuto (BPM) tras la invención de los metrónomos mecánicos hace dos siglos, la velocidad establece, precisamente, la posibilidad de un estado anímico. Si es muy rápida puede relacionarse con la alegría o la violencia; si muy lenta, con la tristeza o el amor. Desde luego –por ello dijimos posibilidad– dependerá de la letra (si la tiene), la armonía, la melodía y el ritmo para que se cumplan o transformen sus promesas. Hay canciones pausadas que son la mar de agresivas, así como aceleradas que apelan a una bella melancolía. Sin embargo, y como bien propusieron los italianos saliendo del Medievo, hay tempos que se adecuan mejor a ciertos discursos y temperamentos. De tal conciencia nacen adjetivos que limitan –o proponen– la interpretación según la concibe un autor. Verbigracia: larghissimo significa extremadamente lento (menos de 20 BPM), largo es menos lento (20-40). Luego hay lento moderato (40-60) así como adagio (52-54), andante (76-108), moderato (92-112), allegro (110-168), allegrissimo (168-200), prestissimo (200) y allegro prestissimo con fuoco (más de 240), entre muchos otros parámetros intermedios.

Con tal listado deseamos subrayar la trascendencia que tiene la velocidad –flexibilidades y cambios incluidos– durante la ejecución de una obra que, sobre todo en el mundo clásico, se rinde al motor que representa un director cuya batuta impera. Piense en la Novena, de Beethoven; en la Consagración, de Stravinsky; en la Quinta, de Mahler; en el Huapango, de Moncayo, en cualquier pieza de su gusto, e intente silbarla o tararearla a una mayor o menor velocidad. Verá que no se necesita un cambio extremo para que su temperamento se modifique radicalmente.

Harto distinto es el territorio de la música pop, género donde la velocidad introducida en las computadoras se mantiene incólume sobre el escenario mismo, allí donde cada músico recibe un “click” a través de monitores personales (audífonos) para respetar lo que se decidió en el estudio de grabación. Dicho de otra manera, la velocidad inmutable ahuyenta las variaciones que nacen con el miedo, los nervios u otras alteraciones anímicas que afectarían la reacción de la masa. Empero, hay algo que siempre nos impresiona cuando centramos la atención en el oficio de intérpretes que reflejan naturalmente los rasgos de su cultura.

Supongamos que el pulso de una pieza es un blanco móvil al cual los músicos disparan. Supongamos que cada beat tiene tres puntos de impacto: recién aparece (rock, son); justo al centro (pop, electrónica); cuando va de salida (danzón, jazz lento). Combinando las características de cada género con la experiencia del ejecutante es como nace el ansiado groove, esa puntería que lo mismo nos conmueve con su regularidad milimétrica, que nos incomoda con sus vaivenes involuntarios. Así, el viejo que toca en un caluroso bar de Yucatán luego de comerse un mucbil pollo abordará el repertorio de Guty Cárdenas como no lo hará el amante del rock progresivo que, imaginándose en la Italia de Premiata, acaba con unos tacos al pastor en Ciudad de México. Más allá de tímbricas y conocimientos, ambos cabalgarán el pulso con éxito si es que, para terminar, tienen una relación única con su propio tiempo. Así lo dijo Octavio Paz: “El tiempo no está fuera de nosotros, ni es algo que pasa frente a nuestros ojos como las manecillas del reloj: nosotros somos el tiempo y no son los años sino nosotros los que pasamos.” Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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