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Cinexcusas
Por Luis Tovar

De géneros y disfrutes

 

Conviene iniciar estas líneas con una confesión: no es que el ponepuntos que suscribe lo abomine, y en ocasiones contadas incluso ha podido disfrutarlo –cuando el nivel de calidad en la factura de aquello lo ameritó sin regateo posible y, simultáneamente, cuando sus alcances rebasaron las fronteras más bien estrechas a las que aquello suele circunscribirse casi por definición–, pero en definitiva tiende a ser más bien refractario, propenso al desafecto cuando no víctima de un tedio insuperable, respecto del género cinematográfico del horror.

Antípoda consciente de innúmeros colegas de la cinefilia, los elementos esenciales de forma y concepto con los que se arma el espinazo del citado género no le suscitan ese interés vivo que tantas veces ha visto surgir en los ojos de Otro, quizá porque muy pronto en la conformación de su bagaje fílmico, y aun antes en la del bibliográfico, encontró que salvo las excepciones antes aludidas, auténticos epítomes originalmente concebidos en calidad de variaciones de superficie, jamás de fondo pero que, por diversas razones, alcanzaron el estamento de arquetipos –así considerados por la colectividad compuesta tanto por quienes se encargan de su hechura como por quienes lo hacen sólo de su recepción–; encontró pues que, salvo esos garbanzos, el multitudinario resto consistía de modo prácticamente invariable en meras y fatigosas calcas, en involuntarios receptáculos cansinos de pifias e insuficiencias ajenas, paradójicamente cuando el emisor de la copia lo que pretendía, por supuesto, era hacerse eco de los aciertos –en consonancia con la voz clásica que sentenció de este modo a toda suerte de copiones: “bienaventurados nuestros imitadores, porque de ellos serán nuestros defectos”–; y cuando no, en cosa todavía peor: las infaltables resmas de nuevos ejercicios fílmico-genéricos horrorosos, que de “nuevos” tienen sólo el turno en el calendario y pueden ser adjetivados así, como “horrorosos”, no como resultado de su efectividad sino de todo lo contrario, son apenas productos en el sentido más mercantil de la palabra: hechos para el rápido consumo y el olvido ídem. Total, detrás del que está en turno viene una fila con aires de banda de Moebius.

Desde luego, ninguna de las consideraciones anteriores detiene a nadie cuando se propone hacer otra-de-horror, y está muy bien que así sea: no de otro modo se reúne la masa crítica indispensable para que del miasma surja, insólito por necesidad, un hallazgo que merezca el nombre.

 

Asústame, panteón

A Ladronas de almas (México, 2017), decimoctavo largometraje de ficción del director duranguense Juan Antonio de la Riva, lecabe la doble y más bien infrecuente virtud de cumplir, sin que falte uno solo, con los presupuestos de rigor en este caso, al tiempo que, no habiéndose limitado a consistir en un mero ejercicio de género, se apartó lo suficiente de ser una piedra más del montañesco montón.

Lo primero se debe al oficio, más que evidente, adquirido por De la Riva gracias a una trayectoria fílmica en la que tienen cabida lo mismo miradas personalísimas al campo fértil del terruño y el pasado propios, que trabajos cinematográficos en los que sobre todo toca poner oficio, precisamente, antes que proponer un discurso propio. Además, en este caso, contó un haber también dicotómico: De la Riva es degustador confeso y contumaz del género, y ya antes ha incursionado en él –si bien valido de un formato diferente al cine– con resultados que no son deleznables.

Lo segundo, es decir el alejamiento de la condición mediana, se debe asimismo a la osadía de un guión eficientemente trasladado a la pantalla. En apretadísima síntesis, el argumento podría resumirse de este modo: érase una vez una familia que, en tiempos de la guerra de independencia de la Nueva España, se vale de muertos vivientes para defenderse de los embates del ejército realista a las órdenes de la corona ibérica.

A los amantes del género y el correspondiente subgénero –horror/zombis– que la han visto, les ha parecido que Ladronas de almas cumple con las muy particulares exigencias que le plantean a toda propuesta: manejo hábil del suspense, una “criatura” caracterológica y visualmente poderosa, prediegesis y contextualidad plausibles y, no menos crucial, respeto al pacto tácito de que todo aquello no debe prestarse a chunga, mucho menos si es de manera involuntaria.

Al resto le deja el refrendo de lo ya sabido, aquí una vez más verificado: que el terror es un género fílmico hipersocorrido pero, cuando se hace con gusto y dignidad, no es poco disfrutable.

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